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La Luna de principio a fin

  • La Luna de principio a fin
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

13 de octubre de 2018. 03:18h

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Javier Ors .  Madrid. 13/10/2018

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Desde sus orígenes, el hombre ha levantado la cabeza hacia el cielo para encontrar la respuesta a las preguntas esenciales de su existencia y comprender la naturaleza del mundo que le rodeaba y el orden que subyace bajo la cadencia de sus movimientos. Hoy, en un planeta superpoblado, con las calles de las ciudades permanentemente iluminadas, donde apenas puede contemplarse la noche, resulta difícil entender la enorme influencia que jugaron las estrellas y los planetas en el despertar de nuestra conciencia y el papel especial que desempeñó, en ese estadio inicial de búsqueda del conocimiento, la Luna, esa imagen permanente en el universo que iluminaba en medio la oscuridad, cambiaba con los días y que está en el nacimiento y la fundación de tantos mitos.

Quizá, en este momento, coincidiendo con el estreno de «First Man», la nueva película de Damien Chazelle que narra la historia de Neil Armstrong, el primer astronauta en pisar nuestro satélite, y en esta sociedad actual, dominada por las dictaduras del materialismo y pragmatismo, donde, como dijo Joseph Cambpell, «los viejos dioses perecen o ya están muertos», y la ciencia ha despojado de sus ropajes a los grandes misterios y nos ha mostrado nebulosas que hay más allá de nuestra galaxia, convenga detenernos un momento y leer el ensayo «La Luna. Símbolo de transformación» (Atalanta), donde la mitóloga Jules Cashford nos recuerda convenientemente cómo este cuerpo celeste ha moldeado nuestra imaginación desde nuestros ancestros más lejanos hasta el cristianismo y tiempos más recientes, y cuyo legado cultural todavía permanece vivo entre nosotros, aunque muchas veces ignorado.

Pero, ¿por qué adentrarnos en este estudio? Porque, como subraya ella, cada mito revela una parte profunda de los anhelos, miedos y pulsiones humanas; porque cada mito estructura nuestro pensamiento, y todas las sociedades de entonces, a las que debemos estar aquí, comparten un punto en común: cada una de ellas reparó en esa esfera resplandeciente en medio del universo. «Las primeras anotaciones realizadas por seres humanos en el paleolítico parecen ser un registro del ciclo lunar, lo que permitía medir períodos de tiempo superiores a los de 24 horas que se podían calcular mediante el sol. En muchas culturas antiguas, la Tierra y la Luna se entendían como un todo, como un solo cuerpo dotado de dos formas; la Luna era otra Tierra situada en el cielo», comenta la autora.

¿Cuál es el motivo de que su presencia terminara siendo tan relevante para el pensamiento y las ideas? La explicación está, sobre todo, en el ritmo de sus ciclos cambiantes, que supusieron un acicate para la imaginación y que invitó a nuestros ancestros a indagar en la idea de «permanencia» y, a partir de ahí, en otros dos conceptos modernos y, posteriormente, de capital importancia, que derivan de esa noción: el tiempo y la mortalidad. Para aquellas culturas, la luna se convirtió en un espejo de sí mismos, en el que apreciaban su propia existencia. Veían a la luna nacer, alcanzar su esplendor y posteriormente decaer para terminar desapareciendo. Un devenir que resultó sencillo comparar con las distintas fases de la vida de las personas. Cashford anota en la introducción que «percibían el crecimiento y la mengua del satélite como el desarrollo y la agonía de un ser celestial, cuya muerte iba seguida por su renacimiento en forma de luna nueva. El perpetuo drama de las fases de la Luna se convirtió en un modelo para observar la existencia de un patrón en la vida humana, animal y vegetal, incluida la idea de la vida más allá de la muerte».

Renacer al tercer día

La posibilidad de una existencia ultraterrenal, que no finalizaba con el fallecimiento y que está presente en Sumer, Babilonia, Egipto y, posteriormente, en el cristianismo, proviene de una observación. «Es el relato de una transformación. Como los seres humanos, la Luna nace de la oscuridad y crece hasta el apogeo de su poder para luego, inexplicablemente, marchitarse y decaer –“desaparecer”, como dicen los bosquimanos– hasta morir, esfumándose en las tinieblas de las que surgió. Durante tres noches, la Luna está muerta y el cielo oscuro, pero al tercer día resucita y vuelve alzarse: es una “luna nueva”». Estos tres días es una medida de tiempo que está presente desde los albores de las civilizaciones. Cashford apunta que «muchos son los mitos en los que, a los tres días de la muerte, se produce el renacimiento: desde el descendo de la sumeria Inanna al inframundo hasta la historia bíblica de Jonás y la ballena o el descenso de Cristo. En todo el mundo antiguo, la idea de la resurrección se veía reflejada en el ciclo recurrente de la Luna, en su “eterno retorno”, como lo llamó Platón».

La luz y las tinieblas

La contemplación de la Luna nos dio la idea de eternidad, tiempo, cambio, muerte, resurrección y, por tanto, nos permitió entender que el último suspiro no es el final de una existencia. Nos otorgó igualmente la conciencia de presente, pasado y futuro, porque la Luna, al trazar un movimiento cíclico nos dijo, también, que podíamos averiguar lo que ha sucedido antes y, a la vez, prever lo que va a venir después. Pero además nos regaló una dualidad primordial, que sigue vigente hoy en día, incluso, entre las películas de Hollywood: la dualidad entre claridad y oscuridad, entre el bien y el mal. «La primera distinción que cabe imaginar en la mente de los primeros humanos es la establecida entre la luz y las tinieblas», señala la autora, para después comentar que esta bipolaridad sigue «estructurando la imaginería popular del discurso ético moderno: en Occidente, los dolientes y los villanos visten de negro, mientras que las novias y los recién nacidos lo hacen de blanco».

La Luna también nos incentivó, por primera vez, a medir el tiempo (de ahí que muchos periodos se cuenten por lunas) y nos puso en comunión con asuntos tan fundamentales como nuestra vida. Desde el neolítico, dice la autora, nuestro satélite está unido al flujo y reflujo de las mareas, la llegada de las lluvias estacionales, las ceremonias de iniciación, y, también, a algo tan importante como la agricultura, porque ayudaba a establecer los momentos de siembra y recogida. Pero su presencia también estaba vinculada a las mujeres, y por tanto, al origen de la vida, debido al ciclo menstrual. «Puesto que el ciclo de la Luna parecía corresponder con tanta precisión a los ritmos mensuales de la matriz femenina, lo más probable es que fueran las mujeres, al calcular el ritmo de su ciclo menstrual de luna a luna, las primeras en medir el tiempo. Como el momento del parto también se podía calcular por la Luna (diez lunas de 28 días), se dio por supuesto que el astro gobernaba sus fases de fertilidad e infertilidad y, por extensión, el ciclo procreador de todos los seres vivos. La Luna se consideraba la fuente esencial de la fertilidad de la Tierra, del crecimiento y el decrecimiento de los animales, las plantas, de toda la leche, el semen, la savia y la humedad vivificantes. Lo que se aplicaba a los seres humanos y a los animales servía también para las plantas». Todo lo anterior explica por qué durante centenares de años, el principal Dios que existió entre los humanos no era masculino, sino femenino. Fue Gea, que concebía la vida y daba aliento a los hombres, hasta que eso cambió.

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