La última orgía nazi

Alianza edita «La revolución cultural nazi», un libro de Johann Chapoutot en el que se aborda la sexualidad en un Tercer Reich en el que la poligamia se convirtió en una norma para «salvar la raza»

Johann Chapoutot dedica un capítulo de su libro a la sexualidad en el Tercer Reich
Johann Chapoutot dedica un capítulo de su libro a la sexualidad en el Tercer Reich

Con la derrota en la Gran Guerra (1914-1918) Alemania comenzaba a vislumbrar un pasado apocalíptico que ya había probado durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), donde los 18 millones de personas que componían el Sacro Imperio Romano Germánico terminaron reducidos a 3,5. Se intuía una nueva sangría que existió y cuyos miedos fueron arrastrados hasta los años 40: «Aún no se han compensado hoy, puesto que hemos perdido el dominio mundial al que el pueblo Alemán estaba llamado». Lo decía el mismísimo Adolf Hitler en la noche del 27 al 28 de enero de 1944. Ya sabían que la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) estaba perdida, pero seguían con una obsesión muy presente en la cabeza. La misma que desde mucho antes de empezar todo el despropósito: «Salvar la raza».

Diez años antes, uno de los editores habituales de las publicaciones nazis, Lehmann, publicaba «Pueblo en peligro» (1934) en la misma línea. Presentaba un balance pavoroso sobre el futuro de una Alemania moribunda, cercada por un mundo pletórico de salud y minada desde el interior por el crecimiento exponencial de degenerados, asociales y malogrados: «Somos un pueblo agonizante», firmaba el informe que ahora recoge Johann Chapoutot (Martigues, 1978) en «La revolución cultural nazi» (Alianza). Un libro en el que el francés analiza la transformación filosófica, jurídica, científica y biológica que permitiera la vuelta a los orígenes y en el que dedica un jugoso capítulo a la sexualidad en el Tercer Reich donde desmenuza las técnicas nazis para perpetrar esos genes «superiores», que presuponían.

Así lo clamaba el doctor Arthur Gütt, miembro de las SS y experto del Ministerio del Interior para asuntos de «higiene racial»: «La ley de la naturaleza elimina a los débiles y a los malogrados y dicta que se mantenga vivo el pueblo alemán (...) La selección natural ha quedado neutralizada por esa ideología del último milenio que ha impuesto el imperativo moral de asistir a todo cuanto está enfermo o es débil». Una afirmación ante la que Chapoutot tira de ironía para escribir, metido en la mente de Gütt, que «las personas mayores tienen derecho a asistencias si, y solo si, contribuyeron a la fertilidad alemana y supieron entregarle al pueblo alemán una eterna juventud».

Era la incitación enérgica al crecimiento númerico de la familia que estuvo acompañada de una lucha banal contra el aborto, la homosexualidad y el trabajo de las mujeres (salvo en tiempos de guerra, claro). Y siempre con la «naturgesetzliche politik» como norma, una política en la que la naturaleza se convertía en la única ley. Para los alemanes, desde el punto de vista demográfico, resultaba «inconcebible» censurar a las madres solteras que aportaban hijos al pueblo. Si la sociedad y la cultura cristianas condenaban esa reproducción fuera del matrimonio era por el olvido de las necesidades naturales de la preservación de la raza o, «peor aún, por hostilidad contra esas necesidades», recoge el libro.

Desde la Oficina Central de la Raza, su jefe, Richard Walther Darré, un teórico racista apreciado por Himmler, dejó claro que el matrimonio entre los germanos tenía por principio y fin desarrollar la vida de la raza, no la realización de dos individuos. Para él, fue el código civil de 1900 y la ideología liberal «lo que invirtió la jerarquía de valores» que dictaba la naturaleza. Por ello llamaba a una «revolución» que permitiera volver a lo valores esenciales de la raza: con los nacimientos en primer lugar y el matrimonio al servicio de la reproducción, y no de la pareja.

De aquí surgió la segunda de las batallas para ideólogos, raciólogos y juristas nazis, que apuntaron hacia las condiciones de disolución del casamiento. Si el único fin del matrimonio pasaba a ser la procreación de numerosos hijos, era oportuno suavizar la legislación del divorcio, «en especial cuando la pareja era estéril», que fue la justificación biológica para la flexibilización que se obtuvo por ley en 1937. «La nueva visión del mundo les confiere de nuevo a la familia y al matrimonio el carácter de un trabajo, de una función en el seno de un conjunto que los supera», firmaba el profesor Franz Wieacker en las columnas del «Deutsches Recht».

Pero existía un tercer punto derivado de todos los anteriores: la «zeugungsbefehl» (orden de reproducción) promulgada por Himmler en otoño del 39. El oficial nazi se anticipaba a las pérdidas humanas de la guerra ya en curso y por venir y decretaba a los soldados de la Waffen-SS dejar preñadas a sus mujeres cuanto antes, «puesto que el más hermoso regalo para una viuda de guerra siempre es el hijo del hombre al que amó». Una orden para todos, también solteros: fecundar a toda mujer alemana disponible.

«Más allá de los límites impuestos por leyes y usos burgueses, acaso necesarios, por otra parte, el hecho de convertirse en las madres de los soldados que parten al frente va a transformarse en un deber superior, incluso fuera del matrimonio, para las mujeres jóvenes y las muchachas de buena sangre, no por ligereza, sino por las más serias y profundas razones morales», en palabras de Himmler, que calificaba el acto como «un deber sagrado superior a toda broma». Por deber, unos matan, y, también por deber, otras dan a luz.

La posible lectura de incitación a la poligamia tuvo que ser rectificada más tarde para evitar malentendidos. Pero, sin embargo, se trataba de una práctica aceptada en el círculo más alto de la jerarquía nazi, que, dentro del contexto de la guerra, van asimilando ideas formuladas en los años 1920 en los círculos más vanguardistas del racismo «völkisch» y nazi, hostiles al matrimonio monogámico, «institución sospechosa, extraña a la raza germánica y sin duda alguna, inventada para desecar y extinguir su flujo reproductivo», recoge Chapoutot.

Darré ya había escrito en 1929 «El campesino como fuente de vida de la raza nórdica», donde afirmaba que los germanos eran polígamos por naturaleza: «La rama meridional de la raza nórdica, emigrada a Grecia, practicaba la poligamia según atestigua Plutarco, que explica que un espartano podía pedirle a otro que yaciera con su mujer», así como que «los hombres de edad podían llevar a su esposa joven a un hombre joven para pedirle un hijo, y eso no se consideraba vergonzoso».

El jefe de la Oficina Central de la Raza acusaba al matrimonio monogámico de haberse convertido en un dogma impuesto por la cristianización, que «modificó la cultura jurídica de los germanos y provocó una evolución de los conceptos jurídicos hacia un sentido antigermánico». Una «obra satánica» para un Himmler que llamaba a luchar contra en un «combate biológico» que obligaría a superar «los sumamente puritanos conceptos de honor femenino». La monogamia se convertía en el «enemigo de la raza», la antinaturaleza de muchos otros caracteres de una cultura importada y hostil a la vida. «La relación sexual del hombre germánico debe ser libre y servir para la más abundante reproducción», concluía Derré.

Plan reproductivo plurianual

La poligamia fue un acto que se reconocía abiertamente en los círculos más cercanos a Hitler. Si bien la mujer de Himmler sufría con la doble vida de su marido, que no estaba especialmente preocupado por ser visto con su ex secretaria, Gerda Bormann –esposa de Martin Bormann, secretario particular del Führer– incitaba a su marido a ello. Así lo confirma la correspondencia que mantuvo el matrimonio en enero y febrero de 1944, en el que se pone de manifiesto la relación extraconyugal.

«Es una pena que a mujeres tan hermosas se les niegue la posibilidad de ser madres [por una guerra que las priva de novios]», contestaba la señora Bormann al enterarse de la relación de Martin con la actriz Manja Behrens. «En el caso de M., podrás ocuparte de que eso cambie, pero deberás estar atento a que M. tenga un hijo un año y yo al siguiente, de manera que tengas siempre una mujer que esté disponible», continuaba la misiva. De modo que Gerda Bormann organizó un plan reproductivo plurianual que intentó lograr la máxima producción de vástagos mediante el uso alternado del vientre femenino y en el que estaba prevista una educación cristiana de Behrens que intentaron corregir: «Dale buenos libros, pero hazlo discretamente, para que sea ella misma quien llegue, a su ritmo a las conclusiones adecuadas».