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El saber estar de Mehta

Crítica de clásica

Juventudes Musicales

Beethoven: «Leonora III». Wagner: «Preludio y muerte de Isolda». Chaikovski: «Sinfonía nº 6, Patética». Maggio Musicale Fiorentino. Director: Zubin Mehta. Auditorio Nacional, Madrid. 9-5-2015.

Tiempo de lectura 2 min.

13 de mayo de 2015. 02:55h

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13/5/2015

Pocos saben estar en un podio como este maestro, nacido en Bombay en 1936, y cuyo vigor sigue incólume. Mantiene la autoridad en virtud de unas concepciones musicales firmes, lógicas, bien planificadas, en ocasiones, es cierto, pasajeramente epidérmicas, y gracias a un gesto claro, abarcador, elástico, que lleva el discurso en volandas provisto de la energía o, según los casos, la suavidad solicitada por los pentagramas. Bien asentado, armónico de movimientos, dibujó magníficamente la obertura «Leonora III», iniciada, como está mandado, en pianísimo, con silencios bien distribuidos, con las respiraciones justas. Luego, progresiva intensidad y rotundas sonoridades, a lo largo de una línea expresiva rutilante, aunque hubiéramos preferido una proporcionalidad mayor a favor de la cuerda en los poderosos pasajes dominados por masivos acordes de los vientos, entre los que destacamos unos furibundos y casi aplastantes trombones, absolutos dominadores del clímax del primer movimiento de la «Patética». El modo de cantar, acentuar y frasear de Mehta conviene a esta sinfonía chaikovskiana, que en su mano se escucha con todo el fragor, los decibelios y la impactante rítmica que pide el Allegro molto vivace; también con todo el sentimiento doloroso que anida en el pesimista y ultrarromántico Adagio lamentoso final. Bien balanceado el vals del Allegro con grazia, a falta de una mayor depuración sonora. El director indio no otorga prioridad normalmente al toque tímbrico depurado y prefiere la gran línea, el nervio y la manifestación fulgurante, más afines a la Orquesta del Maggio, poderosa antes que refinada. Sin embargo, en el «Preludio» y en la «Muerte de Isolda», unidos consuetudinariamente como resumen de la ópera wagneriana, acertó Mehta a extraer matices delicados, a plantear un comienzo expectante, en el que prácticamente, con el famoso tritono, se abrió el porvenir de la música. Magistral «crescendo» posterior hacia el éxtasis amoroso y bien conducidas oleadas en lo que es el canto postrero e iluminado de Isolde. Bonito bis, en medio del clamor: «Intermezzo» de «Cavalleria rusticana» de Mascagni.

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