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Flamenco

Corral de la Morería: 70 años de una filosofía única en el mundo

El tablao flamenco por antonomasia de la noche madrileña encara un aniversario que celebrará su noche grande en la primavera de 2026. «Estamos en el mejor momento de nuestra historia», presumen los Del Rey en una casa que tiene las puertas abiertas a todo el mundo y en la que el duende convive con una gastronomía de diez y con los mejores caldos de Jerez

El Lavi lanza el envite. «Échale papas», dice el cantaor. Roberto Jaén ayuda con sus palmas. También la guitarra de un jovencísimo Benito Bernal secunda la idea. Entre todos, sobresale una figura en lo alto del Corral de la Morería: es María Moreno. Firme, no duda en recoger el guante que le han lanzado sus compadres. Ha venido a jugar... y a bailar, por supuesto.

No tarda en romper a sudar. Y aquí, nadie se salva. Si el artista suda, el público lo siente. Es uno de los privilegios del Corral: tocar a la estrella. Vivirla. Moreno sigue a lo suyo. No frena. Va a más. Apaliza las maderas del escenario con sus zapatos. El serrín de las tablas salta por los pliegues de su falda. Se le cae una horquilla y pasa a mejor vida en apenas segundos. Dos, tres, cuatro «taconeaos» y queda convertida a chatarra sin que su dueña sea consciente.

Bernal no se detiene ni un instante. Sus manos son rápidas, y sus dedos todavía más; mientras tanto, su pie marca el compás como el mejor de los metrónomos. Plas, plas, plas, plas... Es infinito. Es un acto reflejo. Lleva el arte en el tuétano de los huesos.

La bailaora continúa imparable. En apenas tres minutos se ha convertido en la mejor de las sopas flamencas. También es infinita. «Si te cansas, por Dios, para», apunta Miguel Lavi.

«Qué buena eres»

El público asiste atónito una noche más. Los hay boquiabiertos y los hay entregados, pero todos comparten el trance. La actuación es contagiosa. Hace ya algún tiempo que pararon de salir platos de la cocina porque no hay otra cosa con la que alimentarse que no sea lo que se ve sobre las tablas. Este es el tipo de alimento que va directo al alma. Las bebidas, por su parte, no frenan. Esas sí que se agradecen para aliviar un poco el gaznate y, por qué no, para desinhibirse otro poco. De todas formas, el vaso o la copa se cogen a tientas; sin dejar de mirar hacia esa escena por la que pasaron Pastora Imperio, Antonio Gades, La Chunga, Fosforito, Manuela Vargas, Diego el Cigala, José Mercé, Antonio Canales... Del fondo de la sala, sobresale una voz: «Qué buena eres, María». Es ella. Es el corazón y la reina de esta casa. Es Blanca del Rey. El carné dice que tiene 76 años, pero su espíritu es el mismo de aquella chavalilla que dejó Córdoba en los años 60. No tarda en subir al escenario. Aprovecha un «impasse» para dar gracias a cada una de las personas que ha querido trasnochar en su Corral. Las palabras son sinceras. No están en el programa de mano, pero también son parte del espectáculo que se ha venido a ver. Toca callar y escuchar.

Corral de la Morería.
Corral de la Morería.Jesús G. FeriaLa Razón

De su «speech» de hoy llama la atención una frase; la que dice «(...) querer tocar las estrellas con las puntas de los dedos (...)». Ahí está su techo: en algún lugar que no alcanzamos a ver y que probablemente ella ni se haya planteado. Solo era una niña, catorce años, cuando pisó por primera vez este escenario. «Venía al templo», recuerda de una noche en la que se topó con Rock Hudson: «Yo, que venía de Córdoba y que era una niña con calcetines y trenzas, no había visto jamás un actor de esa talla. Imagínate. Me quedé paralizada, como ausente». No duró demasiado el «shock»: se arrancó por soleás. «Daba una vuelta, un salto y me echaba al suelo como las bailaoras de aquella época».

Estaba surgiendo, sin saberlo, el alma actual del Corral de la Morería. Un tablao que ya mira a su 70 aniversario y en el que, «por supuesto», está muy presente la mano de su fundador (y esposo de Blanca), Manuel del Rey. Desde su muerte, en 2006, es ella, junto a sus dos hijos, Juan Manuel y Armando, quien dirige este escenario que, entre otras distinciones, está incluido en el libro de viajes «1.000 sitios que ver antes de morir» y en la lista del «New York Times» como uno de los lugares más emblemáticos del planeta. Juan Manuel del Rey no duda y lo dice claro: «Estamos en el mejor momento de nuestra historia». «El único restaurante con espectáculo de todo el mundo con una estrella Michelin», les reconoció la famosa guía cuando les concedió la distinción en 2018 [además de los tres soles Repsol que también engalanan sus vitrinas]. «¿Dónde vas a encontrar un lugar en el que tengas a las mejores estrellas en lo suyo y con una carta y un servicio como este?», reta Blanca del Rey.

Corral de la Moreria.
Corral de la Moreria.Jesús G. FeriaFotógrafos

Culpa de ello también la tiene el chef de la casa, David García, un hombre que le da a las dos baterías, a la de la cocina, pero también a la de música: «Alguna vez me he subido al escenario del Corral con el cajón y llegué a montar la batería para tocar con Fuel Fandango». De este modo, el cocinero encaja a la perfección dentro de la filosofía de la Morería. Aquí, su principal cometido es «que nada falle» a la hora del emplatado. La improvisación de las tablas queda «prohibida» cuando hablamos de un menú con estrella: «Es así como se consigue la excelencia», afirma.

El bilbaíno llegó al Corral a finales del 16 con «platos con alma y raíces» y ha continuado de la mejor manera el espíritu de aquellas primeras comidas que se dieron en este lugar: «Langosta thermidor, caviar, bullabesa... La propuesta gastronómica de aquellos tiempos era única. No había ni diez restaurantes en todo Madrid que te ofrecieran lo que aquí», defiende Blanca del Rey de un local que abrió sus puertas el 20 de mayo de 1956.

Y del mismo modo, era único lo que se vivía frente a ese icónico cuadro de Juan Barba, «Pelando la pava». «Aquí hemos tenido a Mario Maya con el torso desnudo. ¡La primera vez que se vio algo así en España! Y a Camarón y a Morente cuando les ponían verdes», continúa la directora artística del Corral. Bien sabe la bailaora lo que son las críticas. Las sufrió cuando hizo con un mantón lo que nadie había hecho: «Se dijo que eso no era flamenco. Salir en los 80 con un vestido negro, neutro y con un pequeño volantito abajo, sin nada más... Pero hoy ya es un clásico», como los anteriores. Han vivido lo que llaman algunas de las páginas «más memorables de la historia del arte flamenco». Hitos como la presentación de «Entre dos aguas», de Paco de Lucía, o el debut y despegue profesional de la Pantoja. «Aquí se ha creado vanguardia. Siempre hemos tenido a los mejores artistas haciendo evolucionar el flamenco», apunta un Juan Manuel del Rey que asegura que «esa es la esencia del Corral». Madre e hijo no se asustan cuando se habla de qué es flamenco: «Eso va dentro del artista. Se tiene que sentir, llevarlo dentro. Se puede cantar una seguiriya y no ser flamenco. La pureza está en el propio ser del artista y no en nadie que diga lo que es o deja de ser flamenco. Si eres flamenco, todo lo que hagas va a sonar a flamenco», añaden.

Corral de la Moreria.
Corral de la Moreria.Jesús G. FeriaFotógrafos

De hecho, para contribuir en esa evolución, volverán en 2026 con las Noches Brujas, jornadas en las que, como confirma Juan Manuel, «nos permitimos ir un pasito más allá, arriesgar un poco y traer a gente que, digamos, no está en el circuito flamenco habitual».

Los Del Rey tienen las puertas abiertas de par en par a «todo el que transmita arte». A los clásicos de antaño les siguen ahora los Eduardo Guerrero, Belén López, Olga Pericet, Lucía la Piñona, Jesús Carmona, María Moreno, Manuel Liñán y compañía. Continúan siendo el punto de encuentro del flamenco con el público y de las estrellas mundiales (actores, presidentes de gobierno, escritores, deportistas...) con el flamenco. No hay espacio en este diario para citar a tanto ilustre que se ha dejado ver por el Corral en estos casi 70 años, aunque reconocen que las redes han limitado «un poco» la espontaneidad de otros tiempos. «Les cuesta más soltarse». Se refieren a tiempos en los que personalidades como Mastroianni, Nureyev o Baryshnikov cambiaban, en algún momento de la velada, la mesa por el escenario.

Esa cercanía y esa flexibilidad para adaptar cada función al momento es lo que les ha permitido llegar hasta 2026 repletos de vida. ¿El secreto? Lo tienen claro: «Esto no es un negocio, sino una filosofía de vida. Es actualidad, modernidad y vanguardia; y también esencia, autenticidad y tradición», sentencia Juan Manuel del Rey. Solo así pudieron hacer frente al bajón de la pandemia. «Lo pasamos muy mal. Pero esta es nuestra forma de vida y no quedaba otra opción que tirar hacia adelante. “Ya lo recuperaremos”, dijimos. Y no nos equivocamos», asegura de un Corral de la Morería que tiene el afán de hacer sentir a su visitante como «en casa» y «en familia». Es otra de las enseñanzas que les legó su padre y marido.