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Bauman, el siglo líquido

El filósofo, que falleció ayer, ayudó a comprender mejor el mundo actual, en una evolución desde el marxismo hasta la sociología ecléctica que luego practicó para explicar la nueva sociedad.

  • El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en un acto en Barcelona en 2013.
    El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en un acto en Barcelona en 2013. / EFE/Toni Albir

Tiempo de lectura 5 min.

09 de enero de 2017. 22:27h

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David Hernández de la Fuente .  9/1/2017

Ha fallecido a los 91 años el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, tal vez el más sagaz observador de nuestras sociedades fluctuantes y uno de los pensadores más influyentes de la modernidad. Bauman, de origen judío, tuvo que huir de su Polonia natal a la URSS ante la persecución nazi. Aunque comenzó su carrera como profesor en la Universidad de Varsovia, integrado en el Partido Comunista, acabó exiliado en Inglaterra en 1968 al ser purgado de la universidad como resultado de una reacción antisemita del Gobierno polaco. Reino Unido acabó concediéndole la nacionalidad y ejerció durante más de cuarenta años la docencia y la investigación en la Universidad de Leeds hasta su jubilación. Bauman se ocupó de cuestiones muy variadas que ayudaron a comprender mejor el mundo actual, en una evolución desde su marxismo de origen hasta la sociología ecléctica que luego practicó para explicar la modernidad y la posmodernidad, el consumismo, las diferencias de clases y la globalización. Pese a estar retirado, como profesor emérito seguía dando frecuentes conferencias y seminarios, y sus publicaciones no se interrumpieron hasta el final, en forma de libros de entrevistas y conversaciones.

Su primer gran ensayo trató de enmarcar el Holocausto en la historia europea como resultado del mal sueño de la razón ilustrada y de la civilización moderna. Pero, en el núcleo de su obra, se diría que Bauman, que comenzó en el socialismo utópico, terminó constatando cómo la globalización se puede tornar distópica con la brecha creciente entre ricos y pobres y la nueva pobreza endémica en un mundo interconectado. Para ello puede verse una tríada de obras clave de esta etapa compuesta por los libros «Legisladores e intérpretes», «Modernidad y Holocausto» y «Modernidad y ambivalencia», en los que se ve la crítica de la modernidad como distopía alejada cada vez más de lo humano. Su marxismo de origen nunca llegó a desaparecer del todo, como se ve en su continuo interés por el mundo obrero o la exclusión social.

De ahí pasó a su gran interés por definir o redefinir el mundo que nos rodea, cambiante y evanescente, a través de obras más teóricas que le llevaron a esbozar su concepto clave, el de «modernidad líquida». En obras como «Modernidad líquida», «Amor líquido» o «Vida líquida» Bauman caracteriza nuestras sociedades como comunidades en continua evolución en las que las identidades se diluyen. La vieja sociedad sólida, de antes de la Segunda Guerra Mundial, que proporcionaba seguridad y valores inamovibles, da paso a la movilidad y la relatividad que caracterizan nuestros días, lo moderno, lo posmoderno. El adjetivo «líquido» le sirvió para teorizar acerca de arte, amor, educación, valores, en clara contraposición con el mundo heredado de las democracias burguesas que tenía unos principios claros, tal vez herencia del «Ancien régime». De hecho para Bauman la modernidad empezó tan pronto como en el siglo XVIII, en el famoso terremoto de Lisboa: la catástrofe, como tantas otras en momentos de cambio de la historia de la humanidad (piénsese en la caída de Roma), hizo tambalearse las certezas ilustradas. Nuestro mundo es heredero de esa sensación vertiginosa de que todo «puede» cambiar, corregida y aumentada con el motto actual de que todo «debe» cambiar, de que lo estable es sinónimo de muerte y lo moderno es la crisis continua de una evolución incesante.

Otro pilar de su obra es el interés por los excluidos y marginados, los «residuos» del mundo globalizado y posmoderno, que se reflejan en el problema de las migraciones al llamado «primer mundo». Bauman analizó esta nueva pobreza como una consecuencia clara de cómo Estados Unidos y la Unión Europea, especialmente, estaban concibiendo los equilibrios sociales y de poder internos y externos. Pero su obra no fue simplemente descriptiva. Bauman también aventuró nuevas formas de abordar los problemas de las sociedades modernas, que podían y debían tender a un mejoramiento global desde los dinámicos postulados sociológicos que él proponía. Ante una sociedad «in progress» la ciencia social debe ser ágil y anticipatoria. El cambio social para prevenir la conflictividad y tender a una justicia equitativa no debe ser, a ojos de Bauman, considerado como un sueño utópico e irrealizable, sino que ha de estar basado en una profunda comprensión de cómo funcionan las dinámicas entre la sociedad líquida y la sociedad sólida, en busca del equilibrio que permita armonizar la estabilidad de valores humanísticos con la novedad de los desarrollos más vertiginosos, dotando de certezas y a la vez integrando las identidades evolucionadas de nuestro mundo multicultural.

Por esta obra enorme, en fin, Bauman fue galardonado con diversos premios internacionales, como el Amalfi (Italia, 1989), el Adorno (Alemania, 1998) o el Príncipe de Asturias (España, 2010). Sorprende constatar que hasta el final estuvo investigando en un mundo que, en la era de las redes sociales, de los aluviones migratorios y de la inmediatez de Internet, era veloz y en ocasiones inasible. Últimamente destacó su interés por la educación, reflejado en su reciente «Sobre la educación en un mundo líquido» –una de las últimas obras suyas publicadas en nuestro país–, donde se constata que Bauman nunca le perdió el pulso a la sociedad. Era un observador nato, dotado de un fino instinto para el análisis de cómo interactúa el «Homo postmodernus». Contaba el sociólogo a uno de sus entrevistadores que durante sus años de enseñanza se dedicó a mirar por la ventana para ver pasar a los niños que iban a la escuela. Su interés por la educación en el cambio social provenía de ver la evolución de estos grupos de escolares a lo largo de las décadas en Reino Unido, cómo al principio estos grupos eran monocolores y cómo con el pasar de los años fueron mezclándose en diversas tonalidades de multiculturalidad. Solo de la observación empírica, nos viene a decir su enorme obra y figura, surge el impulso teórico renovador del científico social que es capaz de mover el mundo a reflexión. Descanse en paz.

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