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Luisa Carnés, la «sinsombrero» olvidada

  • Luisa Carnés, con su hijo Ramón Puyol, a mediados de los años 30
    Luisa Carnés, con su hijo Ramón Puyol, a mediados de los años 30

Tiempo de lectura 4 min.

13 de junio de 2017. 00:16h

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13/6/2017

La historia de las mujeres tiene un problema de base: no existe. O apenas. En cada generación aparecen científicas, escritoras, políticas, pensadoras... Pero cada nueva hornada, a la hora de escribir su historia, se olvida de ellas. No se sabe si es consciente, pero ocurre. Es el caso de Luisa Carnés, perteneciente a la Generación del 27, e incluso a las llamadas Sinsombrero, de cuya obra sabemos desde hace muy poco tiempo, gracias al tesón de estudiosos y familiares.

No sólo ocurre que, sin ellas, la Historia no está completa... lo realmente doloroso es que faltan muchos nombres en la nómina de silenciadas para completar este punzante episodio de olvido. Todas ellas formaban parte del largo censo de escritores de anteguerra, más o menos encuadrables en el difuso compartimiento de la Generación del 27. Pero, al igual que podemos recitar los nombres de cada uno de sus compañeros artistas, sabemos muy poco de ellas. Ellas y ellos compartieron amistad, se influyeron mutuamente y fueron condenados al exilio y al silencio. Con la llegada de vientos de libertad, los hombres recuperaron su espacio. Los conocen de sobra: Cernuda, Lorca, Aleixandre, Salinas, Alberti, Buñuel, Dalí... Pero, ¿alguien recuerda un poema, párrafo o lienzo de María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, Ernestina de Champourcín, Margarita Gil Röesset, María Zambrano, Ángeles Santos, Josefina de la Torre, Remedios Varó...? Luisa Carnés se une a la nómina de las arriba citadas, pero no será la última. Ella es la olvidada entre las olvidadas, la gran invisible. Una de las muchas más que están por llegar gracias al tesón de estudiosos como Antonio Plaza.

Luisa, nacida en Madrid en 1905 y fallecida en México en 1964, creció en el seno de una familia humilde, por lo que nunca pudo asistir a La Residencia de Señoritas –grupo femenino de Residencia de Estudiantes– o el Lyceum Club Femenino. Tampoco pudo participar en la famosa provocación por la que se las terminó denominando Las Sinsombrero, porque ella estaba en el taller cosiendo los tocados que otras se quitarían. La sinsombrero sombrerera, ¡como si de una greguería del gran Gómez de la Serna se tratara! Luisa, como Elena Fortún y Matilde Ras, forma parte de una generación que es la suya pero a la que no pertenecieron, aunque tras la publicación de su primera novela («Peregrinos de calvario») los críticos literarios de la época la saludaron como «posiblemente la mejor narradora del 27».

En la línea de Sender

Pero, ¿quién era, realmente, Luisa Carnés? Una escritora autodidacta que leía a Tolstoi, Gorki o Dostoyevski, así como la novela popular española, comenzó a publicar bajo el pseudónimo de Clarita Montes y terminó convirtiéndose en una voz imprescindible de la novela social de preguerra como Sender, César M. Arconada o Carranque de Ríos. De su trabajo como obrera, su implicación política y sus lecturas, surgieron «Peregrinos del calvario» (1928) y «Natacha» (1930). Fue también mecanógrafa en una editorial donde conoció a su primer marido; disfrutó de cierta notoriedad como escritora y, tras el cierre del sello, emigró a Algeciras. Tras su regreso a la capital, trabajó como camarera en un salón de té, que inspiraría su mejor libro, «Tea Rooms». Una muy buena parte de su obra está atravesada de su ideología: era militante del PCE, apoyaba a Clara Campoamor en su defensa del sufragio femenino y evidenciaba el papel secundario de la mujer en la sociedad. De igual modo, denunció las desigualdades del sistema capitalista y se concentró en la emancipación de las mujeres; en la necesidad de que las obreras se desvincularan de padres, maridos, patrones y confesores, para transgredir un modelo de vida abocado a una domesticidad matrimonial o prostibularia. En Carnés se percibe, además, cierta influencia cinéfila que le sienta bien a una literatura en la que las cosas más terribles suceden con una naturalidad sólo comprensible en sociedades inhumanas. Mientras no pocos autores de la época se afanaban en construir hermosas metáforas y abrir licencias poética impagables, otros, siguiendo otra línea de actuación, con Ramón J. Sender a la cabeza, se aplicaban en narrar injusticias y padecimientos de los pobres.

Luisa Carnés no paró de escribir ni de colaborar en diferentes medios periodísticos. Estalló la guerra, firmó teatro de combate en defensa de la República que estrenó con Alberti... Hasta que, tomando la ruta de los Pirineos, embarcó en el famoso trasatlántico Veendam junto con un puñado de intelectuales republicanos, y terminó exiliada en México, donde falleció en un accidente de coche del que salió ilesa toda su familia. Luego desapareció. Pero nos queda un corpus literario compuesto por una decena de novelas, una sesentena de cuentos, tres piezas de teatro y centenares de crónicas.

Gracias a la editorial Hoja de Lata, ven la luz estos «Trece cuentos» (1931-1963) duros y emotivos en los que las mujeres ocupan un espacio primordial, descritas en todas sus vertientes: fuertes y decididas, sumisas y apocadas, madres coraje capaces de tomar como suyo al hijo ajeno, víctimas silenciosas o dignas e irreductibles. Una monja ruborizada con las carantoñas de una pareja; una cuadrilla de jornaleros que se planta ante el amo; un grupo de presas republicanas en las cárceles de la posguerra o un matrimonio interracial en los Estados Unidos de la segregación, son algunos de los argumentos que Carnés desarrolla en este volumen y que son la prueba de que estamos ante una autora que merece un hueco en la historia de la literatura española.

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