«No imaginaba que Mari tuviera ese don para pintar»

Antonio López explica en el documental cómo es la manera de pintar de su mujer, que comenzó a crear ya de manera continuada cuando se casaron, en 1961

El galerista Claude Bernard no duda al ver las «raíces españolas» en la pintura de la artista
El galerista Claude Bernard no duda al ver las «raíces españolas» en la pintura de la artista

Antonio López explica en el documental cómo es la manera de pintar de su mujer, que comenzó a crear ya de manera continuada cuando se casaron, en 1961

Una maceta con unas flores blancas. Otra con ellas en color rojo. Interior de una habitación. Una alacena semivacía. Un jardín. Una calle. Firmado, María Moreno, pintora, nacida en Madrid en 1933 en el seno de una familia de talante liberal y con aptitudes musicales (según reza en el mastodóntico catálogo de aquella emblemática exposición «Realismos» que editó Ansorena a principios de los 90). En 1955 comenzó sus estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allí, junto con Isabel Quintanilla, conocería a Antonio López, los hermanos López Hernández –Julio y Francisco–, Enrique Gran y Lucio Muñoz. Tenían poco más de veinte años y muchos sueños. La vida, quién sabe, hizo que María y Antonio acabaran emparejados y se casaran. No fueron los únicos, pues Julio López contrajo matrimonio con Esperanza Parada su hermano Francisco con Isabel Quintanilla y Lucio con Amalia Avia, y se formó así un grupo compacto en el que amistad y pintura iban parejos, de la mano.

Mujeres opacadas

Curiosamente ellas, las mujeres, pintoras también como ellos, parece que se quedaron un paso por detrás, opacadas en algunos casos por la fuerza inusitada del arte de sus parejas. Fue, sin duda, el caso de María Moreno, una artista con un lugar en los libros de arte que desgraciadamente no es conocida por el gran público. Antonio López, fuerte, enérgico, fue poco a poco escalando en el panorama artístico de aquellos años cincuenta y se hizo su espacio. Ella entre 1958 y 1960 se decidió a dar clases en un instituto. Un documental que se verá el jueves en La2, «La luz de Antonio», descubre a esta pintora a través de las voces de quienes la conocen mejor, su familia, sus amigos, también pintores, como Julio y Paco López, Tomás Bañuelos y Pepe Carretero; Guillermo Solana, director del Museo Thyssen; el galerista Íñigo Navarro o la comisaria Marisa Oropesa. María Moreno tiene 82 años y un estado de salud que apenas le permite darse cuenta de muchas cosas, aunque, como señala Guillermo Solana «el estímulo de una pintura o de un color la hacían salir de su silencio». María Moreno, que nada tiene que ver con la protagonista, sino que es quien ha dirigido este trabajo, se dejó fascinar por la coincidencia del nombre y después quedó atrapada por la historia y la pintura. «Una simple coincidencia me acercó a ella para acabar descubriendo a una de las artistas más fascinantes de la pintura reciente», dice.

En 1961 María contrajo matrimonio con Antonio. Él lo refiere así: «Vi cómo pintaba cuando nos fuimos después de casarnos a Guardamar del Segura, en Alicante, y ahí me enamoró como pintor. Tenía una gracia para pintar maravillosa. No me podía imginar que tuviera ese don tan extraordinario para pintar». Lo dice con verdadera devoción, insistiendo en cada frase, saboreando las palabras. Él la cuida desde hace tiempo, se desvive por Mari, como la llama, como la llaman cariñosamente todos. «Siempre está atento. Se levanta de una reunión y se marcha corriendo para atenderla», refiere Julio López Hernández. «Ahora nos vemos pocos, pero hemos estado muy unidos. Yo he colaborado en el documental. Siempre han tenido una relación estupenda Mari y Antonio, aunque yo la veo a ella en un segundo plano. Creo que en ese sentido se parece su papel al que ha desempeñado mi mujer, Esperanza. A mí se me parecen» y habla después de aquellos años complicados «en que luchábamos por sacar la cabeza por encima de lo cotidiano. María tuvo que echar mano de las clases para conseguir unos dineros. Los primeros tiempos resultaron bastante difíciles porque ser un artista independiente era complicado, y si eras realista, más aún».

Ver a Velázquez

Claude Bernard, el galerista que atendió su última individual en París en 1990, mira con auténtico embeleso alguna de las obras que posee en la galería: «Ella no quería exponer. Es muy púdica y no deseaba mostrar su obra. Creo que era timidez frente a la obra de Antonio, quien tuvo que convencerla para que colgara sus cuadros. Le dije: ‘‘Tú tienes que tener tu vida en París”». Y se detiene entonces delante del cuadro. Su dedo índice señala un plato con unos pescados: «Mira los colores tan españoles, los grises, los rosas. Su obra tiene una factura española, Velázquez está detrás. Su sensibilidad es impresionante, por eso me gustó muchísimo», comenta Bernard.

En «La luz de Antonio» la protagonista es ella. Su luz es la que se proyecta a lo largo de toda la proyección. María López Moreno, una de sus hijas (la otra es Carmen), está expectante ante el resultado. No ha visto aún el documental. Se grabó desde marzo del año pasado a poco antes del mes de agosto, recuerda, en varias sesiones. «También querían captar la atmósfera con mi padre pintando, la obra en la que trabaja que es una escena que se ve desde el dormitorio donde la plasma a ella en el baño peinándose. Se veía cómo iba adelantando la obra y hablaron con él porque es quien tiene la memoria y lo recuerdos». Le sorprendieron algunas escenas, volver a ver su pasado en imágenes, «incluso grabaciones caseras en 35 mm. Mis padres están tan jóvenes y nosotras tan pequeñas... Es un reportaje fresco salpicado de cosas bonitas y de recuerdos».

En mayo pasado cumplió María 82 años. Ese día se grabó. Una tarta, la familia alrededor de la mesa. «Fue precioso», responde María hija. Arranca la narración «con un dibujo de un cuarto de baño y ves cómo era la casa hace 35 años. Me fijé en que teníamos un gato, que ya se me había olvidado. Hay bastantes cosas que me han emocionado, como las grabaciones caseras. Y mirar aquel canario que teníamos, y ver lo pequeñas que éramos, cómo nos escondíamos para que mis padres no nos grabasen. Recuerdo hasta el día en que se hizo aquello. La verdad es que al verlo ahora te da un vuelco el corazón y te emociona», explica.

Para Julio López, María Moreno es una pintora que «trabaja por devoción, por entrega a un oficio que le gusta. Su pensamiento es limpio. Su obra, amable, delicada, pero no blanda, sino misteriosa y sutil. No se puede decir que la influencia de Antonio haya ahogado su pintura, que mantiene la pureza de lo no contaminado». Antonio López recuerda que «se puso a pintar cuando nos casamos, ya de forma continua. Dejó la enseñanza. De mitad de 1961 a 1970 estuvo todo el tiempo pintando. Ha influido en mí más que yo en ella. Mari es como es, es que no hay manera (lo repite varias veces en un tono coloquial). Está defendida por su pureza, por algo limpio que no le permite variar. Es lo contrario de Picasso, que va haciendo el camino y vas viendo lo que va incorporando en su trabajo. Mari es como es, Mari es como es».

Generosa es la palabra

¿Es una artista a la sombra de la maestría de su marido? ¿Está en un segundo plano? Responde María López: «Es y no es así. Lograr el equilibrio en una pareja de profesionales es bastante complicado. Ambos han desarrollado una carrera fantástica, aunque mi madre, por la proyección internacional de mi padre ha estado más oculta, pero no por falta de reconocimiento. Nunca dejó de pintar. Ha sido una creadora plena». ¿Y ha sido la luz de Antonio López? «Yo creo que sí. Su generosidad ha sido inmensa. En ciertos aspectos yo la veo como única, irrepetible. Siempre se ha dedicado a mi padre, él estaba por delante. Ha sido tan generosa como poco ambiciosa», narra. Y recuerdas algunas de sus obras, como unas lilas: «Lo que transmiten es emocionante».

Víctor Erice, que rodó con el pintor «El sol del membrillo», habla de la aportación esencial de la artista «que colaboró detrás de la cámara en la producción. Demostró su compromiso con el proyecto al implicarse totalmente. Terminado el rodaje nos reuníamos ella y yo en la cocina y echábamos las cuentas, el dinero de que podíamos disponer para seguir rodando».