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La biblioteca «hereje» que quemó Almanzor

Era la más importante de Al-Andalus y conservaba 40.000 volúmenes. Aquel fondo, en Madinat al Zahra, fue destruido por el visir de Córdoba por no seguir los preceptos ortodoxos del Islam, y no por los cristianos.

  • Arco en el Pasillo de Abd Al-Rahman III, uno de los restos arqueológicos localizados en Medina Azahara
    Arco en el Pasillo de Abd Al-Rahman III, uno de los restos arqueológicos localizados en Medina Azahara

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21 de agosto de 2019. 16:24h

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Javier Ors 21/8/2019

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«Algunos de los libros fueron quemados, otros arrojados a los pozos del palacio, donde se les echó encima tierra y piedras, o fueron destruidos de cualquier otra forma». Eso refiere el Tabaqát, una de las fuentes árabes de la época, para conocer qué sucedió con la biblioteca más importante del Al-Andalus. Docenas de años de estudio, traducciones y de una cuidadosa recopilación terminaron en una hoguera que se prendió en el año 979, convirtiendo todo aquel cúmulo de saber en pavesas y humo. Almanzor, visir de Hisham II, un hombre que gobernará con mano de hierro y que azotará implacablemente las tierras cristianas; un líder ambicioso y guerrero, que arrasaría la frontera del Duero y saquearía Santiago de Compostela, consintió que los ulemas más radicales expurgaran la biblioteca más preciada de Occidente para ganarse su apoyo y confianza. Un gesto que iniciaba el declive cultural de la corte Omeya.

Todo comenzó como un sueño. Abderramán III decidió levantar a las afueras de Córdoba, la ciudad más cosmopolita y moderna de Europa de su época, con alumbrado en las calles, la construcción de Madinat al Zahra. Un palacio dedicado, según el mito, a su favorita, Azahara, aunque la realidad, de naturaleza vulgar, apunta en una dirección distinta: el motivo fue asentar ante los ojos del mundo el poder califal.

Una pretensión que requería, como solía ordenar la tradición de entonces, erigir una urbe «ex novo» para reafirmar su independencia de los Abassíes y proclamar su esplendor ante los demás reyes. Para lograrlo diseñaron un palacio/ciudad bajo la protección del planeta Venus, conocido en árabe como «al Zuhara», una de cuyas representaciones adornaba la puerta meridional, la principal, y cuyo nombre dio lugar a la leyenda. «Es muy popular la historia de la concubina, pero lo cierto es que ningún documento hace referencia a ella, aunque resulta muy poética. La razón fundamental es que el alcázar de Córdoba se había quedado pequeño para la dimensión que imponía el califato, así que Abderramán III ordenó que se construyera este centro político; sin embargo, quien lo vería cumplido sería su hijo, Al-Hakam II, más preocupado por la lectura y el conocimiento que por las hazañas bélicas. Contaría en su interior con todos los requisitos: salón regio, donde recibían a las embajadas, mezquita aljama, madrasa, jardines, fuentes y patios», comenta Marisa Bueno, investigadora de la Universidad Complutense.

Focos del conocimiento

Se trajeron los materiales más suntuosos y espléndidos que existían, desde columnas de mármol verde y rosa de Cartago hasta material procedente de Ifriqiya, Roma o Constantinopla. Una residencia reservada para las élites intelectuales y políticas cuyo radical secretismo avivaba rumores entre el pueblo, alentaba leyendas y que en su corazón, cerca de las salas del poder, albergaba una biblioteca comparable a la de los grandes focos del conocimiento, como Alejandría y Bagdad, y cuya fama ha pervivido hasta hoy. En sus estanterías, baúles y armarios albergarían un conjunto de manuscritos que llegó a alcanzar los 400.000 libros (aunque estudios recientes reducen considerablemente esa cifra). Reunía las principales obras que se habían escrito sobre matemáticas, medicina, filosofía, astronomía y literatura, aparte, por supuesto, del legado grecorromano. Un compendio del saber que conservaba, en griego y árabe, a Aristóteles, Platón, Galeno, Ptolomeo, los comentarios de Al-Kindi, Al-Farabi o Avicena.

Entre los manuscritos se encontraban «La historia romana», de Apiano, y «De materia médica», de Dioscórides, un volumen de enorme relevancia, porque Madinat al Zahra conservaba los conocimientos médicos más avanzados de toda la Península Ibérica. Algo que refrenda que Sancho el Craso, o Sancho I de León, que pactó con Abderramán III una visita, acudiera a Córdoba para recuperar la forma y la salud (lo que consiguió tras una dieta de 40 días a base de infusiones). «Hasta allí acudían sabios de Jerusalén y Damasco. Era un foco de transmisión de conocimiento como no había en Europa, salvo Aquisgrán. Estaba toda la literatura griega, los principales trabajos de los neoplatónicos. En la biblioteca jugaron un papel importante los filósofos judíos. La principal función era la formación de califas, príncipes, sabios y ulemas».

El más destacado de aquellos hombres dedicados al estudio era Ibn Shaprut, una figura intelectual, médico de Abderramán III, uno de sus más valiosos consejeros y el responsable de las tareas bibliotecarias. «La transmisión de conocimientos se hace a través de los libros y por eso él hace que traigan hasta aquí obras procedentes de todas las partes del mundo». Para enriquecer los anaqueles, Al-Hakam II envió ojeadores a los principales puntos culturales. Emisarios, provistos con enormes bolsas de dinero llenas de dinares de oro que viajaban hasta Iraq para adquirir obras o hacer una copia. Una cantidad que, según las referencias, llegaron a completar 44 listas de 50 hojas cada una, en las que únicamente se consignaba el nombre del libro y el autor. La relevancia de este fondo atrajo a intelectuales como Al-Jusami, que nació en Qayrwan y que realizó dos diccionarios biográficos, o el polígrafo Arib Ibn Said, que escribió el «Calendario de Córdoba», donde se reunía conocimientos de astronomía, agricultura y hasta un calendario litúrgico cristiano. Junto a esto se llevó a cabo una ingente labor de traducción de otras lenguas, incluidas las obras latinas.

El misterio de Lubna

Para sacar adelante un trabajo esencial, Abderramán III y Al-Hakam II reclutaron casi doscientas mujeres como copistas. Las escogieron a ellas por su excelente caligrafía, su rapidez y su extraordinaria concentración y preparación. Al frente había una intelectual legendaria Lubna, una mujer de carácter excepcional y que, por algunos, ha merecido el sobrenombre de «La Hipatia española», como afirma Marisa Bueno, aunque no sufrió su trágico destino. Lubna era una gramática excelente que poseía una letra excepcional y escribía poemas. Ella desempeñó diferentes funciones en Madinat al Zahra. Desempeñó tareas de copista, estuvo encargada de comprar obras, ascendió hasta secretaria del califa y redondeó su formación intelectual sobresaliendo como matemática. «Fue alguien excepcional. Se sabe que salió de Córdoba y que visitó El Cairo. Compró ejemplares para la biblioteca, anotaba la entrada de cada uno de los títulos y redactaba las listas de libros. No se sabe cómo fue el resto de su vida, ni la fecha de su fallecimiento. Solo se conoce que organizó la biblioteca, que aparece en los registros entre las mujeres biógrafas y se la describe como una persona sabia», explica Bueno.

Después de ese gran momento de expansión cultural, llegó Almanzor y hundió ese gran logro de la cultura andalusí. Aprovechó la juventud y debilidad de carácter del heredero de Al-Hakam II, Hisham II, para convertirse en la cabeza política de Al-Andalus. Permitió que los ulemas más intransigentes reunieran aquellos libros que chocaban con el Corán o no los consideraban óptimos, les prendieron fuego. «No se sabe qué libros había en la biblioteca que fueran copias únicas y, por tanto, cuáles desaparecieron para siempre. Se ha formado un mito a su alrededor, pero a la vez está inmersa en un enorme misterio. Se sabe que quedan tres ejemplares que debieron formar parte de sus fondos. Están en Fez. Pero nada más. Almanzor hace un expurgo inquisitorial de la biblioteca. Queman todo lo que no es asumible o está mal visto a los ojos del Islam más estricto y ortodoxo», recuerda Marisa Bueno con tristeza. A estas vicisitudes hay que sumar que Almanzor emprendió un proyecto que echaría los cimientos de otra ciudad, Medinat A-Zahira, la «ciudad resplandeciente». El emplazamiento monumental de los califas de Córdoba caería progresivamente en el más oscuro de los olvidos a partir de esas fechas. Sufriría saqueos, incendios y, finalmente, la peor destrucción de todas: la falta de memoria. Un triste sino para lo que una vez fue uno de los faros más destacados del conocimiento y el saber durante la Edad Media.

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