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Las mujeres que pintaron en la vida de Joan Miró

La primera biografía completa del artista revela que el pintor amó a dos jóvenes antes de casarse con Pilar Juncosa, una mujer «hermosa y sin mácula de intelectualidad».

  • Pilar Juncosa y Lola Anglada
    Pilar Juncosa y Lola Anglada
Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

19 de marzo de 2018. 00:05h

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Víctor Fernández.  Barcelona. 18/3/2018

Este miércoles llega a las librerías «Joan Miró. El niño que hablaba con los árboles», un trabajo del periodista Josep Massot que ve la luz de la mano de Galaxia Gutenberg. Se trata, por increíble que parezca, de la primera biografía completa del pintor catalán. Y resulta sorprendente que se haya tardado tanto tiempo en tener un libro así, un estudio profundo sobre el artista y que puede equiparse a la labor que Ian Gibson hizo con Dalí o John Richardson con Picasso. Porque Massot ha acudido a todas las fuentes posibles para construir un relato profundamente documentado y que aporta abundantes nuevas noticias sobre la vida de uno de los más grandes artistas del siglo XX, alguien que por fin tiene la biografía que se merecía.

Amores de juventud

Uno de los puntos singulares del ensayo de Massot es el relacionado con las mujeres que marcaron la vida de Miró, algo que fundamentalmente hasta ahora se limitaba a Pilar Juncosa, quien fue su esposa hasta el final. El periodista ha recuperado otros nombres que han quedado desdibujados u olvidados con el paso del tiempo, pese a que su huella fue importante en Miró.

El amor inicial de un joven Joan Miró fue una de las grandes ilustradoras catalanas de todos los tiempos: Lola Anglada, hija de un influyente catalanista, ilustrado y liberal. Ella fue una de las primeras mujeres en entrar en la Llotja de Barcelona, la escuela de pintura en la que también estudió Miró. Anglada se integró en el grupo de éste en la Llotja, quien será autor de cartas en las que intercala confidencias con consejos para ella. «¿Y usted, clara amiga, trabaja mucho? ¿Cómo van estos dibujos suyos, deliciosos y gráciles como una joya de Benvenuto Cellini? No esté demasiado inquieta por resolver grandes problemas de pintura; no se enteste en demasía con problemas de valores, y color, y aire; estudie. Pero que su estudio no caiga en agotamiento de fuerzas», escribe el pintor, quien también quiere quedar con ella en otra misiva. «Querría tenerle a mi lado y hacerle de compañero en sus caminatas, que esta luz azul, de un azul purísimo, le revistiera de esta gran tranquilidad de los campos y le fortaleciera como los árboles». Anglada fue testimonio, según sus apuntes inéditos, de una muy significativa conversación entre su padre y el de Miró: «Habían tenido una confidencia en el despacho de mi padre y yo, contrariamente a lo que soy, aquel día fui chismosa al escucharlo detrás de la puerta y oí que mi padre decía: “Son artistas y vivirán en un desorden completo si no les asignamos una cantidad mensual”. Y el otro decía: “Aunque quiera cada quince días. No les faltará nada, mi chico tendrá una buena renta”. En aquel momento yo no sabía si reír o llorar».

Al contrario que otros compañeros de armas artísticas, como puede ser el caso de Picasso, Joan Miró se cuidó mucho de que su vida sentimental fuera pública. Como bien dice Massot, «le interesaba que de él se conociera solo su pintura, no su biografía». Eso ha hecho que, por ejemplo, el nombre de la pintora polaca Dora Bianka haya quedado perdido en un segundo plano aunque fue modelo del catalán. Ella es probablemente la destinataria de un corazón sangrante que Miró dibuja en una carta que envía a Picasso en 1923.

Once años más joven

Más importante es un nombre que surge en 1927, cuando Miró piensa en casarse con una muchacha llamada Pilar Tey, algo que le ha comunicado a alguno de sus íntimos amigos, como Josep-f. Ràfols, al que le anuncia en marzo de ese año que regresará de París a Barcelona porque «estaré aquí unos días para formalizar aquello de lo que le hablé». Ese «aquello» era casarse. A otro amigo, el pintor Enric C. Ricart, le escribirá esos días que «la marcha con aquella chica que te presenté, María Pilar Tey, va aceleradamente adelante. Si los dos podemos ser útiles para alguna combina no tienes más que decírnoslo, que ya sé cómo van estas cosas». Pilar Tey era once años más joven que Miró, una mujer deportista y de quien se dice que tenía un carácter animoso, extrovertido y charlatán. Pero nunca hubo boda. ¿Motivos? El hijo de Pilar Tey, Alejandro Darnell, le dijo a Massot que «no recuerdo que dijera nunca por quién o por qué rompieron la relación, pero sí que mencionó que la familia de Miró era excesivamente tradicional y esto no le gustaba nada».

El hecho de que la boda no se llevara a cabo provocó que las mujeres de la familia Miró se movilizaran. Fueron la madre y la hermana del pintor las encargadas de buscar a quien sería su mujer ideal. Era la prima segunda del artista, una joven de veinticinco años llamada Pilar Juncosa, y se convirtió en su esposa. Massot apunta con inteligencia en el libro que Joan Miró, a diferencia de sus compañeros en el grupo surrealista parisino que capitaneaba André Breton, no pensaba en la destrucción de la familia, ni tiene un punto de vista anticlerical –aunque no se puede decir que fuera encendidamente creyente–. Lo que le interesaba en 1928 era formar una «familia convencional y acotar la experimentación en la radicalidad de su concepción del arte».

En busca de La Fornarina

Por esas fechas, Miró trabajaba en una serie de retratos imaginarios, entre ellos, su personal lectura del que Rafael hizo de Margherita Luzi, llamada la Fornarina, quien fue su amante secreta. Para el puritano Miró, aquella mujer que tenía relaciones sexuales con un hombre casado fuera del matrimonio pertenecía al ámbito de la lujuria. Para poder conocer mejor el espíritu erótico e imbuirse de él para su aproximación a Rafael, visitó el Barrio Chino barcelonés acompañado de su confidente Sebastià Gasch, uno de los grandes críticos de arte de la época. Así se lo cuenta en una carta a Pierre Loeb, su marchante francés: «Ayer por la noche exploré el barrio vicioso de Barcelona, que amo más que el puerto de Amberes. En suma, estoy muy bien preparado para vérmelas con la amante de Rafael».

¿Qué pensaba Joan Miró de la que fue su esposa poco antes de celebrar el matrimonio? En la biografía del pintor encontramos una nota que envía a Gasch donde comenta que «petición de mano y boda el 12 de octubre en Palma. Con: Pilar Juncosa, que es la chica más hermosa y más dulce del mundo, y sin mácula de intelectualidad. A parte de esto y provocado por esto, historias enojosas, muy enojosas, en París, de las que espero no obstante salirme bien. Ya le explicaré de viva voz todo esto; es bastante inquietante». Cuando finalmente tiene lugar la ceremonia, Miró escribe la siguiente nota para quien ya es su mujer en el reverso del menú de ese día: «A mi esposa, para no separarme de ella nunca durante toda la vida, y amarla infinitamente más cada minuto de la vida. Joan».

Las bailarinas que lo enamoraron

En 1932, la crisis económica había obligado a Miró a dejar París para instalarse en su Barcelona natal. Es en ese momento cuando renacen los Ballets Rusos, la mítica compañía fundada por Diáguilev, fallecido tres años antes. A Joan Miró le encargaron que fuera a Montecarlo para realizar la parte artística de «Jeux d'enfants», una obra que contaba con las bailarinas Tatiana Riabouchinska y Tamara Tumanova como sus principales intérpretes. Pilar Juncosa sospechaba que su marido se sintió atraído por ellas, por lo que desde ese momento lo acompañó en todos sus viajes. Juncosa declaró en entrevistas que se había enfadado seriamente con Miró cuando marchó a la capital del Principado de Mónaco dejándola sola con su hija de corta de edad. Pero el enfado aumentó cuando, ya de vuelta en Barcelona, empezaron a llegar cartas de las dos jovencísimas bailarinas.

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