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Juan Manuel Bonet: «Me considero un intelectual en zonas templadas»

El director del Instituto Cervantes aterrizó en la institución el 27 de enero. Ha sido el primer director que antes ya había estado al frente de una sede. Se está dando «un enorme tute porque esto es como París pero elevado a la potencia ‘‘n’’», dice. Tiene mil ideas y otros tantos proyectos en la cabeza. Y sigue siendo fiel al Rastro cada domingo. No falla.

  • Juan Manuel Bonet: «Me considero un intelectual en zonas templadas»

Tiempo de lectura 8 min.

11 de junio de 2017. 00:42h

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11/6/2017

De muy joven pintó, aunque poco. Es un animal cultural, dicho sea con el máximo de los respetos, pero es para que se hagan una idea de que casi nada que tenga que ver con el saber le es ajeno a Juan Manuel Bonet (París, 1953). Ha escrito crítica literaria y artística, comisariado exposiciones y dirigido el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) y el Museo Reina Sofía. Su «Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936)» es una obra de referencia y es autor de varios libros de poemas. Su conversación, amenísima, está jalonada por los nombres más variopintos. Lean si no: Bolaño, Westphalen, Tarsila de Amaral, Alejandra Pizarnik, Xavier Valls, Satie, Gaudí, Gómez de la Serna, Morton Feldman, Cocteau, Man Ray, Montaigne, Kubitschek, Cícero Dias, Plossu o Zagajewski, para quien vaticina el Nobel. Llega al Instituto Cervantes, una casa que conoce puesto que ha estado al frente de la sede de París, con energía, ganas y bastantes proyectos para sacar adelante. Y nos pone sobre aviso con Eltono, un artista urbano «a quien he incorporado a mi universo de intereses». Lo anotamos.

–¿Se siente cómodo en la casa del Cervantes?

–Es un enorme tute. Estaba en un centro, que tiene sus complicaciones, pero esto es aquello elevado al cubo o a la potencia «n».

–¿Cuál es su balance de los más de cien días que lleva al frente?

–Básicamente he aterrizado. Esta casa tiene recovecos, aunque muchos los conocía ya. Nunca me gusta partir de cero ni pensar que voy a descubrir el Mediterráneo cuando llego a un despacho. He empezado por ver a todos los directores anteriores por orden cronológico, comer con ellos y que me cuenten, uno por uno hasta acabar con Víctor, que ha sido mi jefe durante casi cinco años. Me parecía muy necesario hacer esta ronda. Simbólicamente tiene mucho interés pues visualizas que es una casa que se ha levantado con el trabajo de muchas personas. Cabe aquí gente muy diversa y ésa es una peculiaridad muy positiva.

–¿Cómo se percibe el Cervantes?

–Es una institución que los ciudadanos ven con orgullo y ese orgullo se palpa más en quienes trabajan aquí, gente que tiene la conciencia de que hace algo que es muy importante. Y este sentimiento lo comparten también los políticos porque el Cervantes no está metido en la refriega política, ni en la batalla, es una institución de Estado. Yo, por ejemplo, ya he tenido dos comparecencias parlamentarias en este tiempo, lo que no está mal.

–Siempre hay quien dice que la institución no hace lo suficiente.

–Es un «leit motiv» que vuelve y vuelve. Lo principal es tener buena interlocución con otros institutos, con el Ramón Llull, por ejemplo, o con el de la lengua vasca, reunirnos y ver qué podemos ofrecer.

–¿Y hay quejas?

–Puede haberlas, sobre todo, en el caso catalán. Allí podemos dar clases como idioma de comunicación. Esas lenguas tienen una demanda más reducida y a veces no se alcanza el número de alumnos para poder constituir una clase. En la medida de lo posible haremos más. No es el mejor momento de Cataluña con el resto de España ni con el Gobierno español. Hablando se entiende la gente, por eso ya me he citado con el director del Llull.

–¿Es buena la relación?

–Debería ser mejor. Es, digamos, más tenue que la de años atrás porque la situación está muy tensa en clave política. Nunca se ha roto del todo, sin embargo, ha habido sus momentos de tensión. Y no ha sido el Cervantes el que ha estado distante, sino más bien por parte de la comunidad catalana, que ha manifestado desinterés por la colaboración por una institución nuestra casa.

–En su toma de posesión le aplaudieron cuando pidió mayor presupuesto y autonomía para el Cervantes.

–Así es, y esos aplausos me comprometen a responder a esa petición y a esa esperanza. Percibo que hay campos en los que la gente de la cultura tiene claro que el Cervantes es ese escaparate, pero en la parte del mundo de las artes plásticas hemos tenido épocas de mayor oferta de la que pueda haber hoy. Ese mundo de los artistas y de gente interesadas en el arte piden un poco más de compromiso por parte del instituto y mayor actividad desde la central.

–¿Cómo lo va plantear?

–Una parte elevada de la oferta expositiva, que es la más cara, se resuelve in situ en muchos de los centros. Circulan, sí, pero podría haber muchas más. Que podamos tener un catálogo de exposiciones me parece necesario. Necesitamos una mayor oferta y de mayor nivel. Pienso en exposiciones de fotografía, que puedan dar pie a hablar sobre las épocas de esas imágenes, sobre los retratados. Por ejemplo, estamos poniendo en marcha una muestra sobre Baldomero Pestana, gallego, que ha fotografiado a la generación de Vargas Llosa, un proyecto del que se encargará Juan Bonilla. Otro gira alrededor de Jesse Fernández, a quien expuse en el Reina Sofía y que llevará Fernando Castillo. Hemos recibido, además, la primera donación, de Mario Muchnik, que nos ha dado una colección de sus retratos de escritores, y Marcos Barnatán se encargará de montar la exposición. También pienso en otras sobre las relaciones de España con otros países y ya he hablado de una sobre los cuatro siglos de diálogo España-Brasil, de cómo ese país que nos parece tan exótico y lejano, ha tenido tanta importancia. Tuvo un momento álgido en los 50 y 60. Lo contaremos con grandes imágenes y llegando hasta el presente. En materia de cultura estoy haciendo un esfuerzo de reflexión.

–¿Y en el del idioma?

–Estamos en todo el mundo. Allá donde esté la bandera de España estamos en el reino de la «ñ». Nos encargamos de enseñar el español a aquellos que por la razón que sea no lo han aprendido en el sistema reglado. El diploma de español es el principal producto que vendemos y que tiene un reconocimiento universal. Jugamos en primera división con el español. Ya no son 300 millones, que son los que había en mi adolescencia. Dentro de poco serán el doble. En EE UU cada vez hay más gente hablando nuestro idioma, además algunos de sus políticos son hispanos, a pesar de que hoy está complicada la situación.

–¿Cómo ve esa situación ahora? ¿Se va a complicar con Trump?

–En Estados Unidos lo hispano es una minoría, pero una gran minoría. Y se encuentra marginada cuando se habla de política «only english». Tenemos grandes acuerdos en el campo del idioma con importantes instituciones del continente americano como México o Buenos Aires, con quienes hemos puesto en marcha el Siele, un diploma destinado a la generación digital adaptado a las necesidades del momento. Estamos en los congresos internacionales de la lengua: en 2019, en Córdoba (Argentina), en esa gran cumbre del idioma discutiendo cuestiones relativas al idioma y la cultura en general. El Cervantes es un instrumento de diplomacia cultural que ha de estar atento a la evolución de los acontecimientos pero no estamos en un plano político, no vamos a arreglar los problemas entre México y EE UU desde aquí. En cualquier caso, tenemos que trabajar en positivo. México es un socio importantísimo para nosotros y tenemos una deuda histórica ante lo que supuso el drama de la guerra civil y la llegada de una parte de la intelectualidad allí; el país le abrió sus puestas al exilio español intelectual. La Universidad Nacional Autónoma de México se nutrió de esos sabios. Y eso España no lo puede olvidar. Los cuarenta años desde el restablecimiento de las relaciones diplomáticas se van a recordar con varios actos. Somos un escaparate de la cultura de ese continente hermano. Confiamos en que las cosas vayan mejorando en ese sentido.

–«La cultura cuesta», ha dicho.

–Necesita dinero y, además, cuesta. Al llegar aquí dije que no iba a pedir la carta a los Reyes Magos ni exigir lo imposible. He hablado ya con el secretario de Estado de Cultura sobre este asunto. Creo firmemente en la necesidad de conectar con instituciones privadas, con cajas de ahorros, gobiernos autonómicos, con diputaciones.

–Usted nació en París. En los sesenta y setenta, durante su juventud, había unas referencias intelectuales de las que quizá carezcamos.

–En esos años existían faros, algunos que se han apagado o a los que vemos hoy distintos, más epocales. Creo que hoy siguen existiendo voces, Francia no ha perdido su afición al debate intelectual. Se pueden haber complicado las cosas debido a lo muy mediático de algunas figuras y a que el ideólogo puede ser más animal de plató que de cátedra. En el Cervantes caben voces muy diversas. Un gran nombre de la cultura francesa que se ha ido es Todorov. Creo en lo que dicen los poetas, que a partir de sus intuiciones construyen sus propios sistemas. Y eso se ve claro en Adam Zagajewski. Tenemos un territorio común que es Europa y en nuestro caso, con un puente a Iberoamérica.

–Se cumplen cuarenta años de las primeras elecciones democráticas. Usted pertenece a esa generación de la Transición.

–He tenido los sarampiones habituales de esa generación, pero he mantenido posiciones que definiría como de muy extremo centro, de extrema búsqueda de convivencia, de síntesis y de espacios donde hablar entre gentes que pensamos cosas distintas. Me pone de mal humor ver cómo lo echan por la borda quienes no lo han vivido cuando la Transición ha servido de modelo a otros países. La idea que defendía el Partido Comunista de la renconciliación fue muy importante, que se sentaran en el parlamento hijos de los vencedores y de vencidos es un hecho, y se hizo entonces.

–¿Falta hoy ese espíritu conciliador?

–Falta y muchísimo. Tengo una cierta nostalgia de aquellos años. Está el patio muy complicado y crispado. Y predico esos valores porque se trabajó mucho para que España se integrara en Europa, para recuperar el tiempo perdido, para que se olvidara el cainismo que había existido. Es una generación que inventa el Reina Sofía, que es el museo de la Transición, porque los noventa eran todavía años de Transición, no lo olvidemos. Mi generación reivindica esa tradición de pactos y de erradicar el odio al adversario.

–¿Cómo valora la aparición de políticos como EmmanuelMacron en la escena europea?

–Figuras como él alejan los populismos de uno y otro signo. Es la suya la victoria del extremo centro y de la sensatez. Ha sido significativo ver cómo una corriente de extrema derecha y otro de extrema izquierda tenían aspectos comunes, algo que se ha visto en la historia más de una vez. Yo me considero un intelectual en zonas templadas que he trabajado en el ámbito de la política cultural con diferentes Gobiernos y he procurado en esas instituciones que he tenido bajo mi dirección ser leal a quien me nombró, pero, sobre todo, ser director para todos. Una institución cultural no puede estar en la refriega de la política sino consensuado. En el Cervantes siempre se ha trabajado por un objetivo común y eso debe seguir siendo así y remar en la misma dirección y ser conscientes de que somos un buque insignia de lo español y en lo español en el mundo.

–La cultura audiovisual ¿suma o resta?

–Está claro: hay que leer. Las tabletas y los e-book son muy recomendables pero yo hago apología de Gutenberg. Son compatibles. No creo que el libro electrónico vaya a desbancar al papel, no soy apocalíptico. La hemeroteca digital es un elemento de trabajo extraordinario. Lo veo utilísimo en general, y suma. Creo en lo digital y en saber utilizar los recursos. En el Cervantes tenemos que cocinar un menú muy vitamínico y variado para atraer a los jóvenes y esto incluirá, por ejemplo, la gastronomía. La idea de que los menús culturales han de ser variados hay que tenerla presente para que quienes van a una cultura de consumo rápido los orientemos más hacia esto.

–Usted conoce bien los museos: ¿cómo será el del futuro?

–El equipo del MoMA sentó las bases en los años 20. De ser centros enciclopédicos y acumulativos se pasó a saber detectar nuevas artes como el cine, la arquitectura y la fotografía, que en Europa se consideraba una artesanía. En los museos donde yo he estado quería que la gente no se aburriera, que lo que viera le enganchara por algún lado. Y hay museos que hoy tienden a dar demasiada doctrina o demasiado documento a veces bastante plomizo.

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