La coronación de Kaufmann

El llamado ya «mejor tenor del mundo» demostró en Peralada el porqué de su puesto de honor. Todos quieren escucharle. Por algo será

Jonas Kaufmann
Jonas Kaufmann

El llamado ya «mejor tenor del mundo» demostró en Peralada el porqué de su puesto de honor. Todos quieren escucharle. Por algo será

Obras de Verdi, Massenet, Bizet y Wagner. Tenor: Jonas Kaufmann. Orquesta de Cadaqués. Director: Jochen Rieder. Festival de Peralada, 3-VIII-2014.

Con nervios horas antes a causa de las súbitas trombas de agua del día anterior y la cancelación por Jonas Kaufmann de una de sus últimas «Forza del destino» en Múnich, pudo afortunadamente celebrarse su concierto con la Orquesta de Cadaqués. Era obviamente la cita más esperada junto a «Andrea Chenier» y el, en cierto modo frustrado, concierto de Piotr Beczala y Erika Grimaldi. Kaufmann debutó en el festival en 2012 y se le ha podido repescar dentro de una agenda llena de compromisos, pero en la que se amplían espacios para lied y conciertos en detrimento de la ópera. De hecho, en la próxima temporada apenas cantará «Manon Lescaut» en Múnich tras su debut en Londres, donde también lo hará en «Andrea Chenier» y las nuevas producciones en Salzburgo del importante reto del programa doble «Cavalleria rusticana» y «Pagliacci» con Thielemann a la batuta.

Canto y gancho popular

La expectación era enorme, con buena parte de la crítica nacional desplazada para el evento, pues no en vano Kaufmann es el gran tenor del presente. El único, junto a Juan Diego Flórez, realmente a la altura de esa mezcla de canto y gancho popular que eleva divos a los altares. Hace dos décadas el repertorio wagneriano se reducía a Lohengrin y Sigmund, papeles a los que ahora ya ha incorporado Parsifal. Quizá enterado de las raíces wagnerianas catalanas, con el hecho singular del estreno mundial de «Parsifal» fuera de Bayreuth en las Navidades de 1914, ha pergeñado toda una segunda parte con escenas orquestales y vocales de óperas de Wagner, a las que curiosamente ha añadido dos lieder de los «Wesendonk». Es algo que ideó ya para algunos de sus últimos conciertos. En la primera parte un desafío conceptual, en plena crisis de Pujol y Convergencia, con una consulta independentista en ciernes y ante Artur Mas, un claro homenaje a la España lírica con piezas de «Carmen», «El Cid», «Don Carlo», «Trovador» y «Forza del destino», su último debut verdiano. Programa por tanto muy personal y como tal muy de agradecer al director del Festival, Oriol Aguilá. Cierto es que la primera frase de Don Carlo «Io lo perduta» fue inaudible porque no quiso esforzarse inútilmente. La página le sirvió para entrar en calor y poder expandirse en el «Ah si ben mio» de «Trovador», dicho con tempo lentísimo. Vino luego el mejor Verdi de la noche, el aria de «Forza». Nadie hoy la puede cantar así y nadie la ha cantado nunca así. Bergonzi, el catedrático, media mucho y aportaba más tradición verdiana y más pasión. Kaufmann aporta el mundo del lied al operístico, fraseando con gusto exquisito y clarísima dicción pero, sobre todo, con una técnica modélica de regulación de las dinámicas. algunos piensan que se reserva, pero si un piano puede resultar no convencional, está en el sitio preciso y luego se expande sin dificultad hasta el agudo en forte. Así sucedió en el final del citado aria. Inolvidable. El aria de «El Cid» mantuvo el altísimo nivel. Si su Verdi puede ser discutible para algunos, nadie pondrá un reparo a su Wagner, pues llevábamos décadas esperando oirlo cantar con tal fidelidad de estilo, tanta elegancia, tanta concentración, tanta ausencia de gritos, tan ajeno a la galería y tan libre de aparente esfuerzo o fatiga vocal. Una lección tanto la página «Ein Schwert verhiess mir der Vater» de «Walkiria», con un impactante «Wälse, Wälse» a plena voz, como el «Amfortas! Die Wunde!» de «Parsifal». Entre ambos los dos últimos lieder de los «Wesendonk», páginas de recogimiento, y más como las dibuja el tenor, poco aptas para el auditorio al aire librecon las cigüeñas aplaudiendo. La Orquesta de Cadaqués cumplió con dignidad, incluso con su concertino cantando el aria de Micaela de «Carmen», bajo una batuta compenetrada con el solista pero muy rutinaria e incapaz de que cada cosa estuviese en su sitio en la obertura del «Holandés errante». Programa largo y prolongado hasta la una de la madrugada ante las interminables aclamaciones de un público puesto en pie, que obligó a cuatro propinas, «Donna Non vidi mai» de «Manon Lescaut», el magistral lamento de Federico de «Arlesiana» metiendose al público con toda la carne puesta en el asador y dos de operetas de Lehar: «Paganini» y «El país de las sonrisas». Artur Mas no podía sonreír en la tribuna: el programa español apuntillaba las dudas ante su futuro. Una velada que para muchos quedará en el recuerdo.

¿Próxima parada en Madrid?

Lo cierto es que no cabía un alfiler en Peralada y que dentro de ese contexto de gran noche todos los invitados y el público en general, además de fijar sus ojos en Jonas Kaufmann, también estaban clavados en Artur Mas, que escuchó atento junto a su esposa Helena Rakosnik todo el concierto, aunque el protagonismo estaba sobre el escenario; los consellers Felipe Puig y Ferran Mascarell; el director artístico del Teatro Real, Joan Matabosch (seguro que tomó buena nota para ficharle en un futuro no demasiado lejano) y el tenor Jaume Aragall. Nadie quería perderse esa noche, señalada en rojo en bastantes de las agendas. El tenor del momento, que debutó en el Met en 2006, no defraudó.