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Pablo Heras-Casado, director de orquesta: «Ser padre cambia la manera en que haces música»

Después de debutar con Wagner con «El holandés errante», se enfrenta a su Tetralogía, una ópera de 16 horas que se presentará durante cuatro temporadas, comenzando por «El oro del Rin», que se estrena en el Teatro Real el jueves

  • La puesta en escena de Robert Carsen de «El oro del Rin» se estrenó en Colonia en 2004 y también pudo verse en el Liceo de Barcelona, en 2013 / A. Bofill
    La puesta en escena de Robert Carsen de «El oro del Rin» se estrenó en Colonia en 2004 y también pudo verse en el Liceo de Barcelona, en 2013 / A. Bofill

Tiempo de lectura 8 min.

13 de enero de 2019. 03:31h

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D. Mendoza.  13/1/2019

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En el Teatro Real resuenan las carcajadas del reparto de «El oro del Rin». Acaban de terminar su último ensayo del día y desde las butacas escuchan las recomendaciones de la asistente del director de escena y de Pablo Heras-Casado, que el jueves estrenará el prólogo de la que define como «una de las grandes creaciones de la humanidad», la Tetralogía de «El anillo del Nibelungo», de Wagner. Durante cuatro temporadas, el director de orquesta granadino asumirá este reto, que considera «el mayor que podría imaginar».

¿Requiere la Tetralogía una preparación física o mental?

–Cualquier obra de esta extensión la requiere, pero en el caso de «El oro del Rin», por ser Wagner y el prólogo de una ópera de 16 horas, la preparación no se debe limitar a estudiar esta parte en específico, sino a tener una visión completa de la obra lírica más grande jamás compuesta. El texto, el poema, como Wagner lo llamaba, es la génesis de este mundo sonoro que él inventa, y digo inventa porque ningún otro compositor había llegado a estos extremos en cuanto a reflejar en la partitura la intensidad dramática de un texto. Wagner idea una manera nueva de componer. Tanto es así que nunca antes se había visto una orquesta de estas dimensiones.

–¿Cuándo supo que estaba preparado para empuñar la batuta durante cuatro temporadas con «El anillo»?

–Hace aproximadamente cinco años decidimos junto con Joan Matabosch embarcarnos en este proyecto y desde entonces he ido muy poco a poco acercándome a la obra en mitad de otros mil proyectos. Hace dos dirigí en el Real «El holandés errante», mi primera ópera de Wagner, que fue una experiencia introductoria en cierto sentido. La preparación se ha intensificado, sobre todo en el último año, en el que he viajado por el mundo con mis partituras y con el texto completo de «El anillo», que es para mí importantísimo: la primera fuente, la más relevante, hay que conocerlo a fondo, palabra por palabra.

–Aunque se presente por partes, usted la asume como un todo, ¿por qué es importante mantener esa unidad?

–Este es el prólogo, por eso resulta imprescindible conocer las consecuencias fatales que los actos que aquí suceden tienen para cada personaje. Además, Wagner inventa una técnica propia para dar unidad a las cuatro piezas: los leitmotivs. Como él decía, son una especie de guía emocional a través de toda la ópera que sirve para identificar objetos, personajes, hechos o emociones. La mayoría de ellos aparecen ya en «El oro del Rin», aunque lo fascinante es que no se trata de algo decorativo que surge exactamente igual cada vez, sino que según el momento psicológico, dramático o evolutivo de cada personaje o de la acción, y del papel que representa ese objeto –puede ser la espada Notung o la lanza de Wotan–, van apareciendo con configuraciones diferentes.

–¿Es dirigir la Tetralogía el mayor reto al que se enfrenta un director de orquesta?

–Absolutamente. He ido evolucionando con los retos que yo mismo me he impuesto o que han aparecido en mi vida, el último fue aquí mismo, con «Die Soldaten», de Zimmermann, que es posiblemente la ópera más compleja en cuanto al tipo de lenguaje musical y la realización escénica. En este caso, se trata de una dimensión diferente por la envergadura que tiene: estamos hablando de una ópera de 16 horas. A nivel no solamente musical, sino dramático y psicológico, es importante darle unidad a todo esto y tener un concepto muy coherente de por dónde lo quieres llevar.

–A pesar de las exigencias, el ambiente en el ensayo que acaba de terminar era positivo, hasta divertido.

–Mi papel no es solamente llevar a cabo mi visión interpretativa. Como director, eres un líder, alguien que gestiona un grupo humano muy complejo, diferente y amplio. Y en una producción así, la ópera es el máximo exponente de lo que eso significa. Y es importantísimo no olvidar que el tipo de energía que uno crea, a pesar de la exigencia, la dificultad y la tensión, afecta a todo el mundo. Esto es la vida misma: con cualquier grupo y en cualquier ámbito es importante ser generoso. Cuando se abre el telón y, sobre todo, cuando se cierra, entiendes que la ópera es una de las proezas más increíbles de las que es capaz el ser humano.

–¿Qué le parece la puesta en escena de Robert Carsen y lo actual que resulta?

–Ha tenido un gran éxito en todo el mundo porque es muy coherente con la multitud de mensajes y de niveles de interpretación que Wagner incluye. Es de una estética muy potente y moderna y su concepto, absolutamente actual. Critica al capitalismo extremo y despiadado y recuerda el peligro de olvidarnos de nuestras raíces, es decir, de la naturaleza, así como el que conlleva el poder en sí mismo, de la corrupción aparejada al poder y de éste asumido de manera absoluta. Es una interpretación casi ecológica: el río representa la fuente de la vida y el agua es el oro. No puede ser más actual cuando el planeta está al límite: los recursos naturales se encuentran en peligro por avaricia y por deseo de poder.

–Consultó a Daniel Barenboim antes de atreverse con esta empresa, ¿cuál fue el más importante consejo que le dio?

–Me dijo que es clave tener un dominio absoluto del texto y de la componente fonética y musical del alemán. Como cantante, y porque he sido director de coro muchos años, eso lo comprendo muy bien. También me decía algo que es bueno seguir a rajatabla: tener mucho cuidado y seguir las indicaciones precisas de dinámica. Aunque parezca evidente, no siempre es así porque, a veces, con esta música tan grandilocuente y tan colosal, es fácil dejarse llevar por el sonido y no cuidar la sutileza y la transparencia. Por otra parte, el dosificar energía, porque son obras que tienen una intensidad y una longitud enormes, casi sobrehumanas.

–¿Se atrevería a representarla de manera consecutiva?

–Claro que sí, me gustaría hacerlo alguna vez. Pienso que para la compañía, para el Teatro Real y para mí mismo es un ritmo ideal el mantener un hilo conductor que se extienda cuatro años. Pero más adelante espero tener la experiencia de hacerlo en cuatro días consecutivos. Debe ser algo único de vivir porque el de «El anillo» es un mundo que verdaderamente te atrapa, es difícil salir de él; tiene algo magnético y muy poderoso.

–Su carrera ha sido meteórica. ¿Cuesta mantener los pies en el suelo?

–No me resulta muy complicado porque me viene de familia. Los primeros años de la vida de cualquier persona son fundamentales, y yo he crecido conectado con mi familia y con mi tierra. Eso no ha cambiado nunca. Y para mí es una conexión indispensable para que todo lo demás vaya bien. Lo tengo claro de una manera consciente, aunque también lo siento de un modo casi animal, instintivo. Y también ayuda que la gente que tienes alrededor forme parte de ello, que no sean dos universos separados.

–Ha dicho que dirigir la Tetralogía lo ha cambiado como músico, ¿también lo hizo la paternidad?

–Claro, pero, ¿a quién no le cambiaría esa experiencia? El arte es una sublimación de asuntos humanos, que a veces son gloriosos y positivos, y otras, miserables, pero siempre humanos. Cuando te sucede algo tan importante como la paternidad, o una pérdida, te debe cambiar como artista. Además, llevo 22 años dirigiendo y justo he cumplido 40, es decir, forma parte de un ciclo de mayor estabilidad, seguridad y madurez. Cuando eres padre vuelcas un montón de energía, amor y generosidad en una persona que es una extensión de ti y esto cambia la manera en la que haces música. Creo que cada uno hace música según el ser humano que es, y yo noto el cambio; de hecho, recuerdo perfectamente el primer concierto que dirigí después de que Nico naciera.

–¿Cuál fue?

–En Londres, con la Philharmonia Orchestra, dirigí el concierto para violín de Tchaikovski y la quinta de Prokofiev. Viajé directamente del hospital a Londres, aterricé y me fui a ensayar.

–¿Enfrentarse a la Tetralogía le abrirá nuevas puertas?

–Claro. Una experiencia tan intensa, extrema y sublime, tan profunda y compleja como esta te va ensanchando en tanto persona y artista. No eres el mismo cuando la has vivido. Me estimula saber que cada experiencia me hace mejor, me confronta a nuevos retos, problemas y dudas –todo el tiempo dudas– y a la necesidad de buscar soluciones.

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