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Landismo: Dícese de la España de los años 70; por Lluís Fernández

  • «JENARO, EL DE LOS 14»
    «JENARO, EL DE LOS 14»

Tiempo de lectura 5 min.

10 de mayo de 2013. 13:31h

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10/5/2013

Alfredo Landa estaba orgulloso de ser «cómico». El único cómico español que ha convertido su apellido en un «ismo»: el landismo. Justo a finales de los años 60, cuando la comedia del destape triunfaba en los cines con el solo reclamo de su nombre escrito en todo lo alto de aquellos carteles de cine que dibujaba Jano. Ese «macho beta», porque el subdesarrollo no nos daba para «alfa». También lo fueron José Luis López Vázquez, José Sacristán y el dúo Esteso y Pajares, pero Alfredo Landa fue quien encarnó de forma magistral el arquetipo del macho hispánico: bajito, peludo, feorrón, sexualmente reprimido y en perpetuo estado de cabreo. Un actor extraordinariamente dotado para la comedia y cuando se lo permitían, también para el drama, sin perder por ello su gestualidad desmesurada y esos ojos que miraban como sólo miran los grandes actores de cine, que además de decir el texto y dominar la escena con su presencia física, organizaba el plano con el eje de su mirada.

Suecas despampanantes

A lo largo de los años sesenta, Alfredo Landa fue ensayando el personaje de cateto ingenuo pero de buen corazón que lo convertirá en la máxima estrella del cine del destape. El bombero Timoteo de «Los subdesarrollados» (1968), el recluta Cañete de «Cateto a babor» (1970) y Pepe, de «Vente a Alemania, Pepe» (1971), de actualidad en la España de la crisis actual, marcaron su deriva genial hasta «El vecino del quinto» (1971), que lo colocó en la cima de éxito. Este filme fue visto por más de cuatro millones y medio de espectadores y es uno de los más taquilleros de la historia del cine español.

En todas ellas, Alfredo Landa interpretaba al español medio, todavía emergiendo del tercermundismo rural o del subdesarrollo industrial. El prototipo de aquellos españoles que cogieron la maleta de cartón atada con una correa y se fueron de currantes a las fábricas alemanas. Un cine que todavía se ridiculiza por su falta de ambición artística, pero que, burla burlando, es el que mejor refleja la sociedad española del «desarrollismo» y retrata sin pudor la odisea de aquellos españoles que consiguieron el milagro del desarrollo español y el tránsito a la democracia gracias a su esfuerzo y coraje laboral, y al envío de sus divisas.

Hay que reconocer que, en aquellos años previos a la muerte de Franco, el «landismo» era sinónimo de españolada, de cine cutre, de bajo presupuesto y con una realización industrial a destajo, pero que conseguía algo que se fue olvidando en nuestro cine: recaudaciones millonarias, máxima popularidad y un reflejo social muy superior del cine de autor.

Las más notorias fueron dirigidas por Pedro Lazaga, «Vente a Alemania, Pepe» (1971) y «Vente a ligar al Oeste» (1972), y Mariano Ozores, «Manolo, la nuit» (1973), «Dormir y ligar: todo es empezar» (1974) y «El reprimido» (1974). En todas ellas Landa personifica al español retraído pero honrado; un ligoncete que aun acosado por suecas despampanantes en bikini, que lo colocan al borde de la ruptura matrimonial, se resiste.

Visto con cierta perspectiva histórica, aquel cine era lo más parecido a una industria que ha conocido el cine español. Con productores que se hacían de oro con niños prodigio y folclóricas y con cuyas ganancias producían el cine de autor. Con un «star system» de estrellas nacionales y un plantel de secundarios tan extraordinario que sostenía con sus películas de género y el éxito en taquilla este delicado ecosistema que comenzó a deteriorarse con la llegada de la democracia, la «Ley Miró» y las subvenciones al cine de autor. Alfredo Landa era el modelo de «los que tienen que servir», pues lo mismo servía para un Ozores que para un Berlanga o un Fernando Fernán-Gómez. Siempre encajaba bien.

Giro dramático

Como protagonista, los españoles descubrieron a Alfredo Landa en «La niña de luto» (1964), continuación de «Del rosa al amarillo» (1963), ambas de Summers, con las que se inicia el Nuevo cine español. Encarnaba el personaje del novio reprimido, nervioso por consumar su boda, pero que debe retrasar sine die hasta que se cumpla el duelo por la suegra. El estilo interpretativo que lo haría famoso estaba ya en este papel, sobrio y contenido, complementado con los personajes secundarios de «Atraco a las tres» (1962) y el monaguillo de «El verdugo» (1963) que va enrollando la alfombra y retirando velones y flores de la boda rica mientras Emma Penella, embarazada, y Nino Manfredi caminan hacia el altar.

Hasta finales de los años sesenta, Alfredo Landa compagina el teatro, el cine y especialmente la televisión: «Confidencias», «Primera fila», «Estudio 1» y «Tiempo y hora», medio al que no volvería hasta 1984 con «Ninette y un señor de Murcia», «Tristeza de amor» (1986), «El Quijote de Miguel de Cervantes» (1991), en el que interpreta a Sancho Panza, y tres series muy populares: «Lleno por favor» (1993), «Por fin solos» (1995) y «En plena forma» (1997).

El fenómeno del landismo ocupa buena parte de los 70, desde «No desearás al vecino del quinto» (1970) hasta «El puente» (1977), de J. A. Bardem, y «El crack» (1981), de J. L. Garci, dos películas fundamentales, con las que daba un giro a su carrera como actor dramático, que culminaría con «Los santos inocentes» (1984), con la que consiguió el premio de interpretación en el Festival de Cannes ex aequo con Francisco Rabal. Posteriormente, obtendría dos Goyas por «El bosque animado» (1999) y «La marrana» (1994), y en 2007 se llevaría a casa el Goya de Honor a toda su carrera.

Hasta su retirada del cine, en el año 2007, compaginó los papeles cómicos en cine y televisión con trabajos dramáticos a las órdenes de directores como Antonio del Real, Manuel Gutiérrez Aragón, Miguel Hermoso, Luis G. Berlanga y José Luis Garci, quien lo dirigió en «Historia de un beso» (2002), «Tiovivo c.1950» (2004) y «Luz de domingo» (2007), filmes que supusieron el reconocimiento artístico de este gran actor, una de las estrellas más importantes del cine español.

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