Libros
¿Es legítimo que un hijo abandone a los padres?
Andrea Bajani plantea una pregunta incómoda en «El aniversario» (Premio Strega 2025), un libro entre la ficción y lo real, sobre un padre autoritario, una madre sumisa y un hijo atrapado en ese silencio
Andrea Bajani nos conduce al corazón de una herida que jamás cicatriza: la familia. No la idílica de los álbumes de fotos ni la que la cultura católica elevó durante siglos a pedestal intocable, sino aquella que, tras la aparente normalidad de lo cotidiano, oculta un régimen de control, violencia y silencio. Este relato parte de un gesto radical y escandaloso: un hijo que un día decide cortar todos los lazos con sus padres y vivir una década en el exilio emocional. Pasados diez años, en la fecha de su propio «aniversario» de ausencia, vuelve a mirar hacia atrás, no con la intención de reconciliarse ni de ajustar cuentas, sino con el pulso frío del cirujano que se decide, por fin, a abrir el cuerpo de una memoria enferma. Lo primero que sorprende es la serenidad del tono. Emmanuel Carrère ha definido el libro como «escandalosamente sereno», y no es difícil comprender los motivos: la narración avanza sin exaltaciones, sin sentimentalismo, como si la única manera de contar el horror fuese evitar todo grito. Bajani escribe sotto voce, tan contenida que a primera vista parece desapasionada, pero pronto revela su filo secreto: en ese control hay un dolor latente, una ira destilada, una voluntad de precisión que convierte cada frase en lanceta. El resultado es una novela que hiere no tanto por lo que dice, sino por lo que calla, por lo que sugiere en los márgenes de la sobriedad.
El hombre que gobierna
Los personajes carecen de nombres propios; son roles: mi padre, mi madre, mi hermana. Esta elección, lejos de ser un capricho estilístico, abre la historia a lo universal. El progenitor no es solo «el padre», sino la figura del patriarca, del hombre que gobierna el hogar con la lógica del miedo, que necesita infundir terror para sentirse amado. La madre no es únicamente tal cosa, sino el arquetipo de la mujer anulada, resignada a una vida en la sombra, capaz de humillarse para mantener el precario equilibrio doméstico. Esa ausencia de nombres convierte el relato en un espejo perturbador en el que cualquiera puede reconocer las grietas de su propia historia familiar. Lo más inquietante es, precisamente, el retrato de ella. Si el padre encarna la violencia explícita –el puño, la prohibición–, la madre se convierte en el verdadero enigma de la narración. Su silencio, su renuncia a la vida, su apatía obstinada, resultan más turbadores que cualquier estallido de ira. Acepta el abuso sin protestar, se invisibiliza a sí misma, no se asusta porque ya nada la perturba... El narrador intenta rescatarla de la sombra del marido, separarla, otorgarle una dimensión propia. Pero lo logra únicamente a través de la ficción, en el espacio ambiguo donde memoria e imaginación se funden. No solo se nos cuenta una historia, sino que se ejecuta una operación: «Golpear palabra tras palabra el monolito del recuerdo» para liberar a la madre de la roca que la aprisiona.
Las críticas han señalado la radicalidad de este planteamiento. Donatella Di Pietrantonio habló de «una bomba que no deja escapatoria»; Jhumpa Lahiri destacó su capacidad para enfrentarse «a la tiranía de la memoria»; Katie Kitamura subrayó que cada página está escrita con «lucidez y una inteligencia forense». Y es cierto: «El aniversario» es menos una novela en sentido clásico que un acto de disección, un ejercicio de precisión que revela lo que se esconde bajo las máscaras familiares. Sin embargo, esa misma frialdad ha provocado reparos. Hay lectores que han acusado al libro de ser un ejercicio de estilo demasiado pulido, incapaz de dejar aflorar la emoción en toda su crudeza. Frente al desgarro del tema, la prosa de Bajani parece contenida, como si temiera la explosión. Sin embargo, es precisamente ahí donde reside su singularidad. Lo que nos ofrece no es la catarsis del grito, sino la incomodidad del silencio. El dolor está presente, pero bajo la superficie; es el lector quien debe sentirlo, en ese espacio incómodo donde lo no dicho pesa más que lo dicho.
Experiencia y ficción
La obra se inscribe en la tradición de la autoficción, aunque Bajani juega a desdibujar las fronteras entre lo autobiográfico y lo inventado. No sabemos cuánto hay de experiencia personal ni cuánto de construcción literaria, y tal vez ese sea el punto: toda memoria es ya una forma de ficción. El subtítulo –«una novela»– funciona como advertencia: lo que se nos cuenta es real porque podría serlo, y es ficción porque solo a través de la invención se puede acceder a la verdad. En ese cruce entre memoria y relato, el libro se convierte en una novela sobre la liberación. La huida del narrador no es heroica ni espectacular: no hay confrontación, no hay ruptura dramática. Hay un portazo, un cambio de número de teléfono, un océano de distancia. Y, a partir de ahí, el descubrimiento de que la vida puede vivirse de otro modo, que es posible renacer lejos de la asfixia familiar. En última instancia, la pregunta que late atroz: ¿es legítimo abandonar a los padres? Bajani se atreve a hacerlo y a narrarlo con esa serenidad que desarma. Lo que nos entrega no es un testimonio ni una denuncia, sino un espejo incómodo. «El aniversario» no busca agradar ni consolar. Con apenas ciento cincuenta páginas, estamos ante una novela que es confesión y autopsia, relato íntimo y fábula universal: ¿cuánto de nosotros sigue atrapado en la familia, y cuánto estamos dispuestos a perder para ser libres? Estas páginas son la inspiración.