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«Matrix 4»: ¿qué pastilla elegiría hoy Neo: la azul o la roja?

Dirigida por Lana Wachowski, el rodaje arranca en 2020 con Keanu Reeves y Carrie-Anne Moss. Ya Todos debaten sobre el futuro que planteará el filme.

  • Neo detiene las balas que le dispara el agente Smith. Una de las imágenes más reconocidas de la primera película de «The Matrix»
    Neo detiene las balas que le dispara el agente Smith. Una de las imágenes más reconocidas de la primera película de «The Matrix»

Tiempo de lectura 5 min.

22 de agosto de 2019. 03:27h

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Javier Ors 22/8/2019

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En 1999, los hermanos Wachowski (hoy hermanas, así es la vida) actualizaron el mito de la caverna de Platón con «The Matrix», un cóctel de diversas teorías filosóficas que revolucionó los efectos especiales, cambió la manera de filmar la ciencia ficción y convirtió a Keanu Reeves en uno de los primeros ídolos juveniles en decorar las carpetas de ellos y ellas. El anuncio por parte de Warner Bros del inminente rodaje de la cuarta parte ha despertado el interés por una saga que vendió 103.547.200 entradas, arrasó en su venta en DVD, dio juego a infinitos debates en los recreos de los institutos (que jamás se resolvieron) y se convirtió en el primer fenómeno viral de la historia, aunque en aquellas fechas aún nos desplazáramos por las tranquilas aguas de lo analógico. «No podemos contener la emoción de volver a este universo», aseguró Toby Emmerich, el actual presidente del estudio, que ya debe estar frotándose las manos con la posible recaudación en taquilla. Lana Wachowski dirigirá, escribirá y producirá esta continuación (su hermana Lilly está comprometida con la serie «Work in progress», o, al menos, eso es lo que aseguran las fuentes oficiales) que comenzará a rodarse a comienzos de 2020, cuando se den las últimas puntadas al guión, y que contará con el actor que dio vida a Neo en la trilogía original y esa diosa del cuero que encarnó Carrie-Anne Moss con Trinity. Mientras las redes van llenándose con detalles de la producción y docenas de rumores, los nostálgicos que han convertido la película en un título de culto empiezan a preguntarse por el planteamiento de la secuela y lo que puede ofrecer a un espectador inmerso en plena revolución tecnológica y digital.

«The Matrix» empleó una cámara revolucionaria, que permitía congelar la escena y rodear al actor principal –que hizo, literalmente, atragantarse con el chicle a más de un adolescente–, lo que suponía una transgresión clara a las inmutables leyes del espacio y el tiempo que regían en el celuloide, una dimensión que casi ningún realizador se había atrevido a desafiar o traspasar hasta ese momento. Pero, sobre todo, lanzaba al público unas cuestiones que entonces parecían futuristas, por distantes, y que hoy a más de uno le pueden parecen proféticas.

La película partía de un planteamiento original en ese momento en la gran pantalla: un planeta dominado por máquinas dotadas con inteligencia artificial, que, debido a una catástrofe, han sometido a los hombres y los mantienen vivos, dentro de unas inmensas plantaciones o huertas modernas, con la conciencia conectada a una red («The Matrix»). Una que idea rompía con una de las leyes de Isaac Asimov, que aseguraba que los robots jamás se volverían contra sus creadores, y que ofrecía un mundo, aún más terrible que el de Terminator: la humanidad había sido reducida a una enorme pila orgánica. En ese contexto surge un esclavo liberado, que, en plan Espartaco, encabezaría una revuelta contra las máquinas para liberar al mundo de su sueño inducido. Neo encarna al mesías esperado, un profeta con botas de cuero (el personaje, de hecho, lucía una prenda que no era más que una sotana pasada por un diseñador con don para el estilismo), que vendría a liberar de esa atadura a los demás.

Un planeta/pantalla

La película planteaba de esta manera nada sutil el debate entre la realidad y la ficción. Unos asuntos que ahora no parecen distantes, sino todo lo contrario: más bien próximos. Todos estamos conectados a un inmenso cerebro que es internet, con esas extensiones generadoras de ilusiones y deseos que son las aplicaciones y las redes sociales. En la actualidad, las personas están siendo influenciadas en sus gustos y necesidades por la multitud de impulsos que alimentan los contenidos de estos supuestos servicios que vemos a diario en este planeta/pantalla que hemos creado. La realidad, esa cosa incómoda que existe a nuestro alrededor, nos comienza a resultar más hostil que los espejismos derivados del código binario (una imagen icónica de la película), donde muchos se sienten más a gusto –como demuestran esos jugadores capaces de sumergirse durante horas en un videojuego–. De hecho, uno de los personajes del filme traiciona a sus compañeros porque prefiere el sabor que tiene un filete en Matrix a tener que soportar la comida de rancho de su nave.

Pero «The Matrix» también sacaba a relucir el tema de la libertad. Sobre todo en lo que tiene que ver con nuestra capacidad para elegir y, sobre todo, si elegimos nosotros. ¿O, acaso, son los algoritmos, de Google y otras compañías, que predeterminan lo que nos puede gustar o nos anima a consumir ciertos productos, privándonos de más posibilidades de elección? Y aquí está el hueso del asunto: ¿que son los algoritmos si no el programa de una máquina?

Por esta reflexión, la cinta se adentra en otro tema, también reciente, el de la manipulación de nuestras mentes (lo que nos llevaría a otro filósofo al que se hace referencia: Descartes) a través de esa metáfora que supone el sueño, el despertar y la confusión que enreda nuestras ideas y pensamientos. En la película quienes introducen estos mensajes, destinados a que el hombre no encuentre la puerta de salida de su pesadilla casi kafkiana, son los robots. Pero en la dimensión de nuestra realidad, las «fake news», un «reboot» sofisticado de la mentira tradicional, desempeñan ese papel. Un intento destinado a que las masas se inclinen por una opinión, o la contraria, sin tener en cuenta cuál es su voluntad o necesidades reales.

«The Matrix», con su estética postpunk, sus evidentes alusiones a la Biblia, William Gibson («Neuromante»), Platón, «Alicia en el país de las maravillas» (la trama arranca con aquel legendario, «sigue al conejo blanco», que conduciría a Neo hacia su liberación) y pensadores de la talla de Jean Baudrillard, se convirtió en un divertido cóctel de pensamiento y de acción, sofisticado a ratos, y que, sobre todo, daba para más de una conversación. La fórmula funcionó muy bien durante el metraje de la primera película hasta la desafortunada escena final, cuando Keanu Reeves emprende ese vuelo de superratón. A partir de ahí, la trilogía pasó ser una franquicia comercial más.

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