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El Tour, el más poético de los ascensos

Un libro del periodista Mario Fossati traducido al español narra la mítica victoria del italiano Fausto Coppi en el Tour de 1952 y su rivalidad con otro grande: Gino Bartali

  • Coppi encabeza la ascensión al Alpe d’Huez en 1952, seguido de Bartali en el día que se forjó la leyenda del campeón italiano
    Coppi encabeza la ascensión al Alpe d’Huez en 1952, seguido de Bartali en el día que se forjó la leyenda del campeón italiano
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

06 de julio de 2015. 00:03h

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Madrid. 5/7/2015

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De repente, al borde del mes de julio, día arriba día abajo, nos sorprende un hormigueo en el estómago. Demasiado tarde para ser la astenia primaveral, demasiado pronto para tratarse de las vacaciones. Descartado el amor, sólo puede ser el Tour de Francia. Para los amantes del ciclismo cada mes de julio es algo así como volver al pueblo a rememorar el verano del primer cigarro, paladear otra vez el día en que, por ejemplo, Pantani sacó de rueda a Ullrich camino de Les Deux Alps o aquel en que Indurain tomó al asalto el Tourmalet sin siquiera despegar el culo del sillín. Cada año el mismo rito, el eterno pacto de sobremesa. Y ya van 102 ediciones y aún hay quien dice que el Tour (el ciclismo) es siempre lo mismo. Quizás sea así, al igual que la historia de la literatura: un puñado de tópicos repetidos hasta la saciedad y del que nunca se cansa el buen aficionado; el sacrificio, la lucha contra los elementos, los paisajes sobrecogedores, la superación, el egoísmo y el compañerismo, a veces el simple bucanerismo (el dopaje, por supuesto), pero siempre la grandeza de un esfuerzo estólido, un goce estético... «¿Por qué subir a las montañas? Porque están ahí», decía Horace-Bénédit de Saussure, padre del alpinismo. Exactamente igual si hablamos de ciclismo.

Es ese magnetismo atávico de la gran montaña y el héroe en pugna contra la carretera empinada el que hace que el ciclismo sea un manantial de leyendas. Y no sólo la de aquellos que a fuerza de palmarés merecen ser recordados por siempre –los pentacampeones Anquetil, Hinault, Merkx e Indurain– sino otras figuras cuyo carisma y seña de identidad deportiva marcaron época en el Tour de Francia: corredores como Poulidor, eterno segundón nuestro Bahamontes, el águila de Toledo, o el malogrado Ocaña, el belga Philippe Thyls, Bobet... Pero sobre todos ellos destaca la figura aquilina de Fausto Coppi, el único que, en más de un siglo de competición, se ha ganado un apelativo totalizante: el «campionissimo». El mito del ciclista piamontés, ganador de dos Tours y cinco Giros, se asienta especialmente en la edición de 1952, una de las más recordadas de la historia y la primera en que se ascendió el puerto más emblemático de esta carrera: el Alpe D’Huez. Allí arriba junto a Coppi, en el techo de la «grande boucle», un 4 de julio de 1952, estaba Mario Fossati para contarlo.

Fossati, otrora redactor de «La Gazzetta dello Sport» recopiló en un libro en los años 80 sus recuerdos de aquella espectacular edición del 52. Ahora, Gallo Nero lo ha editado en español bajo el título «El Tour de Francia». Según el periodista de «La Repubblica» Enrico Currò, prologuista del libro, Fossati es el «otro fuera de serie» de esta obra que narra las hazañas de Coppi con un estilo sencillo y directo, alejado de la grandilocuencia.

Renunciar a la literatura

Fossati habla desde la memoria y la experiencia, de primera mano, pues en el ciclismo de entonces aún era posible sentarse a tomar un vaso de vino con un campeón o comer día sí día también con el entrenador. Pero que Fossati renuncie a la literatura («Un periodista jamás debe transformar en fantásticos a los personajes de su historia») no resta fuerza a esta narración que, como si de una trama novelística se tratara, va desenredándose hasta la meta final. «El Tour de Francia es un campo de observación de los caracteres humanos», dijo. Y el material era más que interesante. De hecho, el Tour del 52 arranca para el equipo italiano –entonces aún se corría por selecciones– en medio de un fuerte dilema sobre el liderazgo. Por un lado estaba Fausto Coppi, que venía de ganar el Giro; por otro, Gino Bartali, campeón del Tour en el 38 y el 48, toda una leyenda que, debido a la edad y la pujanza de Coppi, se encontraba en horas bajas; y finalmente, un peldaño por debajo, Fiorenzo Magni. «Los adversarios cuentan con el combate entre Coppi y Bartali para imponerse a uno y otro», confiesa el entrenador Binda a Fossati. El enemigo en casa y toda Italia dividida. En un país en que el ciclismo era deporte nacional, por encima incluso del fútbol, ambos corredores llegaron a representar a dos sectores bien diferenciados de la sociedad. Bartali era extremadamente religioso, felizmente casado, de vida ordenada y tendencias conservadoras; de Coppi, en cambio, eran conocidos sus escarceos amorosos, sus valores de izquierdas y sobre todo su ateísmo. En clave política de aquella Italia polarizada uno representaba a la democracia cristiana y otro a los comunistas. La bomba podía estallar en carrera y los franceses esperaba sacar réditos de ello.

La carrera arranca un 25 de junio en Brest, en el «finis terrae» francés. «Será un Tour caliente», pronostica Binda, uno de los personajes mejor trazados por Fossati. Parten cerca de 70 ciclistas. En la caravana, el periodista de la «Gazzetta» sigue la prueba «desde el espejo retrovisor de una enorme motocicleta que pilotaba Alippi, un probador de coches de Moto Guzzi». A través de las largas rectas de Le Mans y «el infierno del Norte», esto es, el empedrado de Roubaix, aquella «carrera dentro de la carrera» (la lucha de poder entre Coppi y Bartali) se mantiene intacta. Como si de un «western» se tratase, todos cargan la Colt y otean el horizonte: Binda confiesa su estrategia ante el periodista («aquello sí era gran periodismo deportivo»); Cavanna, el masajista filósofo y ciego, pontifica: «Fausto y Gino parecen un matrimonio viejo. Y Magni, irritado como está, podría ser la vieja suegra». El calor hace el resto: los tubulares se derriten, los nervios se tensan. En Naumur, antes incluso de la contrarreloj y de las decisivas etapas alpinas, Coppi rompe la baraja con un demarraje insólito y violento. Es el aniversario de la muerte de su hermano y el piamontés da un puñetazo en la mesa. A partir de ahí, la supremacía de Coppi dentro del conjunto italiano queda clara. El Tour será de Coppi o de nadie. Binda sonríe, los planes salen según lo pactado bajo cuerda: «Había acordado con Fausto que la jerarquía del equipo se establecería con un único ataque». Pero aún queda lo peor.

El Alpe d’Huez es una incógnita. «Es la subida, la ascensión total», señala Fossati. Los franceses Robic y Gérmianini tensan la cuerda; el español Ruiz aprieta. Coppi, en estado de gracia, los deja atrás con un acelerón brutal. «Había elegido la curva menos cerrada, aquella en la que Robic esperaba poder respirar un poco». Antes, se había intercambiado una botella de agua con Bartali. Nadie sabe quién cedió a quién aquel «botellín de la paz» –del que Fossati nada dice–, pero la fotografía es una de las más célebres de la historia del ciclismo. Aquella etapa del 4 de julio pasa inmediatamente a la leyenda. Y Coppi se apodera del Tour y, por encima del chauvinismo, del corazón de los franceses: «Amaban a Coppi porque era un campeón moderno, pero respetuoso con el ‘‘ancien régime’’. A ellos les gustaba su nobleza de raza, su instinto de señor. Les encantaba que a Coppi le gustara el Tour». Era una estrella: los galos lo rebautizan como «Fostò», dos muchachas sudafricanas le piden que estampe su firma con pintalabios en sus muslos, los grandes puertos ceden ante su supremacía: el Ventoux, el Tourmalet... En París, en la meta final, el seleccionador francés, Bidot, se rinde ante la evidencia: «Coppì, un champion unique!». Cavanna, el masajista ciego del equipo italiano, resume los ánimos del pelotón y la enorme grandeza del ciclismo, aquel deporte de pobres para pobres que, a pesar de los escádalos, se resiste a morir: «Hay que vivir. ¡Y vivir sobre los pedales, que es muy duro!». Vivamos al menos otros cien años de Tour.

Buzzati, el «desierto» del ciclismo

Además del libro de Mario Fossati, la editorial Gallo Nero ha editado recientemente las crónicas que Dino Buzzati escribió para el «Corriere della sera» del Giro de Italia de 1949, una lectura imprescindible para los amantes del ciclismo y la literatura. Quienes conozcan la obra de Buzzati –sus extraordinarios cuentos o el famoso «El desierto de los tártaros»– descubrirán un cordón umbilical entre sus trabajos mayores y estos reportajes en los que (a diferencia del estilo periodístico de Fossati) el escritor abre una puerta a la fantasía y a sus obsesiones. Para muestra un botón: «Y el año que viene, en mayo, volverá a darse la salida, y también al año siguiente y así sucesivamente, de primavera en primavera, perpetuando la fábula. Hasta que (¿viviremos para verlo?) la gente razonable decida que no tiene sentido continuar; para entonces, las bicicletas serán algo extraño, una chatarra casi cómica que sólo seguirán usando unos cuantos locos nostálgicos, y no faltará quien haga mofa y befa del Giro».

Literatura sobre ruedas

Aunque muchos consideran que aún está por escribir la gran obra sobre el ciclismo, no faltan escritores que se han acercado a este deporte de manera más o menos literaria. Entre ellos destaca Tim Krabbé, cuyo «El ciclista» (1978) está considerado una novela de culto en los países de mayor raigambre de este deporte: Bélgica y Holanda. La obra narra, salpicada de anécdotas y pensamientos, una exigente prueba amateur que el propio Krabbé disputó. En España, la ficción «El Alpe D’Huez», de Javier García Sánchez, alcanzó gran popularidad en 1994, año en que la «fiebre» Indurain estaba en su apogeo. Fuera de la novela, numerosas obras analizan este deporte o a sus máximos representantes. Muchos consideran en este aspecto que la autobiografía de Laurent Fignon «Éramos jóvenes e incoscientes» (2009) es una honesta declaración de amor al ciclismo que no elude sus aspectos más polémicos.

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