Hipnótico Gore

Hay que reconocer, pasados más de 25 años desde que Mankell –ya difunto– iniciara la moda de la novela negra nórdica, que de sus numerosos autores quien mejor ha sabido adaptarse al reflujo de la intriga polar ha sido Lars Kepler, pseudónimo de Alexander Ahndoril y Alexandra Coelho, un matrimonio de escritores suecos. Desde «El hipnotista» –¿a quién se le ocurriría este anglicismo teniendo en castellano «hipnotizador»?–, Lars Kepler ha soslayado los referentes locales de la novela nórdica y estandarizado, al modo anglosajón, la intriga psicológica, aderezada con toques de terror gore y estallidos del «splatter» más brutal.

Múltiples ramas

El relato lo compone una intriga clásica con múltiples ramificaciones y acciones paralelas, asesinos en serie, policías similares a los de cualquier país moderno y un detective carismático, capaz de deducir de forma intuitiva y cabezonería las características y motivaciones del asesino en serie, un narcisista ávido de notoriedad. Aunque Lars Kepler no rehúye cierto realismo, pronto diluye lo local sueco en una generalidad literaria. Los personajes se definen por sus comportamientos y sufren y envejecen de novela en novela, presos del paso del tiempo y el dolor, como el policía Joona Linna, el típico héroe de aventuras.

«En la mente del hipnotista», Lars Kepler retoma al médico hipnotizador de su primer gran éxito, Erik María Bark, y vuelve de entre los muertos el enérgico y resolutivo Joona Linna para investigar, desde los márgenes, el caso de un cruel asesino en serie, un despiadado «copycat» cuyos actos recuerdan a un criminal del pasado. Como siempre, hay tres personajes que ocupan un lugar de preeminencia en la investigación. El hipnotizador, un falso culpable que trata de recuperar de las brumas de la mente perturbada de un asesino los datos para encontrar al nuevo, al modo de Hannibal Lecter mezclado con «Recuerda» de Hitchcock. La policía embarazada que arrastra su bombo por los lugares menos recomendables. Y Joona Linna, que revuelve las saturnales de la zona alta y la sordidez de los bajos fondos en busca de pistas para detener al criminal.

La quinta novela de Lars Kepler es como volver a un lugar donde se ha sido feliz. Todo se repite con un goce espurio, a sabiendas de que ya nada es igual, aunque el «déjà vu» resulta gratificante por nostálgico. Es el encanto de lo serial. Y Kepler es un maestro del enigma reconocible, incluidos los excesos sanguinolentos, las repeticiones que desbordan la narración central y los golpes de efecto de gran guiñol que no por conocidos resultan menos eficaces.

La verosimilitud es aparente, lo justo para seguir leyendo sin que el lector se cuestione las incoherencias del relato y comulgue con ruedas de molino, feliz de alcanzar el tremebundo clímax final. Un centenar de páginas escritas con fuerza y suspense, dignas del folletín más exacerbado, que evidencian la abyección del alma humana. Es el placer de lo prohibido, que con su desvelamiento traumático y resolución narrativa borran el horror social entrevisto en una intriga de suspense adrenalínica.