Nacho Vidal sobre su hija Violeta: "La transexualidad no es puro vicio"

La hija transexual de la estrella del porno protagoniza el documental "Me llamo violeta", que se estrena este viernes, donde se refleja su proceso de descubrimiento y aceptación

Nacho Vidal con su hija
Nacho Vidal con su hija

La hija transexual de la estrella del porno protagoniza el documental "Me llamo violeta", que se estrena este viernes, donde se refleja su proceso de descubrimiento y aceptación

La RAE describe la transexualidad como una cualidad propia de la persona que pertenece al sexo masculino o femenino fisiológicamente hablando y que se concibe a sí misma como perteneciente al sexo contrario. En cambio, la hija de Nacho Vidal, lejos de identificarlo como un atributo, siempre lo ha interiorizado como un deseo. Cuando Ignacio tenía seis años se dio cuenta de que no quería seguir vistiéndose con ropa “de chico” porque al hacerlo se sentía otra persona. Alguien que no era ella, que no se correspondía ni en forma ni en esencia con su percepción enraizada de la realidad. “No me puede decir un señor que no conoce a mi hija, ni a mi familia, ni la situación, que no puedo llamar a mi hija Violeta, que la tengo que llamar Ignacio”, declaraba hace unos meses en televisión el padre de la pequeña mostrando una indignación de dimensiones considerables.

Y es que la estrella patria del porno quiere demostrar que no solo es capaz de llevar la delantera en cuestiones anatómicas, sino que también puede sobresalir en un terreno mucho más delicado, sensible e invisibilizado como el de la defensa sin peros de la transexualidad, cuestión que ha vivido muy de cerca en los últimos años y cuya gestión le ha supuesto una revisión social constante: “Al principio sentí miedo. Pero no por mí, sino por ella. Me aterraba la idea de pensar en la reacción social, pero después poco a poco me fui acostumbrando y asumí la importancia de visibilizarlo sin ningún tipo de vergüenza. La gente ahora empieza a entender y a querer informarse de por qué ocurre y se conciencia de que no es una enfermedad, que no es puro vicio”, relata para el periódico el célebre actor catalán de cine para adultos.

Con una pregunta en apariencia sencilla y en el fondo significativamente compleja; ¿cómo sé que tú eres un chico o una chica?, da comienzo el documental “Me llamo Violeta” presentado en la sección oficial del Festival de Málaga, producido por Mediapro y la independiente Polar Star Films y dirigido por David Fernández y Marc Parramon en donde se diseccionan todos los componentes emocionales del cambio que atraviesa la hija de las estrellas de la erótica mainstream Nacho Vidal y Franceska al descubrir que el cuerpo con el que ha nacido no determina el género al que pertenece.

Las respuestas a ese interrogante de los niños que se someten inicialmente a un casting para interpretar el papel de Violeta, resultan de lo más desprejuiciadas y naturales incurriendo casi en el tono burlón y descarado pero siempre exento de prejuicios: “Porque te lo digo yo”, responde una chica de apenas diez años mirando desafiante a la cámara. “Porque son mis sentimientos”, replica otra mientras se deshace en muecas de aceptación. “No lo sé. En realidad no sé por qué soy un chico”, duda en voz alta un pequeño de rizos e ideas desordenadas.

Unas reacciones que entroncan -perdón por la osadía- con la mirada descargada de tópicos que ejerce el propio Nacho sobre su hija: “Para mí la palabra transexual no significa absolutamente nada y ¿sabes por qué? Porque cada vez odio más las etiquetas. Odio la etiqueta de hombre, odio la etiqueta de transexual, odio la etiqueta de homosexual. Me encanta pensar que todos simplemente somos”. La industria pornográfica en la que se ha desarrollado profesionalmente Nacho Vidal también peca según palabras del propio actor de una discriminación galopante: “La sociedad entera tiene estigmatizado este tema pero en el porno sucede con demasiada frecuencia. De hecho tú no puedes trabajar con transexuales porque luego muchas chicas no quieren trabajar contigo. Hay un machismo por parte de las mujeres del porno que consiste en una negación automática del sexo cuando se enteran de que has trabajado con trans o con homosexuales”.

Esther, la activista por los derechos LGTBI que perdió a su hijo Alan como consecuencia directa de un suicidio por culpa del acoso escolar que recibía en el instituto; Iván, sustituto ocasional de Alan que, conmocionado y alentado por la historia de superación que meses atrás había protagonizado el joven de Rubí (Barcelona) y decidió empezar un tratamiento hormonal que le ayudara a determinar su camino hacia una identidad con la que pudiera sentirse identificado; la actriz principiante Leyre que representa en estos momentos una función en el Teatro Lliure sobre la transición de género y que en breve se someterá a una vaginoplastia y las icónicas veteranas en la lucha del movimiento Carla Antonelli y Silvia Reyes componen un amplio abanico de historias y diversidades que parcela el documental en diferentes capítulos y ayuda a contextualizar el recorrido de descubrimiento que atraviesa Violeta.

La cara de la joven de 11 años no puede salir en el documental por el limbo legal en el que nada su identidad pero, lejos de transformarse esto en un inconveniente para la comprensión del espectador, el ocultamiento parcial de su físico a través de planos estrategicamente desdibujados termina por convertirse en una metáfora efectiva de lo innecesario que resulta el ejercicio de lo explícito en cuestiones que tienen que ver con la propia libertad.

Una libertad que la activista Silvia Reyes tuvo que agarrar por el cuello antes de que las manos de la policía agarraran el suyo propio como consecuencia de haber vivido la transexualidad en una época en la que el régimen franquista detenía, sentenciaba y reprimía cualquier tendencia o comportamiento sexual que se saliera de los márgenes de corrección establecidos a través de la aplicación de la conocida como ley de peligrosidad social: “En el 71, cuando hacían las batidas los policías, nos llevaban al Palacio de Justicia y el juez preguntaba: ¿Usted a qué se dedica? Yo le respondía que estaba relacionada con el mundo de la prostitución y él me reconocía sin pudor: En el código penal no se contempla la existencia de prostitución de transexuales. No os multamos por putas, sino por ir vestidas de mujeres”, comenta poco antes de subrayar el hecho de que a la prisión acudían psicólogos para interrogarlas, ya que tal y como secunda Carla Antonelli en otro de los momentos álgidos de la cinta; “siempre se nos ha presupuesto que estamos mal de la cabeza y que por lo tanto tenemos que pasar por un psiquiatra. En términos efectivos hemos conseguido despatologizar la transexualidad e incluir a los menores. Algo que no estaba contemplado con anterioridad puesto que no existían ni la sensibilización ni la demanda actuales”.

“Me llamo Violeta” refleja el proceso incómodo de aquellos que no se muestran conformes con una realidad impuesta y que a día de hoy continúan luchando por traducirla en una conquista sin fisuras de su propia liberación.