¿No hay salida?

La moda de la novela polar nórdica está escorándose hacia la intriga psicológica en su vertiente de terror. Esta singularidad se advierte desde el comienzo de «El silencio de las tierras altas», del novelista islandés Steinar Bragi. Cuatro jóvenes de excursión por el desierto interior de Islandia se pierden debido a una espesa niebla y acaban por estrellarse contra los muros de una casa perdida en medio de la planicie volcánica. A partir de ese momento, comienza la verdadera aventura, que no es otra que la imposibilidad de encontrar una salida.

La casa de la que parten y a la que vuelven cada noche es el elemento inquietante que irá apoderándose de las dos parejas, empujándolas a recordar sus vidas. Un fragmentado relato de sus infancias y primeras experiencias sexuales, que acaba por componer un cuadro generacional de la juventud islandesa de los años de brutal crisis financiera.

«El silencio de las tierras altas» reúne retazos de un «bildungsroman», obra de aprendizaje de la generación protagonista de los desmanes bancarios, con los componentes de una intriga psicológica que recuerda a «El ángel exterminador» de Luis Buñuel. Cuatro personajes atrapados en un espacio del que no pueden salir, en medio de una naturaleza que toma cuerpo y los empuja a revelar su verdadero ser y a enfrentarse con sus miedos sexuales y contradicciones sociales.

Un pasado incómodo

El relato avanza con lentitud, centrando su poca acción en el descubrimiento inhóspito del desierto volcánico y la casa de los cuentos de hadas, con un matrimonio extraño encerrado en esa misteriosa construcción cuyos secretos allí guardados simbolizan un pasado de la sociedad islandesa que es preferible ocultar.

Poco a poco, lo que era una novela de aprendizaje se va transformando en un relato de terror psicológico. Lo cotidiano se vuelve siniestro y la capacidad de discernimiento de los cuatro protagonistas se perturba hasta el punto de bascular entre los cuentos del folclore popular, con sus elfos y brujas, y la intriga metafísica.

El lector avanza con cautela por las vueltas y revueltas de la peripecia de estas dos parejas atrapadas en el desierto, incapaces de entender qué les está pasando. Como en esas películas de excursionistas que acampan en un bosque, junto a un lago, y la naturaleza, como un demiurgo juguetón, los va enfrentando hasta abocarlos a una situación límite.

Pero el libro es más complejo que estas películas de horror «slasher». Steinar Bragi es un narrador que no pretende asustar con golpes de efecto ni con un terror evidente, sino con sutileza. Conduce al lector con pulso dramático hasta una situación de angustia y desazón sin descubrir hasta dónde es capaz de llevarlo.

Quizá falle la psicología de los personajes y se extienda en exceso en su vida erótica, incluso se atisbe una crítica social poco fundamentada, pero el conjunto es tan inquietante y el suspense se dilata de forma tan inesperada que procura una turbadora lectura.