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Kaufmann, valió la espera

  • Kaufmann, valió la espera

Tiempo de lectura 4 min.

27 de julio de 2018. 00:48h

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Gonzalo Alonso.  27/7/2018

Jonas Kaufmann ha cantado por fin en el Teatro Real. Pocos saben y menos se acuerdan que cantó una de las funciones de «La clemencia de Tito» en 1999 en una sustitución de última hora. Sus propios recuerdos de ello son escasos. Más recuerdos tiene de una «Missa Solemnis» en Salamanca, allá por 2004, junto a su entonces esposa. Terminó un tanto alegre en la habitación de su hotel tras un recorrido por la ciudad. Kaufmann apenas era conocido.

En 2008 canceló el «Fidelio» que debía abordar en el Real junto a Abbado. La Maestranza sevillana le escuchó en «La bella molinera» en 2010, ya famoso, junto al pianista Helmut Deutch. Cantó un par de funciones de «Fidelio» en Valencia en 2011. En marzo de 2014 se arriesgó a cantar a taquilla en el Liceo «Winterreise». En el verano de ese año actuó en el Festival de Peralada. En 2016 estuvo anunciado en Madrid para un recital con piano, pero problemas de salud le obligaron a cancelar todas sus actuaciones durante varios meses y volvió a cancelar el año pasado. Poco a poco volvió a la actividad y ésta es ahora quizá demasiada. El domingo cantó «La Valquiria» en Munich, el 25 el Real, el 28 Peralada y el 31 «Parsifal» en Munich.

El más importante tenor veterano en activo, aunque como barítono, y el número 1 de los actuales se han presentado en el Real en días sucesivos. El primero canta como barítono con timbre de tenor, mientras que el segundo lo hace como tenor con timbre de barítono. ¿Cómo sería un «Trovatore» con ambos? Kaufmann es un tenor muy musical, con un centro bellísimo en su color de tintes oscuros, sin problemas en el registro agudo, con graves potenciados por su timbre baritonal y, muy importante, inteligente en su línea canora en la que busca la expresión y el matiz. No hay cantante sin defectos y él también los tiene. La búsqueda del sonido oscuro le obliga a emplear la gola más de la cuenta y la voz queda a veces atrás. El caudal es amplio pero, al no poseer el metal de un Del Monaco o Corelli, la voz no se proyecta tanto como la de aquellos, lo que es palpable en los bellísimos detalles en medias voces o los agudos en piano con messas di voce en ocasiones en falsete.

Jochen Rieder concertó apenas aseadamente y el fresco recuerdo de la «Cabalgata» de «Valquiria» de Petrenko en Munich muestra lo mucho que aún queda por mejorar en nuestros teatros. Kaufmann tardó dos arias en calentarse. El «Ah, lève-toi, soleil», con sus dos «si bemoles» sonó algo velado y un espectador llegó a mostrar su disconformidad. En el tercer «si bemol» respetó la escritura en «piano» con un falsete de reducida proyección. Muy matizadas tanto el aria de «La juive», como la del «Cid», con expresividad, gran variedad de dinámicas y unas frases muy delicadas en las repeticiones. Wagner, en la segunda parte, ofreció lo mejor. Sobre todo el «Ein Schwert verhiess mir der Vater», con exhibición de poder en el «Wälse!», muy bien planteado y resuelto el estado anímico de Siegmund. Tras el poético, pero algo forzado «Morgenlich» de «Maestros cantores», llegó otro momento cumbre con «Lohengrin», una página a la que dota de personalidad propia en el juego de medias voces y fortes, así como con el admirable legato. Aportó una segunda estrofa normalmente no cantada y se apoyó en una partitura en una tableta. No hay otro tenor más interesante en sus interpretaciones que Kaufmann y el público lo comprendió con ovaciones que obligaron a tres bises: «Werher», y más Wagner con «Wintersturme» y «Träume». El público seguía sentado, salvo las señoras que se acercaron al escenario para regalarle flores, cartas y paquetes, pero director y tenor dijeron adiós. ¿Para cuándo una ópera?

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