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La maldición de las piedras de Pompeya: muerte, desgracia y miedo

Hartos de los clásicos «souvenirs», los visitantes de la ciudad sepultada por el Vesubio hace 2.000 años deciden llevarse parte de las ruinas sin conocer las supersticiones que rodean y, a la vez, protegen el lugar

  • Unas de las piezas devueltas a Pompeya
    Unas de las piezas devueltas a Pompeya
Nápoles.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de marzo de 2019. 18:24h

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Pedro del Corral.  Nápoles. 17/3/2019

Quien haya paseado alguna vez por Pompeya sabe que vivirá el resto de su vida con la imagen de las estremecedoras ruinas de una ciudad que se presenta tal y como fue hace más de dos mil años. Sin embargo, esa fascinación parece no ser suficiente para algunos, que deciden llevarse un recuerdo en forma de resto arqueológico: mosaicos, conchas decorativas, monedas y ánforas. Así empieza la historia de una pareja de Gloucestershire (Reino Unido) que, harta de los más insípidos souvenirs, arrancó un trozo de mármol para cumplir el sueño de su abuela de 95 años. Siempre fue una apasionada de la historia y de la geología, pero sus piernas ya le fallaban y la posibilidad de viajar a Italia era muy baja. Lo que sus nietos no sabían era que un acto tan aparentemente inocente, les traería muerte, miedo y mala suerte.

Cuenta la leyenda que sobre Pompeya se cierne una maldición que persigue a todo aquel que se atreve a robar cualquier pedazo de esta ciudad sepultada bajo cenizas durante la erupción del Vesubio en el año 79. Desde que estos jóvenes ingleses se apropiaron de parte de las ruinas el 13 de julio de 2016, el padre de un amigo, el perro del vecino y la abuela de un conocido fallecieron de forma repentina e inesperada. Por eso, en un intento por recuperar la normalidad, restituyeron el objeto. Llámenlo superstición o placebo, pero desde los años 90 un gran número de piezas robadas han sido devueltas por correo, acompañadas por una carta en la que se relatan las calamidades a las que se han enfrentado sus propietarios desde entonces. «No queremos arriesgarnos más», escribe la pareja. «Acepten nuestras más sinceras disculpas».

Junto a ellos, decenas de personas envían sus paquetes cada año para limpiar su conciencia y su mal fario. Lo más curioso son los textos anexos, pues revelan las intenciones y explican las consecuencias. «Los mando para luchar contra el mal de ojo y la mala suerte que doy», recoge una misiva de origen italiano. «Cuando mi padre murió, encontré entre sus cosas este pequeño fragmento de piedra. Espero que puedan colocarlo en su lugar de origen», aguarda otra etíope. Éstas son dos de las varias que el parque arqueológico expone bajo el título «La maledizione di Pompei. Reperti rubati nel sito e restituiti per combattere la sfortuna». Para el director del parque, Massimo Osanna, la gente escribe para arrepentirse, pero también para desahogar toda la mala fortuna acumulada durante años.

La maldición de las piedras de Pompeya: muerte, desgracia y miedo

Los restos han llegado desde Estados Unidos («Dos días después de coger la piedra, mi esposa se rompió un pie y estuvo con muletas el resto del viaje. Aún no puede moverlo»), hasta Australia («Esta piedra ha traído desgracias a mi familia»), pero también desde España. En 1987, el superintendente Baldassarre Conticello recibió cinco paquetes que contenían varios yesos decorados y una estatua de bronce. Junto a ellos una carta escrita en español, en la que se advertía de la «maldición» que había asolado a toda la familia. «Desde que conservamos los trozos, hemos tenido mucha mala suerte. No sabemos si fruto de la superstición o de la casualidad, pero deseamos que lleguen a su destino», cuentan. «Las guardamos para tener un recuerdo de la ciudad y conservar unos trocitos de las columnas. No llevábamos mala idea».

También hay quienes reintegran los objetos por miedo a heredar la desdicha, como la mujer inglesa que recibió 10 baldosas de un mosaico que sus padres se llevaron durante sus vacaciones en 1970, o la mujer canadiense que regresó a Pompeya para devolver una estatuilla de terracota que su marido arrambló cuando estaban en su luna de miel en 1964. «Ahora podré dormir tranquila», dijo esta última a los Carabineros tras su entrega. Ésta ha sido una cuestión muy debatida por científicos e historiadores, que concluyen que no existe ninguna maldición asociada a la antigua ciudad, pero sí en la mente de las personas. Sea como fuere, esa superstición está sirviendo para que piezas de gran valor regresen a casa: la única parte positiva de la desgracia ocasionada por la belleza arqueológica.

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