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La Bienal Roja del 76: Y el arte «corrigió» a Franco

El Museo Reina Sofía analiza la creación en los años de la Transición a partir de la reconstrucción de la exposición española en Venecia tras la muerte del dictador y piezas que rememoran la pujanza del «underground»: fotografías, fancines, etc...

  • Un visitante pasea por la sala del Reina Sofía que recrea la participación española en la Bienal de Venecia de 1976; de fondo, a la izquierda, «El abrazo», de Juan Genovés
    Un visitante pasea por la sala del Reina Sofía que recrea la participación española en la Bienal de Venecia de 1976; de fondo, a la izquierda, «El abrazo», de Juan Genovés

Tiempo de lectura 5 min.

04 de diciembre de 2018. 02:25h

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Gonzalo Núñez 4/12/2018

Si se hiciera una lista de los eventos artísticos más importantes de estos 40 años de democracia constitucional que celebramos esta semana, aquellos que han reconfigurado el panorama del arte español hasta hacer de él lo que es hoy, habría que empezar por una «disposición previa»: la Bienal de Venecia de 1976, un episodio capital en el tránsito de la oficialidad franquista a un nuevo orden en el que rápidamente se articuló un contrarelato de los años de la dictadura y emergieron una serie de nombres como custodios de la verdadera vanguardia.

Aquel evento se conoció con el tiempo como la Bienal Roja y no estuvo exento de polémica, facciones, secesiones y confrontaciones dentro de la izquierda artístico-política. El desembarco español en Venecia venía configurándose antes de la muerte de Franco. Carlo Ripa di Meana, militante comunista y luego socialista, dirigía desde 1974 una Bienal muy politizada y centrada en el arte como plataforma antifascista. Aquel año ya había dedicado la cita a Chile, meses después del golpe de Pinochet. Y ahora tenía puestas las miras en la España tardofranquista. Eso sí, apelando no a los artistas oficiales, sino a quienes habían desarrollado su carrera al margen o contra el régimen.

De hecho, la Bienal no cursó una invitación formal al Gobierno y el pabellón español (en las imágenes de época puede verse coronado por el águila de San Juan) permaneció cerrado. La exposición española ocuparía el espacio central de los Giardini di Castello. Era un escaparate de excepción para el arte patrio y Eduardo Arroyo, que vivía en Italia y formaba parte del comité de la Bienal, impulsó junto a otros artistas e historiadores una propuesta llamada a ser rupturista a petición de Ripa. Eran Tomás Llorens, Valeriano Bozal, Oriol Bohigas, Alberto Corazón, Manuel García, Agustín Ibarrola, Antonio Saura, Rafael Solbes, Antoni Tàpies y Manuel Valdés.

Lo que surgió fue una muestra claramente de izquierdas, militante, que abogaba por dar luz a 40 años de arte en la sombra por culpa del franquismo: «España. Vanguardia artística y realidad social (1936-1976)». Había mucho de rehabilitación de la República y de puente tras décadas de ostracismo de la imagen de aquella etapa histórica: obras de Picasso y Miró de la época de la Guerra Civil engarzaban con la exposición republicana en París de 1937. Los comisarios Bozal y Llorens tenían claro que el pabellón español de 1976 aspiraba a «analizar y ''corregir'' la imagen de la vanguardia española que la antigua Bienal había ofrecido hasta su crisis en 1972», declararon en su día. Es decir, la vanguardia no era lo que había «vendido» Franco. La vanguardia eran ellos.

Un trabajo «arqueológico»

«Tenían la voluntad de plasmar el arte español como compromiso político. Un arte comprometido y crítico con el sistema», explica Manolo Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, que ayer inauguró la exposición «Poéticas de la democracia. Imágenes y contraimagenes de la Tranisición». En dicha muestra se presentan numerosas obras de aquella Bienal del 76, en lo que las comisarias han calificado como «un trabajo arqueológico» para dar la idea al espectador de cuáles eran y cómo estaban dispuestas las piezas de aquel evento. Son obras de Antonio Saura, Antoni Tapiès, Luis Gordillo, Andreu Alfaro, Agustín Ibarrola, Alberto Corazón, Manolo Valdés, Equipo Crónica y Eduardo Arroyo, entre otros.

Pero la Bienal planteada por Bozal y Llorens, ya con Franco muerto, se encontró con reticencias de grupos que consideraban que marginaba el arte joven o que criticaban el marchamo ideológico y la selección de artistas, que se nutría básicamente de los propios organizadores. Alberti, exiliado en Roma, se alineó con estos bandos críticos, algunos provenientes de los comunistas. Otro «casus belli» estalla inmeditamente. Chillida y Oteiza declinan el ofrecimiento de exponer en el pabellón ya que consideran que el País Vasco tendría que tener una representación propia. Con todo, en julio del 76, con amplia presencia política –por ejemplo, Marcelino Camacho y Narcís Serra– se inaugura aquel primer balbuceo del arte en democracia, que da la nota de lo que sería la creación de autor, de los altos escalafones del arte en España. La nueva oficialidad, por así decirlo.

Frente a ellos, o a su lado, pero en caminos paralelos y no siempre convergentes, se sitúa el auge del movimiento «underground» en los 70, que es la otra cara de la exposición del Reina Sofía, en ese diálogo entre «Imágenes y contraimágenes de la Transición». Estas salas recogen, según la comisaria Lola Hinojosa, el ruido de las «calles, la noche, los bares y ateneos, los lugares donde la contracultura se desarrolla». Aparecen los fancines, la fotografía (por ejemplo, García Álix), los collages apresurados y el pop reciclado de Ceesepe (fallecido este mismo año), la cartelería, las portadas de discos y de revistas míticas como «Ajoblanco», el cine de Almodóvar, la poesía, la música... Sin obviar el componente autodestructivo de la juventud creadora del momento, con las drogas, cómo no, muy presentes.

El despertar del movimiento feminista es uno de los puntales de estos años. Obras de Mari Chordá y Colita, de Pilar Aymerich e Isabel Vilar, entre otras, que aportan una perspectiva de género, como diríamos hoy, frente a la crisis de la masculinadad que se produce al mismo tiempo. Ellos, los jóvenes y las mujeres, añade Hinojosa, «encarnan el espíritu rupturista de la contracultura durante la Transición».

Pero mientras todo esto sucedía en la esfera del arte, la calle había cobrado un protagonismo inédito tras la muerte de Franco, los referéndums y las primeras votaciones. El apartado «La calle es nuestra; estética de la protesta» muestra ese «gran teatro» en el que se ha convertido la plaza pública. Fotografías de manifestaciones, carteles electorales, llamadas por la amnistía... Durante la Transición, España se encontraba inmersa en una reformulación que afectó también sensiblemente a la esfera del arte, que bebía del fervor de las calles.

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