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El libro de cabecera

España va mal: ¿Y si la culpa no la tienen los políticos sino los españoles?

Benito Arruñada parte de una tesis incómoda: las instituciones no fallan solo por culpa de las élites o las leyes, sino porque reflejan las preferencias de una ciudadanía a menudo mal informada e incoherente

Una imagen de la noche del apagón del pasado 29 de abril en Barcelona
Una imagen de la noche del apagón del pasado 29 de abril en BarcelonaAgencia AP

Hoy en día, en los países occidentales, mucha gente no se siente representada por los regímenes políticos. La palabra «gente» no está elegida al azar, ni tampoco por nostalgia hacia los buenos tiempos de la «regeneración». Sustituye al de «ciudadanos», que sería el esperable, porque esa misma «gente» ha acabado convencida de que bajo el noble vocablo de «ciudadanía» se les ha colado una estafa. El concepto de ciudadanía resume justamente aquello en lo que han dejado de tener confianza.

La percepción no es nueva. Y se habla de ella como de la oposición del pueblo a las elites. En la izquierda, dio lugar a una forma de populismo que ha acabado, como era previsible, ocupando el espacio de la elite anterior: en nuestro país, confundido con ella y asimilado por esta sin demasiados problemas. Se corrobora así el análisis, hecho desde las filas conservadoras, acerca de la rebelión de las elites, que han abandonado el pacto con las «masas», por utilizar el vocabulario orteguiano, y defienden ya única y exclusivamente un programa que les es propio y sólo beneficia a las minorías selectas y a sus amigos políticos. Por su parte, en la derecha, al menos en España, el resultado es el mismo, aunque no lo ha sido el proceso. Aquí las elites habrían cedido a su clásica tentación tecnocrática, aunque esta sea considerablemente menos ilustrada que antes. En los dos casos, se habría abierto un abismo entre las elites y la sociedad. Y como era de esperar, de las profundidades de ese abismo surgen la desafección y el escepticismo, o la disposición a dar por acabado el régimen político que ha fallado tan flagrantemente, y sin el menor rubor, a su promesa de representación.

Ha florecido un nuevo chabolismo con los "pisos patera" de inmigrantes y jóvenes

El economista Benito Arruñada no parece estar de acuerdo con este análisis. Arruñada ejerce de catedrático de Organización de Empresas, está especializado en el estudio de la relevancia económica de valores morales, los caracteres y las costumbres, y es bien conocido por sus brillantes colaboraciones en un periódico de título ultraelitista, como es 'The Objective'. Pues bien, el título de su último libro no deja lugar a dudas: 'La culpa es nuestra'. En otras palabras, las decisiones de las elites -políticas, pero también económicas e intelectuales, si es que existen estas últimas- no responden a sus propios intereses, sino a lo que la sociedad, la gente o los electores, desean y exigen.

Arruñada, aunque templado en la expresión, no tiene miedo a lo que en el timorato ambiente intelectual de nuestro país se considera provocación. Por eso recurre al ejemplo más sangriento, como es el de Pedro Sánchez y sus dos presidencias. Desde cierto punto de vista, el personaje y su política son una excepción, algo imprevisible, como caído del cielo. Desde el de nuestro autor, la corrupción generalizada, el asalto a las instituciones, el trágala como sistema y la mentira como regla de conducta no son más que la consecuencia de décadas de decisiones desafortunadas. Y estas se basan en las preferencias de los españoles, formuladas a través del apoyo electoral a las políticas que nos han conducido al hoy.

Tres «autoproblemas»

Resultan sobresalientes los apartados dedicados a tres «problemas que nosotros mismos creamos». La vivienda es el primero: si está alcanzando precios inasequibles, hasta el punto que ya estamos viendo florecer el nuevo chabolismo de los «pisos patera» –para inmigrantes y para jóvenes–, es porque la ciudadanía, sin comillas, ha respaldado y respalda políticas que prohíben la construcción y restringen el alquiler. Un segundo apartado es el dedicado es la educación, que de ser un medio de transmisión del saber y de selección meritocrática se ha convertido en un objeto de consumo, como indica el pedagogismo y la proliferación de «celebraciones» a las que Arruñada dedica unas páginas memorables. Las Autonomías, finalmente, que podían haber sido una forma racional de descentralización, derivaron desde el primer momento en un régimen de captura de rentas mediante políticas identitarias, un sistema de comprobada ineficacia y coste económico desorbitado, insostenible para cualquier país como España.

Cualquiera de las reformas "obvias" tendría un coste electoral que nadie quiere asumir

Casi todo esto lo resume una política fiscal que no revela sus costes y que bajo la prestigiosa etiqueta de progresividad obstaculiza la inversión y el trabajo, además de practicar la inequidad, con exacciones brutales para las rentas medias y medias-bajas, que el Estado español, si es que tal cosa existe, considera «ricas». Claro que, como ya podemos sospechar, esta política fiscal no está diseñada por elites extractivas que se mueven clandestinamente en las tinieblas conspiratorias, sino a plena luz, y ante una ciudadanía que no está dispuesta a aceptar las consecuencias que traería un cambio de régimen fiscal. Como tampoco va asumir las consecuencias del cambio en la vivienda, en la educación y en el delirante régimen autonómico.

Arruñada no duda en decir que hay soluciones, y que estas son obvias. Lo son, sin duda alguna. El problema, como añade a continuación, es que «no queremos aplicarlas», y como es natural, las elites políticas ni siquiera van a intentar aplicarlas. Cualquiera de las reformas «obvias» tendría un coste electoral que no van a asumir. Las convertiría en entes marginales y extraparlamentarios. Y a tal grado de elitismo no llegan, como es natural. Si hacemos caso a La culpa es nuestra, nos encontramos en un callejón sin salida en el que el gobierno del pueblo por el pueblo –la democracia– ha acabado por atacar los intereses, por no hablar de los derechos, de ese mismo pueblo en cuyo nombre se gobierna. El planteamiento recuerda los debates de hace más de un siglo, cuando, ante la urgencia de democratizar los regímenes liberales, nadie sabía cómo sortear los obstáculos –el célebre caciquismo– para poner en marcha una democracia representativa, con elecciones libres y competitivas.

Entonces brotaron los llamamientos a la «regeneración» y a la «política nueva» frente a la «vieja». Retoñaron, como si fueran planteamientos novedosos, y con la energía de algunas plantas ponzoñosas, tras la crisis de 2008. Como era de esperar, Benito Arruñada se muestra crítico con estas propuestas y realiza un análisis impecable -de lo mejor del libro- de ese idealismo que ha caracterizado buena parte de la política española desde entonces. Consiste en legislar y practicar políticas, no según la realidad de las cosas, sino aplicando modelos que, concebidos como si fueran perfectos, llegan a ser indiscutibles, inmunes al contraste con la experiencia. Así ha ocurrido con las políticas públicas antes aludidas, pero según el análisis de Arruñada, también con elementos básicos de la vida política española. Uno de ellos es la Constitución, sobre la que se ha levantado el actual Estado de las Autonomías, así como –se puede añadir– la España plurinacional que hoy padecemos. El otro es Europa, ese mito ideal que ha fascinado desde hace más de un siglo a las elites españolas, y les ha evitado pensar en términos nacionales, los propios de la realidad española.

Patriotas y soluciones

¿Qué hacer? Hay que agradecer a Benito Arruñada que no esquive la respuesta a las preguntas que se hace a largo de las páginas de su libro. Aun a riesgo de ser calificado de arbitrista, Arruñada, como aquellos patriotas de los siglos de Oro que proponían soluciones a la Corona y a sus ministros, adelanta algunas propuestas: mayor igualdad, fortalecimiento de la separación de poderes, equilibrar responsabilidad y libertad... Todo ello en una reflexión general acerca de la necesidad de la transparencia y la racionalización de la acción pública, pero también de la vida privada. Como sabe –y lo dice– que en la situación a la que hemos llegado nada de esto será bastante, precisa, sin subrayarlo en exceso, que «los españoles debemos declarar incumplido el pacto de la Transición y proponer la restauración de sus principios en el marco de un nuevo pacto constitucional». La segunda parte de la propuesta rebaja la primera, pero no la niega.

Queda por saber si ese cambio será bastante, dada la incapacidad de los «ciudadanos» para conocer las consecuencias de sus deseos o de sus opiniones, una incapacidad demostrada una y otra vez a lo largo del libro. Es como si Arruñada, para no caer en lo que llama populismo, se dejara tentar por alguna clase de despotismo, generosamente ilustrado eso sí. La idea, en el fondo de todo, responde a la crisis de la representación política en la que vivimos. Sea lo que sea, un buen libro para, al menos, no engañarnos a nosotros mismos.

  • Lo mejor: Un auténtico desafío a los tópicos de la política actual.
  • Lo peor: Uno puede echar de menos algún matiz más divulgativo.