
Sección patrocinada por 
Música
«Money for Nothing»: el futuro no era lo prometido
Se cumplen cuatro décadas de la canción y del álbum «Brothers in Arms», de Dire Straits, un trabajo que encumbró a la banda de Mark Knopfler

Se cumplen 40 años de esta canción y del álbum «Brothers In Arms». Estábamos en el apogeo de la MTV y de los vídeos musicales. Se hizo con la técnica de rotoscopia: unos horrorosos efectos especiales de los ochenta. Demasiado psicodélico y kitsch. Fue premiado como vídeo del año. El primer en usar 3D. El primer videoclip que emitió MTV Europa. Fue un éxito mayor que los «Sultans of Swing». Relanzó el CD como formato y aquellas maravillosas DDD. Un vídeo dirigido por Ridley Scott para lanzar el primer Apple Macintosh fue la avanzadilla en 1983, junto al vídeo tan premiado de «Thriller». Todo un hito cultural y la apoteosis de la mercadotecnia.
Estábamos en el frenesí neoliberal con Reagan dirigiendo el mundo, en declive de la música disco, en los estragos del Sida, etc. «Extravagancia y exceso, con una mezcla de colores neón vibrantes, hombreras marcadas, y siluetas exageradas», dice la IA. Retrowave. «Blade Runner». El apogeo de los videojuegos. Ilusión estética del simulacro, Baudrillard dixit.
Pero la historia de inspiración de «Money for Nothing» viene de una mirada de un obrero. En una tienda de electrodomésticos, todos los televisores están conectador a MTV. Un repartidor se queja de las estrellas de rock. Mark toma nota y los comentarios del trabajador se convierten estrofas de la canción. Le ayudó en la composición Sting. Observa que son unos artistas gandules que cobran por no hacer nada («Money for Nothing»). Algunos comentarios son homófobos («That little faggot got his own jet airplane, See the little faggot with the earring and the make up») y otros machistas («Money for nothing, chicks for free»)… «golpeando bongos como un chimpancé»… Solo le faltó referirse a ellos cómo parásitos que viven de las subvenciones.
Era una crítica a la música industrializada, a la cultura de masas, a la alienación del arte, etc… todo dinero, solo marketing. Un buen diagnóstico de la clase baja sobre el poder de la MTV y la industrialización de la cultura como había preconizado la escuela de Frankfurt décadas antes. Era la sociedad del espectáculo de Debord, la liquidez del vacío. Un arte arruinado que empezó con el urinario de Duchamp y el fraude de la vanguardia y la utopía progresista (Scruton).
Fue el mayor éxito musical de Dire Straits gracias a la guitarra prodigiosa y sensibilidad social de Mark Knopfler, que la audiencia mundial ya había reconocido con los sultanes. Todo lo demás pudo ser marketing.
Los sultanes
Esa sensibilidad por escuchar historias de fracasos fue potenciada, quizá, por el ambiente minero escocés y los cardadores de lana de Leeds. Muchas veces también con tintes romáticos («Says something like: You and me, babe, ¿how about it?») en «Romeo and Juliet».
Knopfler fue un periodista aburrido. Tocaba la guitarra. Autodidacta. Lo dejó todo y se fue a Londres. Buen compositor. Lo de enseñar tampoco le gustó. Tocaba en los pubs para ganarse la vida. Situación desesperada. Una única solución: componer, tocar, grabar y vender la maqueta. La realización de un sueño. Se pasea por el sur del río en Deptford... London Town. Se siente bien. Frente a un pub escucha dixie sound dos por cuatro. Entra. Pocas caras. Nadie escucha la música. «Competetion in others places». Suena la campana. No hay más cerveza. Otro día más. Somos los sultanes, los del swing. Un absurdo. No eran nadie, bueno, una banda maldita. Ni mucho menos sultanes. En el imperio otomano no se podía escuchar su voz. Esa era la historia y una guitarra. Era Mark Knopfler. Un tío normal. No era Dios como Clapton, pero su estilo maravillaba a quien lo escuchaba. Los Estados Unidos y la BBC Radio London la convirtieron en un éxito inimaginable. Mariscal en España. Era 1978. No era rock&roll. El punk decaía. El mensaje contracultural era muy manido. Garaje rock is dead. Ya nadie quería salvar a la reina. En otras latitudes la poliomilitis de «la iguana de Detroit» ya se hacía sentir. Knopfler tocaba mejor que los destroyers de los punketas. Si The Clash cantaban como el camelo de la beatlemanía había mordido polvo (London Calling»), Margaret Thatcher daba por muerto el punk. El crítico Murray escribía «returned to the garage immediately, preferably with the motor running» (NME, 1976). En el Sol de la calle Jardines seguíamos dando caña.
El sonido Knopfler
Hijo de un judío comunista húngaro huido de la locura centroeuropea a la lúgubre Glasgow. Una madre maestra y un padre arquitecto/minero. Se fueron a la aburrida Newcastle upon Tyne. Después a estudiar periodismo a Leeds (la gente del río de corriente rápida). Un loiner.
Tocaba la guitarra eléctrica sin amplificador y sin púa. No había más dinero. Tuvo que aprender a pellizcar la cuerda para escuchar su sonido en su primera Hofner. Convirtió el finger-picking en una necesidad (el pulgar para las notas bajas y el índice y el medio para las melodías y los acordes). También martillo de garra del banjo. Un zurdo tocando la guitarra como un diestro. Es tocar la guitarra como si fuera un piano. Todo muy esquizofrénico y demasiado complejo, y al mismo tiempo, simple: es el sonido Knopfler. Un estilo de guitarra encantador y refrescante (Gilmour) y único (Clapton). Ocupó el puesto 27 en la lista de Rolling Stone entre los 100 mejores guitarristas de todos los tiempos.
En España sus camisetas de tirante y cintas rosas y blancas en la cabeza rompían los corazones de las niñatas bien, amantes del riff. Bailaban dando cabezazos mientras los chicos simulaban el riff acariciando el Levis. El campo de fútbol Román Valero fue testigo en 1985 de eso. El precio de la entrada: 1.800 pesetas. Mucha policía a caballo. Santiago Alcanda escribió que tocaba la guitarra como el que se cepilla los dientes por la mañana. También les gustaba Mecano. Después llego «Money for Nothing» al Calderón, las Ventas, la Romareda, el Palau, plaza de toros de Bilbao, Anoeta (1992). Ya no era lo mismo. A los metaleros nunca les gustó «la movida». Había comenzado la decadencia del PSOE. Ya estábamos en yupilandia renegando de hippies, punkis y heavies. No time for calimotxo.
Tímido. Voz lacónica, sutil y débil. Bueno y generoso. 120 millones de discos vendidos. Todo por tocar una guitarra eléctrica sin amplificador en un ambiente sin futuro. Nunca se consideró cantante… «como vi que la gente no se iba …», declaro en una entrevista. Desde el Covid, sus dedos han perdido agilidad, parece ser, … en fin, la vida en «situaciones desesperadas». Es decir, Dire Straits.
✕
Accede a tu cuenta para comentar


