Un trago en el hotel Raffles

Intriga y suspense centran esta historia de Santiago Gamboa. «Tragedia del hombre que amaba en los aeropuertos». Santiago Gamboa. Editorial RHM Flash. 1,49 euros

Después de leer esta «Tragedia del hombre que amaba en los aeropuertos» –incluida en la antología «Cuentos apátridas»–, no extraña que hayan sido adquiridos sus derechos cinematográficos por una productora italiana, dada su plasticidad, imaginería y luminosidad. Desde la primera línea, al lector le cuesta muy poco visualizar el periplo de Aníbal Esterhazy, hasta el punto de permitirle anidar en nuestro corazón como si lo recuperásemos de una larga ausencia. Reportero gráfico de profesión, es el hombre a quien, «en los aeropuertos, sus poros se le abren como plantas carnívoras» y en uno de ellos se gesta esta historia. ¿El origen de la tragicomedia a la que asistiremos? Las imperiosas ganas de beber un Singapur Sling en el bar del hotel Raffles, el enclave donde Kiplig, Conrad o Somerset Maugham habían consumido lo mismo décadas antes... Por culpa de tamaño capricho, en el vuelo de regreso a París conocerá a May Lim, una azafata de la que se enamorará perdidamente y que resultará ser mucho más que una «cabinera» y jugará con su placer una larga partida de póquer emocional –y sensual– con las cartas marcadas.

Los hechos menores son los que mejor retratan el alma humana. Detrás de los grandes acontecimientos, que tan bien, y tan extensamente, retrataran los maestros rusos, murmuran diminutos sucesos que nos definen y conciernen. De ello se ocupa el escritor en este relato: de un lance nimio que deriva en una intriga a merced de la concatenación de situaciones surrealistas que nos llevarán a reflexionar sobre el peligro, el amor, la traición...

Gusta siempre Gamboa de construir personajes que viven aislados y se dejan la piel en el intento de inventarse una realidad diferente. También, aunque en sus textos se cuenten cosas muy serias, no falta el humor sutil, nacido de arrojar una mirada distinta sobre el mundo que nos rodea. No puede faltarle un punto de melancolía que toda buena narración debe poseer y una intriga las más de las veces... Todo ello y mucha musicalidad en su lenguaje contiene este relato que, pese al surrealismo que de él emana, es totalmente creíble. Como diría Hemingway, hasta los puntos y las comas lo son...