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La Traviata se viste de luto

  • Un momento de la representación de «La Traviata», en el Teatro Real de Madrid
    Un momento de la representación de «La Traviata», en el Teatro Real de Madrid

Tiempo de lectura 4 min.

21 de abril de 2015. 01:53h

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21/4/2015

«La Traviata» de Verdi

E. Jaho, F. Demuro, J. J. Rodríguez, M. Nogales, M. Urbieta, A. Casals, F. Radó, etc. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. D. McVicar, dirección escénica. R. Palumbo, dirección musical. Teatro Real. Madrid, 20-IV-2015.

Pocas óperas más problemáticas que «La Traviata». Lo ha sido desde su estreno, aquel marzo de 1851 en La Fenice. Verdi había cosechado un resonante triunfo en Roma con «Trovatore» apenas un par de meses antes. Sin embargo, el público veneciano reaccionó mal y también la crítica. Se escribieron cosas como «La música de Verdi tiene el ambiguo mérito de ser digna del pésimo libreto» o «Un argumento sucio»... El mismo autor reflexionaría al respecto: «Fue un fiasco, pero ¿la culpa es mía o de los cantantes? El tiempo dirá». En cierto modo era lógico, porque el autor se separó de las localizaciones en el pasado para situar la acción en la misma sociedad en la que vivía, en aquella sociedad que no tragaba su relación con Strepponi. El tiempo decidió y hoy es una de las óperas más populares. Cierto es que una puesta en escena rompedora –¿Violetta un travesti?– podría volver a incomodar al público. Seguro que, dados los registas de nuestro tiempo, acabaremos viendo algo así.

Violetta puede ser vehículo para éxitos clamorosos y también para fracasos estrepitosos. De lo primero pudo dar fe Callas en la Scala en 1955 y de lo segundo Freni en 1964 en el mismo escenario. Ésta, muy joven entonces y apodada «la Prudentissima», no lo fue tanto. En cambio, Caballé se negó a abordar allí el papel cuando se lo ofrecieron tras su histórica grabación. La Scala tuvo tanto miedo que el título no volvió a ofrecerse hasta 1992 y entonces Muti eligió a una debutante, Tiziana Fabriccini.

Obviamente este título no podía faltar en el Real. Se programó en 2003 con regia de Pizzi y Nora Amsellem como protagonista y el día de la «premier» tuvo que sonar en concierto por una huelga. Ella triunfó y volvió dos años después. Así pues, sólo se ha ofrecido la vistosa producción de Pizzi en dos ocasiones y la última en 2005, hace diez años. ¿Por qué, corriendo los tiempos que corren, no se ha repuesto en vez de acometer una nueva producción? La pregunta es aún más oportuna tras ver la muy sombría escena de McVicar, quien no salió a saludar, tan tradicional como la del veneciano y tan oscura que recuerda aquel telón negro que, por todo decorado, tuvieron detrás los cantantes de 2003. Es éste el mayor problema de la nueva producción, al que cabría añadir una dirección actoral excedida de movimientos en ocasiones, cuando en la música está todo, quizá para compensar tanto telón negro. Palumbo siente la ópera. Obtiene una buena prestación de orquesta y coro, concierta con pulso y matiz salvo en la escena de las gitanas –recuerdo imborrable el ensayo de Toscanini–, si bien también quiere compensar desde el foso a base de subir el volumen, tratando de crear las tensiones que no acaban de consolidarse en el escenario. Roza el peligro de apagar a alguno de los cantantes no muy sobrado de caudal vocal.

No es amplio el de Ermonela Jaho, quien canta el papel en los principales teatros europeos, pero muestra inteligencia en la forma de utilizar una voz pequeña y bastante áfona. Además de dar el tipo escénico, es artista. Muestra de ello es el susurradísimo «Dite alla giovane». Va de menos a más. Lo que a ella le sobra le falta a Juan Jesús Rodríguez y viceversa. El barítono de Huelva se excede en querer mostrar un caudal del que está sobrado y, en cambio, matiza poco. A medio camino entre ambos, el académico Alfredo de Francesco Demuro.

El absurdo segundo descanso entre tercer y cuarto acto, cuando la escena apenas varía en toda la obra, corta el ambiente dramático que se empezaba a crear. El acierto de una representación en este tipo de obras, como «Boheme» o «Butterfly», radica en su capacidad de emocionar. No logré ver ojos humedecidos y es que Violetta y Verdi no son sólo exquisitez canora. Para que llegue el personaje se precisa también volumen. Dato importante: en el Covent Garden se representa ahora «Traviata», con Minkowski, Yoncheva, Ismael Jordi y Plácido Domingo. La entrada más cara en el estreno vale 272 euros. En el Real, 381 euros.

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