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Los últimos días de Cleopatra

La fascinación que sigue ejerciendo la reina grecoegipcia, de actualidad tras asegurar el arqueólogo Zahi Hawass que ha hallado su tumba, se mantiene inalterable. Su muerte es también una incógnita.

  • Los últimos días de Cleopatra

Tiempo de lectura 8 min.

20 de enero de 2019. 04:16h

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David Hernández de la Fuente.  20/1/2019

Una noticia de profundo eco histórico nos ha estremecido estos días: el presunto hallazgo de la tumba de Cleopatra. Así lo afirma el conocido arqueólogo egipcio Zahi Hawass. Su afirmación ha despertado un gran revuelo: el suicidio de Cleopatra en el año 30 a.C., marcado por la leyenda, supuso el final del Egipto helenístico y el comienzo del dominio romano, mitificándose muy pronto la figura de esta última reina griega y faraón egipcia. Según adelantó Hawass, los cuerpos de Cleopatra y Antonio habrían sido enterrados por sacerdotes egipcios devotos de ella a unos 30 kilómetros de Alejandría, cerca de las ruinas del templo de Taposiris Magna. Pero conviene recordar, en este contexto, las circunstancias de la dramática muerte de Cleopatra por su propia mano, siguiendo pocas horas después el suicidio de su amante Antonio. Para ello me gustaría volver sobre un tema apasionante y ya polémico en la antigüedad: lo que se sabe de los últimos días de Cleopatra. Es un asunto debatido por las fuentes históricas, en ocasiones contrapuestas, que traté ya en un texto en «National Geographic», donde ya mantuve este análisis y cuyas líneas generales sigo con algunos matices.

Hay que remontarse a un año antes de su muerte, cuando la flota de Antonio y Cleopatra fue estrepitosamente derrotada en septiembre del 31 en la batalla de Actium por las fuerzas de Octaviano, el futuro Augusto. La pareja regresó a Alejandría a toda prisa: la guerra civil romana había quedado sentenciada. Lejos quedaban los días alegres de la legendaria pareja, cuando se consideraban a sí mismos «la nueva Isis» y «el nuevo Dioniso» y eran adulados como «los de vida inimitable» (amimetobioi). Acaso entonces comenzaron a pensar en quitarse la vida y se cuenta que cambiaron su apelativo por uno más apropiado: los «compañeros en la muerte» (synapothanoumenoi). Dice Plutarco que en esos días Cleopatra, que no debía ser ignorante en el milenario arte egipcio de los venenos, empezó a buscar maneras de morir. Pero, a la vez, parece que la reina grecoegipcia trató de negociar con Octaviano una salida digna para ella y para su familia. Las conversaciones no llegaron a buen puerto. Quizá la propaganda hábil e implacable que el futuro Augusto había dirigido contra la reina de Egipto, como símbolo de decadencia oriental, no dejaban mucho lugar a la magnanimidad. Octaviano se presentaba como el regenerador de los viejos valores romanos y Cleopatra representaba el otro extremo, acusada de haber corrompido primero a César y luego a Antonio, que había abandonado a su esposa legítima, no en vano la hermana de Octaviano.

La toma de Pelusio

Octaviano respondía a las embajadas de forma calculada y mientras tanto continuaba con sus avances militares. De tal modo, en el verano del año 30, puso sitio con sus tropas a Alejandría, tras tomar Pelusio. Antonio tenía la esperanza de que podría convencer a algunos de los soldados de Octaviano para cambiar de bando, pero ya su destino estaba sellado y la inferioridad numérica y anímica de su bando se hizo notar. Solo pudo batirse bravamente junto a sus fieles a las puertas de la ciudad e incluso llegó a desafiar a Octaviano a un duelo en singular combate. Sin embargo, el hábil estadista y sucesor de César mantuvo su asedio con firmeza. Entre tanto, Cleopatra se había rodeado de sus fieles y, recopilando todos sus tesoros, se atrincheró en el edificio más inexpugnable de su complejo palacial, seguramente el mausoleo de los reyes lágidas.

El 1 de agosto del año 30, las tropas de Antonio eran vencidas y su flota se rendía o más bien se pasaba a Octaviano. Agobiado por la situación e impresionado por un súbito rumor que se difundió acerca del suicidio de su amada reina, Antonio resolvió quitarse la vida con su espada, acompañado por un esclavo de confianza. Parece que, ya herido de muerte, Antonio se percató de su error y, al saber que Cleopatra seguía viva, pidió verla de inmediato. El agonizante Antonio, o quizá ya solo su cadáver, fue trasladado a presencia de la reina, que se encerró en su mausoleo dispuesta a perecer. Entre tanto Octaviano entró menos triunfalmente de lo que hubiera deseado en una ciudad rendida y silenciosa y, al enterarse de la situación, concibió el temor de que Cleopatra se suicidara y se llevara consigo sus riquezas en un incendio, privándole del triunfo en Roma. Una embajada cauta del hombre de confianza de Octaviano, Gayo Proculeyo, no logró hacer desistir a la reina de su encierro. Ciertamente, lo único que deseaba –salvar a sus hijos y sobre todo a Cesarión– no se lo podía conceder el legado. Pero Proculeyo, mientras hablaba con la reina, logró introducir hábilmente a tres hombres en el refugio de Cleopatra y, tras una breve refriega, consiguió capturar a la reina viva, para alivio de Octaviano. Acto seguido, Cleopatra fue trasladada al palacio bajo la custodia de un eunuco de confianza y sometida a una estrecha vigilancia. Parece que la reina enfermó de pena y dejó de comer: Octaviano solo pudo convencerla de que se alimentara amenazando a sus hijos.

Al fin, el 10 de agosto se produjo la esperada entrevista personal entre Octaviano y Cleopatra, sobre el que mucho difieren las fuentes. Plutarco dice que Cleopatra imploraba por su vida y la de sus hijos, intentando librarse de toda culpa mientras que Dión Casio retrata a una hermosa reina de luto que trataba de seducir a Octaviano como había hecho con César y Antonio. Como quiera que fuese, el resultado es el mismo y, al saberse ya condenada a un exilio romano con sus hijos, para mayor gloria y triunfo del futuro Augusto, Cleopatra prefirió la muerte. A la vuelta a su palacio, y tras pedir permiso para visitar los restos de Antonio, la última reina griega de Egipto, con la mayor dignidad, se dio un baño y cenó, entregó un mensaje sellado para Octaviano –en el que acaso estaba su última voluntad de ser enterrada junto a Antonio pero... ¿dónde?– y se quedó con sus dos criadas de confianza. Hay autores que han querido interpretar lo ocurrido y recoger las últimas, patéticas palabras de Cleopatra dedicadas a su amado Antonio o la escena misteriosa de su suicidio. Pero lo que ocurrió en la cámara privada de la reina es más que historia y forma parte de su leyenda. Independientemente de que el hallazgo anunciado –en el que es fácil el interés turístico y la estrategia del gobierno egipcio– se acabe confirmando, la historia de la muerte de Cleopatra sigue ejerciendo enorme fascinación.

Los últimos días de Cleopatra
El dios abandona a Antonio

La última noche antes de su muerte, el 31 de julio del año 30, una tensa calma se había apoderado de Alejandría. Todos esperaban un inminente desenlace al asedio. Plutarco narra una anécdota fascinante sobre aquella noche –que ha inspirado a Cavafis un hermoso poema titulado «El dios abandona a Antonio», y a Terenci Moix una novela– y que dice así: «Se cuenta que en medio de aquella noche, cuando la ciudad era presa del mayor silencio y consternación, entre el temor y la esperanza de lo que iba a pasar, se oyeron de repente los ecos musicales de diversos instrumentos y el griterío de una multitud con cantos y bailes báquicos, como si pasara un tíaso de bacantes, y que este clamor se movió como desde el medio de la ciudad hacia la puerta que conducía al campamento enemigo y, saliendo por ella, se desvanecía el bramido, que había sido muy audible. A los que dan crédito a estas cosas les pareció que era una señal para Antonio de que era abandonado por aquel dios a quien siempre intentó parecerse y de quien era especialmente devoto». Ese dios era Dioniso, y seguía un viejo patrón mítico según el cual los dioses abandonaban a sus favoritos cuando estaban a punto de ser derrotados.

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