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Música
Van Morrison: el rugido cumple 80 años
El músico irlandés celebra hoy la entrada en una nueva década todavía en activo después de una carrera legendaria llena de obras decisivas para el desarrollo de la música popular

La música contemporánea no sería igual sin la decisiva contribución de Van Morrison. No solo desarrolló un talento precoz capaz de crear un enorme número de obras maestras, sino que además creó un estilo único que todavía hoy continúa despertando admiración. Cumple 80 años de una vida que, como todas, ha tenido sus altos y sus bajos, aunque el león se mantiene en pie y defendiendo activamente el valor de una carrera tan singular como apasionante. Una de las más increíbles de la presente era y llena de discos poseedores del elixir de la eterna juventud. El rugido que no cesa.
Son ya seis décadas haciendo música en las que «Van Morrison ha enriquecido el acervo musical con un respeto total a las tradiciones musicales», explica Miguel López, estudioso de su obra y autor del libro «Viaje a Caledonia», entre otros. «También ha demostrado una apertura de miras que le ha permitido transitar con brillantez por estilos como el blues, el folk, el jazz, la tradicional irlandesa, el Celtic soul, el country o el rhythm & blues, entre otros», agrega.
Quién se lo iba a decir a aquella familia trabajadora que un 31 de agosto de 1945 celebró la llegada del pequeño George Ivan Morrison en aquella Belfast llena de furia, fuego y violencia. Quién se lo iba a decir a aquel padre que a los 11 años le compró su primera guitarra a un chaval ya obsesionado entonces con la música que escuchaba en la radio. Quién se lo iba a decir a Van Morrison cuando a los 19 años respondió al anuncio de un grupo que buscaba cantante. Eran los Them. Qué precocidad aquella. La banda se quedó con la boca abierta cuando le escuchó cantar. Por supuesto, lo primero que llamaba la atención era aquella voz, aquel rugido. Algo sobrenatural. Pero es que no solo eran sus registros y potencia, sino su expresividad. Y a esa edad. Llevaba al límite lo que se entiende por «interpretación». Y una cosa más: el chico sabía componer. Them consiguió un contrato con Decca y Van Morrison nutrió al grupo con canciones monumentales como «Here comes the night», «Hey girl» o su primer gran clásico, que fue «Gloria». Todo eso a los 20 años.
Y ya desde el principio, Van Morrison daría muestras de otro signo distintivo: su torrencial carácter. Irascible, independiente, intransigente, introspectivo, bipolar. También bebía mucho. Una personalidad que llevaría a todo tipo de límites durante todos estos años, desde relaciones personales a profesionales. Él y Them se pelearon con Decca, se separaron y ahí arrancó la carrera de Van Morrison a secas. Comenzó a componer, le engañaron en un contrato, grabó canciones y lo siguiente fue que recibió una llamada de un amigo diciendo que había comprado su primer disco en solitario, «Blowin your mind», sin él saber nada. Lo que habían sido unas sesiones para probar y ver si había ahí singles se transformaría en un disco completo muy a su pesar. La broma es que dentro estaba un éxito como la maravillosa «Brown eyed girl».
¿Qué pasó luego? Algo muy típico en Van Morrison cuando tiene un éxito: volantazo y drástico cambio de estilo. Algo completamente diferente a la luminosidad casi pop de «Brown eyed girl». Para su siguiente disco, el irlandés convertiría el minimalismo en radicalidad. Cogió algunas composiciones que había acumulado y les dio la vuelta agarrándose a una mezcla imposible de folk, jazz, soul, blues y música celta. Era su voz sobre bases acústicas, contrabajo, escobillas, flautas y cuerdas. Y qué canciones: «Madame George», «Cypress Avenue», «Sweet thing», «Ballerina»... Lo tituló «Astral Weeks». «Es la obra que llega más lejos en términos artísticos y personales», opina Miguel López. También un fracaso comercial.
Fue un álbum no solo único en la música popular, sino también en la carrera de Van Morrison, quien volvería a cambiar radicalmente de sonido para su siguiente trabajo, otra obra absolutamente fundamental, de nombre «Moondance». Esta vez no solo estaba su voz, su interpretación y sus composiciones («Caravan», «Into the mystic», «And it stoned» y el resto), sino también un grupo de muchachos excepcionales que serían la génesis de la espectacular banda llamada Caledonia Soul Orchestra, con Jeff Labes y John Platania a la cabeza. Y el comienzo de una sucesión impresionante de álbumes imposibles de olvidar hasta la publicación del fascinante «Veedon Fleece». Entre ellos también estuvo su primer álbum en vivo, «It’s too late to stop now», considerada una de las mejores grabaciones en vivo de todos los tiempos, no sin razón, con una banda en su mejor momento. Porque aquí se pudo apreciar una extensión más, y absolutamente imprescindible, del arte de Van Morrison, como es su carrera en directo, que dura hasta estos días. La de un artista que se deja llevar por su inspiración, por el vuelo de sus canciones, propiciando desarrollos larguísimos capaz de generar el trance en la audiencia y en él mismo. Una de las razones más poderosas para situarlo como un músico irrepetible.
La oscuridad
Entonces llegaría una especie de colapso. Dicen que también una larga depresión. Parecía un hombre desencantado con la vida y la fama. Había dejado amores y amistades por el camino, muchas veces sin siquiera pronunciar la palabra adiós. Tres años sin saber casi nada de él y sin noticias musicales. Muy extraño para un hombre que parecía sentir una necesidad imperiosa de cantar y liberar demonios interiores a través de sus canciones. Rompería su silencio con «A period of transition», de 1977. Pocas veces un título ha definido mejor una época. Más interesante sería «Into the music», con «Bright side of the road» y considerada otra de sus obras capitales.
Los años 80 serían extraños para muchas leyendas, también para él. Entregado a un peculiar y frío misticismo, publicaría álbumes más o menos correctos, pero desprovistos del viejo genio. Discos derivativos con composiciones simples, demasiado sencillas, y con un sonido poco emocionante. Así hasta llegar a su nuevo oasis, que fue «No guru, no method, no teacher», otra de sus obras maestras por el poder de las composiciones y el valor de una buena banda. Habría que esperar hasta 1991 para asistir a su siguiente álbum imprescindible, «Hymns to the silence», en el que de nuevo volvió a saltarse las reglas de la industria para proponer un disco doble repleto de nuevo de talento e inspiración.
«Too long in exile», de 1993, marcaría un insospechado renacimiento comercial auspiciado por la nueva versión de «Gloria» junto a John Lee Hooker, igual que «Days like this», dos años después. Van Morrison incluso parecía feliz en un momento en el que las viejas leyendas de la música comenzaban a recuperar el aprecio de la crítica y ampliar su audiencia. En el caso del irlandés, impulsado por unos directos que por aquellos tiempos volvían a estar a alturas realmente impresionantes y junto a músicos del tamaño de Georgie Fame o Pee Wee Ellis.
Con el nuevo siglo, el león se domesticaría, más allá de sus tradicionales peleas con las distribuidoras de discos y ese carácter cambiante que le llevaría a despedir y contratar músicos nuevos cada poco. Su ritmo de publicación se ha mantenido de forma increíble hasta la fecha, prácticamente con un disco al año. Por lo general, con pocas cosas que distinguieran a uno de otro, con fórmulas repetidas y bajo nivel de riesgo y autoexigencia, aunque también con algunos picos notables como su reciente «Remembering now». En cualquier caso, el trabajo ya estaba hecho. «En estas últimas décadas, Morrison ha dejado honda huella con obras maestras, como ‘‘Moondance’’ o ‘‘Into The Music’’, y cientos de composiciones de enorme valor para la música popular», resume Miguel López. Son 80 años de un rugido todavía activo, de una voz que hoy se escucha como un prodigio de la naturaleza. Un músico que simplemente hizo que la música fuera mejor.
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