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La ecología y el mito

El Teatro Real estrena el prólogo de "El Anillo del Nibelungo" con una producción de la Ópera de Colonia de Robert Carsen que no acaba de penetrar dramatúrgicamente en el meollo de la historia

  • Ópera «El oro del Rhin»
    Ópera «El oro del Rhin» /

    Javier del Real

Tiempo de lectura 4 min.

18 de enero de 2019. 15:42h

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Arturo Reverter.  18/1/2019

De Wagner. G.Grimsley, R. Nolte, D. Butt Philip, A. Pesendorfer, J. Kaiser, A. Tsymbalyuk, S. Youn, M. Atxalandabaso, S. Connolly, etc... P. Heras-Casado. R. Carsen. Responsable de la reposición: Eike Ecker. Teatro Real.17-I-2019.

El Teatro Real se pone el ropaje wagneriano para afrontar, por segunda vez en su historia reciente (la primera, no del todo satisfactoria, tuvo a Willy Decker como regista) «El Anillo del Nibelungo». Esta noche se ha abierto el fuego con el Prólogo: «Das Rheingold» («El oro del Rin»), una obra pétrea, concisa, unitaria, en un solo acto y cuatro escenas, que dura alrededor de dos horas y media. Del «Preludio» nace buena parte del propio «Anillo». Es el motivo de la Naturaleza, la «Ur-Melodie». Todo empieza en un acorde básico de mi bemol mayor desde el grave. Una trompa enuncia pianísimo las notas del tema, una segunda las repite. La melodía progresa y comenzamos a apreciar la magnificencia de la música. Aquí también hemos empezado a calibrar el trabajo de Heras-Casado, que ha logrado un excelente pianísimo inicial y ha sabido regular poco a poco el gigantesco «crescendo».

Su labor nos ha parecido luego muy ajustada, pulcra y eficiente, hasta cierto punto matizada, con adecuados arcos dinámicos y una racional exposición de los distintos motivos conductores que animan el tejido y dan alas al pentagrama. Todo ha discurrido con fluidez y, hasta cierto punto, con innegables calidades tímbricas, desarrolladas por una imponente orquesta (la que pide Wagner) de casi cien músicos. Incluso se han situado en el ampliado foso cinco de las seis arpas exigidas. Hemos echado en falta, sin embargo, un aliento más heroico, una acentuación más grandiosa en algunos puntos clave, como la entrada de los gigantes el acceso de los dioses al Walhalla, que remata la obra de manera tan esplendorosa.

Se nos ha brindado la producción de la Ópera de Colonia de Robert Carsen, una seca metáfora de un mundo asolado e inclemente, en el que la lucha por las fuentes de riqueza toma gran importancia. Un alegato ecologista trazado de manera muy simple, nada grandilocuente. Todo sucede, efectivamente, en un ambiente ascético, donde sobreviven malamente los dioses, aunque no del todo privados de ciertos lujos. Un vertedero, una enorme sala con grandes bloques de hormigón y grúas, una lóbrega sala donde se arrastran como sanguijuelas los aherrojados nibelungos, son los escenarios que contemplamos. Los gigantes –aquí dos hombres altos pero normales- dirigen a un equipo de trabajadores de la construcción. Aquí allá pululan criados de smoking. Y no deja de haber algún que otro detalle chusco; como ese palo de golf (el martillo de Donner) o el traje de militar de república bananera de Wotan, convertido aquí en un personaje casi de revista, exento de grandeza y de altura. No sabemos bien por qué, pero la entrada al Walhalla, con el cadáver de Fasolt en primer plano, no nos ofrece luz y grandeza, sino la mansa caída de nieve. Muy mal resuelta la escena en el Nibelheim. Producción, con lógicos aciertos parciales, pero que creemos que no acaba de penetrar dramatúrgicamente en el meollo de la historia.

Se contó con un apreciable equipo vocal del que destacamos al tenor lírico-ligero Mikeldi Atxalandabaso, que debutaba Mime. Excelente por caracterización vocal, con el histrionismo justo, y actitud escénica. El Alberich del bajo-barítono Samuel Youn nos causó buena impresión. No posee la negrura ideal, pero cantó estupendamente, expresando con adecuación, con sonidos excesivamente abiertos en ocasiones. Wotan fue Greer Grimsley, que es cantante estimable, pero con la voz muy atrás, y de timbre no precisamente agradable. Bien como Freia –con su maletita llena de manzanas de aquí para allá- la gentil soprano Sophie Bevan. En su punto la Ficka de la eficiente mezzo Sarah Connolly. El tenor Joseph Kaiser, muy engolado, de timbre paliducho, dibujó, no obstante, un Loge dotado de distinción. Interesante el bajo Alexander Tsymbalyuk como Fafner. Desiguales las Hijas del Rin (Isabella Gaudí, María Mió y Claudia Hucke) y en su sitio Ronnita Miller como Erda.

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