Cultura

La "Papisa"de Velázquez que cobraba a las prostitutas

Que las mujeres, a su manera condicionada, han mandado en las cosas de la Iglesia (como en los tronos mundanos) es algo que cualquier aficionado a la historia, por encima de prejuicios adanistas de nuestro siglo XXI, sabe. En el Museo Vaticano se conserva un objeto de lo más curioso a este respecto: la «sedia stercoraria», una silla con un buen agujero en el centro donde debían sentarse los papas electos. Un cardenal se encargaba de palpar por debajo del orificio y, una vez comprobada la masculinidad del pontífice, gritar: «Duos habet et bene pendentes» («tiene dos y cuelgan bien»). Esta costumbre, documentada hasta el siglo XVII, tiene su origen en el caso de la Papisa Juana, una mujer cuyo papado está envuelto en leyenda pero que, presuntamente, después de llevar dos años de pontificado en el siglo IX sin que se descubriera el pastel, dio a luz un niño en un trayecto de San Pedro a San Juan de Letrán. No es tan evidente el caso de otra «Papisa» de la historia, Olimpia Maidalchini Pamphili, pero sí fue cierto su poder fáctico en el Vaticano, tanto como para dar lugar a ese apelativo. Como amante (y consejera) que era del Papa Inocencio X, Velázquez la pintó durante su segunda estancia en Roma en 1650. Para entonces, Inocencio lleva seis años en el poder de aquel Vaticano corrupto, plagado de prebendados e hijos y cuñados de... La propia Olimpia era la viuda del hermano mayor del Papa. Cuando éste resultó elegido, el cardenal Bichi manifestó disconforme que acababan de llevar a la silla de Pedro a una «papisa». La pista del retrato de Velázquez se perdió en 1720 en Roma y reapareció recientemnente en Ámsterdam. Ahora, el 3 de julio, Sotheby's lo saca a subasta por un valor superior a los 3 millones de euros. Quien se haga con este cuadro, uno de los pocos del pintor español que quedan en manos privadas, se apoderará de una historia tan oscura como fascinante. Siguiendo el ejemplo de los Barberini, Inocencio y Olimpia regaron a los Pamphili, sus familiares, con títulos nobiliarios y cargos en la curia. Todo lo que hacía la Papisa era automáticamente aceptado por su amante. Dos son los pelotazos más sonados de Olimpia: el primero fue a cuenta del Año Santo de 1650. Creó un organismo de asistencia para los peregrinos que llenó abundantemente sus bolsillos. Tanto como lo hizo a cuenta de la enorme prostitución de la Ciudad Eterna. Bajo la excusa de amparar y proteger a estas mujeres, cobraba un suculento impuesto de ellas. Así, llegó a crear la que probablemente sea la red de proxenetismo más grande de su época. Altiva, malencarada y avara a más no poder, si creemos a los retratos no ya físicos sino literarios, falleció siete años después del cuadro de Velázquez: exiliada tras la muerte de Inocencio X, investigada por su desfalco continuado del papado, se la llevó la peste en San Martino al Cimino. Dejó, eso sí, dos millones de escudos a los suyos, la mayor fortuna de su tiempo. Y, bueno, este Velázquez que –consideraciones morales de la retratada aparte– merece figurar en los libros de historia.

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