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Masonería: el laicismo que surgió en una taberna

Un libro desentraña la historia de enemistad de las logias y la Iglesia católica en los últimos tres siglos, con numerosas excomuniones.

  • La escuadra y el cartabón son el símbolo por antonomasia de esta sociedad
    La escuadra y el cartabón son el símbolo por antonomasia de esta sociedad

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20 de febrero de 2017. 00:57h

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20/2/2017

«Dos amores edificaron dos ciudades: el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial». Estas palabras de San Agustín son las elegidas por el profesor Alberto Bárcena como subtítulo de su libro «Iglesia y masonería. Las dos ciudades» (San Román) con el que intenta poner luz sobre la imposible doble pertenencia a una y a otra para un católico. «Comprobé la gran confusión que había entre los propios católicos y me propuse escribir el libro para aclararlo recopilando la doctrina de la Iglesia –que hay mucha–, lo que han dicho los Papas durante tres siglos de Masonería en su contexto histórico. Ha habido una intencionada deformación de la realidad. La masonería ha jugado con esta confusión desde el principio, pretende presentarse como una opción más para el católico, fruto del relativismo en el que estamos, pero casi todos los Papas la han condenado desde el siglo XVIII», explica Bárcena.

El magisterio de la Iglesia está claro. «La primera condena fue en 1738, recién fundada, por Clemente XII y en 1751, el siguiente Papa vuelve a condenarla. Dice que se ve en esa obligación para salir al paso de la confusión creada –prosigue–. Así siguieron todo el siglo XIX bajo pena de excomunión inmediata por pertenecer a ella. La más contundente y clara es la León XIII, padre de la doctrina social del Iglesia, en su encíclica “Humanum genus” de 1884 que acusa su relativismo filosófico y moral y expone todos los argumentos en contra y a favor de la excomunión. En su introducción cita a San Agustín. Las dos ciudades son los dos bandos diversos y adversos en los que está dividido el género humano desde el pecado original, el de Jesucristo y el de Satanás. Es la lucha del Bien contra el Mal y en esto el Evangelio es muy claro, no se puede servir a dos señores. O de Dios o del mundo, el que no está conmigo está contra mí», recuerda Bárcena. En el siglo XX, el último documento condenatorio es de Juan Pablo II en1983, que en la «Quaesitum est» vuelve a decir que «el masón está en pecado grave y no puede recibir la Santa Comunión», explica. Un año después, el cardenal Ratzinger lo ratificaba en un artículo en el «L’Osservatore Romano»: «La Congregación ha considerado su deber dar a conocer el pensamiento auténtico de la Iglesia para poner en guardia a los católicos». La confusión llega, incluso, a algunos clérigos, como monseñor Ravasi que en 2016 publicó un artículo a favor del diálogo entre Iglesia y masonería encontrando puntos de unión entre ambas. «Una actitud –dice Bárcena– que califico de culpable porque un cardenal debe de saber de lo que habla antes de decir cosas como esa, entendible en otro nivel, pero no en un príncipe de la Iglesia católica, que debe conocer qué es la masonería y las condenas papales. ¿Cómo vamos a tener puntos de unión católicos y cristianos con una gnosis antropocéntrica?», se pregunta.

Londres, 1717

¿Cómo y cuándo nació la Masonería? «El 24 de junio de 1717 en una taberna londinense al unirse cuatro logias o sociedades secretas para intentar destronar a los Estuardo, que intentaban volver al catolicismo. Dieron origen a la Gran Logia de Londres y más tarde la de Inglaterra. Expulsados los Estuardo se reunieron para apoyar el protestantismo. Esto puede llamar al error, puesto que podría parecer un sincretismo cristiano. La masonería no solo es anticatólica, en su base también es anticristiana, como reconoció el arzobispo de Canterbury en los años 80 mediante el documento “Cristianismo y masonería”, que la condena como blasfema y pagana». Además, «hay mucha leyenda en esto de sus orígenes alimentada por la propia masonería –continúa el profesor–. Las constituciones de Anderson, primer documento masónico, contienen una fábula extraordinaria en la que se remontan al Antiguo Testamento. Según ellos, desde Caín todos han sido masones, incluyendo a Noé, a Moisés... Siempre han buscado un origen antiquísimo jugando con el Antiguo Testamento, donde aparece un broncista llamado Hirán Abif, personaje clave en la masonería, mítico transmisor de conocimientos. Todo para justificar que tienen un conocimiento oculto, el más elevado que se ha transmitido, pero de Cristo no se habla jamás. Siempre han buscado ese origen ilustre, elevado, por encima de cualquier mortal».

Para Bárcena, «la masonería ha tenido y tienen gran peso histórico, aunque de manera soterrada como sociedad secreta que son, ahora legalizados dicen “discreta”». Ilustración, Revolución francesa, Napoleón, las dos Repúblicas españolas... «Siempre buscando las élites sociales, políticas y culturales, cualquier ámbito de poder, sobre todo político y económico. Incluso en organismos como la ONU o la Unesco, donde el porcentaje de masones llegó al 66% en los años 75 y 76. Muchas leyes aprobadas en los parlamentos han sido elaboradas previamente en logias, como la famosa del aborto en Francia, algo reconocido por el gran maestre Pierre Simon. Esa ley es una gran victoria de la masonería sobre el pensamiento judeo-cristiano, al igual toda la ideología de género. Todo lo que sirva para descristianizar es potenciado legal y culturalmente. Tratan de imponer el laicismo, arrinconar el cristianismo, reducirlo a la esfera privada. Su objetivo es sacarlo de la enseñanza, forjar una generación laicista, por eso –concluye– es tan importante para ellos controlar la educación».

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