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La Guerra de los 30 años y cinco millones de vidas

Desperta Ferro publica el volumen II del monumental ensayo, convertido ya en referencia mundial, de Peter H. Wilson sobre el largo conflicto que desangró el corazón de Europa cuando se cumple el cuarto centenario. «Sí, se podía haber evitado», asegura el historiador

  • Con el episodio conocido como La defenestración de Praga (en la imagen, un grabado de la época) arranca la Guerra de los Treinta Años
    Con el episodio conocido como La defenestración de Praga (en la imagen, un grabado de la época) arranca la Guerra de los Treinta Años

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05 de junio de 2018. 09:31h

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Juan Beltrán.  4/6/2018

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Tres hombres y una ventana. Poco después de las nueve de la mañana del miércoles 23 de mayo de 1618, Vilém Slavata se encontró colgando de una ventana del castillo de Hradschin, en Praga... Cuando Slavata desapareció en el vacío, sus atacantes repararon en su secretario, Philipp Fabricius y, tras ignorar sus ruegos, lo arrojaron por la ventana para que compartiera el mismo destino que su señor... Momentos antes, su también distinguido colega Jaroslav Borita von Martinitz había sido arrojado por ella por cinco hombres armados». Este episodio conocido como la Defenestración de Praga fue el detonante que dio inicio a la Guerra de los 30 años, de la que se cumple en estos días su IV centenario y con este pasaje inicia el catedrático de Oxford, Peter H. Wilson su ensayo, «La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea 1630-1648», publicado en España por Desperta Ferro Ediciones, que acaba de presentar su volumen II.

Se trata de una edición exhaustiva y renovada de un conflicto trascendental que desgarró el corazón de Europa entre 1618 y 1648. Una cuarta parte de la población alemana murió entre violencias, hambrunas y pestes, regiones enteras de Europa central fueron devastadas y muchas tardaron décadas en recuperarse. Lo que comenzó como un conflicto religioso entre católicos y protestantes, limitado al ámbito del Sacro Imperio Germánico, acabaría por convertirse en una guerra a escala europea al arrastrar a las grandes potencias del momento, una pugna de antagonismos entre los Habsburgo y los Borbones que involucró a los principales países de Europa.

La obra de Wilson es la primera historia completa de la Guerra de los Treinta Años en mucho tiempo. No solo analiza sus distintas fases, sino las causas que lo provocaron. Dada su amplitud, la han dividido en dos partes, un primer volumen dedicado a las conocidas como fases bohemia y danesa del conflicto, hasta 1630, y el segundo recién publicado que arranca con la irrupción sueca para culminar con la intervención francesa. Wilson expone la intervención de Gustavo Adolfo II sin concesiones a la propaganda. Del éxito de Breitenfeld va a su duelo contra Wallenstein y a su muerte en Lützen. Sigue con un capítulo que abarca la caída del general de Fernando II y la decisiva intervención española que condujo a Nördlingen.

Las ambiciones suecas

Asimismo, incluye un relato pormenorizado de las campañas y batallas de la fase final del conflicto, las luchas de Bernardo de Sajonia-Weimar en el Rin, los triunfos suecos en la segunda batalla de Breitenfeld y en Jankau, las campañas de Enghien y Turenne contra Baviera y la lucha en los Países Bajos Españoles, con Rocroi como punto álgido, hasta llegar a las negociaciones y consecuencias de la Paz de Westfalia. En medio, la rivalidad entre Francia y la Monarquía Hispánica a través de la agresiva política exterior de Richelieu y Olivares, la cuestión holandesa, las ambiciones suecas sobre el Mar Báltico y la entrada de Dinamarca. Wallenstein, Fernando II, Gustavo Adolfo, Richelieu u Olivares, están presentes, así como miles de soldados y civiles anónimos.

La Guerra de los Treinta Años es una de las más complejas de la historia. Para Wilson, «abarcar todos sus aspectos precisaría conocer, al menos, catorce lenguas y existe documentación de archivo para investigar durante varias vidas. Trabajarlo desde el punto de vista archivístico sería imposible, así que, me he basado en los trabajos más notables sobre el tema y, luego, he acudido al archivo para contestar a preguntas que quedaban en el aire sin contestación en ellos». Fue una de las más devastadoras de Europa, con unos costes humanos y económicos terribles. «Muy destructiva, la población del Sacro Imperio Germánico descendió un 20%, lo que significa que se habían perdido, más o menos, 5 millones de vidas durante el conflicto. Además, al ser una sociedad preindustrial, las bajas de la población no podían ser reemplazadas por máquinas, así que, si pierdes gente lo pierdes todo. Se calcula que se tardó 65 años para recuperar las cifras de población anteriores a la guerra». Y lo llamativo es que vino precedida de 63 años de paz interna en el Sacro Imperio, entre 1555 y 1618. «Había disfrutado de épocas de prosperidad y la guerra provocó una sensación muy profunda de pérdida que perduró en la memoria colectiva durante bastante tiempo».

La gran pregunta es, ¿podría haberse evitado? «En mi opinión sí, la historiografía clásica siempre ha dicho que era inevitable, pero yo creo que no –afirma Wilson–. El gran fallo fue la incapacidad de los sectores implicados para evitarla o, al menos, contenerla. Por ejemplo en 1624, 1629 y en 1634, la guerra está casi concluida, pero esa incapacidad para llegar a la paz hizo resurgir la llama hasta 1648».

La religión, en su sitio

El libro es ya una referencia mundial. ¿Qué aporta de novedoso con respecto a la bibliografía tradicional? Lo primero, «defender que esta guerra no fue inevitable. Luego, ver que los sucesos políticos y religiosos en el Sacro Imperio Germánico están entrecruzados con otras guerras, no es un conflicto sólido, sino varios conectados entre sí. Desmenuzar esto ayuda a comprender al lector más fácilmente las diferentes ramificaciones. Los objetivos políticos y religiosos son muy diferentes en estos sub-conflictos y van a llevar distintos caminos, por ejemplo, el papel de la monarquía hispánica no va a ser el mismo en referencia a Flandes que al Imperio». Y continúa: «Otro aspecto novedoso es poner a la religión en su sitio histórico. A veces se ha dicho que era una guerra religiosa, otras que la religión fue solamente una excusa para una guerra política. He intentado dar una visión no simplista de ella, mostrar toda su complejidad por el número de actores y guerras, aunque de manera entendible, porque en la divulgación histórica, lo ameno no ha de estar reñido con lo exhaustivo», añade.

Otro punto importante, en referencia a la diplomacia, «se produce a la hora de llegar a un acuerdo de paz, la de Westfalia de 1648. Los estados van a ser capaces de atraer a todo el mundo a diferentes sesiones para hablar sobre la paz, se salvarán todo tipo de dificultades –religiosas, políticas, económicas–, para sentarse en la mesa e intentar llegar a un acuerdo final». La paz de Westfalia englobó dos tratados, Münster y Osnabrück. En la primero se reúnen los católicos y en el segundo los protestantes. «Desde mi punto de vista no se creó un sistema totalmente nuevo, pero fue el germen de lo que despuésserá el sistema moderno diplomático. Westfalia es importantísimo, fue el triunfo de la diplomacia. A partir de ahora se buscarán los principios de soberanía, igualdad y equilibrio en Europa. Estos tratados estabilizan el Sacro Imperio Germánico, que seguirá siendo multiconfesional, y les devolverán el equilibrio y la fortaleza que disfrutaba antes de estallar la guerra para sobrevivir 150 años más», apunta. Políticamente se produce la transformación de los Estados, el Sacro Imperio vio cambiada su estructura al crecer la autonomía de sus distintos Estados en detrimento de la autoridad del emperador. «La antigua concepción jerárquica queda fragmentada y se pasa a una nueva en la que los Estados pueden negociar entre ellos como iguales y eso supone una transformación radical», afirma. El Imperio español vio cómo su dominio hegemónico sobre Europa era sustituido por la Francia absolutista de Luis XIV, primera potencia europea en la segunda mitad del siglo XVII. España, que fue uno de los países perdedores de la guerra, tuvo que reconocer la independencia de las Provincias Unidas, con las que llevaba en conflicto más de medio siglo y seguir once años más su guerra con Francia.

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