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Peter Handke y el teatro: abstracto y provocador

El escritor, que ganó el pasado miércoles el Premio Nobel de Literatura, comenzó su carrera dedicándose al teatro de vanguardia, dirigiendo títulos como "Gaspar"o "Insultos al público"

El escritor, que ganó el pasado miércoles el Premio Nobel de Literatura, comenzó su carrera dedicándose al teatro de vanguardia, dirigiendo títulos como "Gaspar"o "Insultos al público"

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En una poética totalizadora como es la de Peter Handke, no podía ocupar el teatro un papel secundario. De hecho, ya desde el principio de su carrera la literatura dramática constituye una de las piedras angulares en las que el escritor austriaco ha ido asentando ese personal estilo suyo, que apunta hacia la abstracción en los conceptos que aborda y que, al mismo tiempo, permanece sujeto a la idiosincrasia de los personajes, a su particularidad psicológica o social.

Tanto es así que algunas veces todo el desarrollo dramático parte de la propia subjetividad de esos personajes, convertidos en una suerte de oradores que se enfrentan -en un acto de provocación al espectador- a sus propias vacilaciones con el lenguaje; a sus trampas intelectuales para explicarse a sí mismos y a sus maquinaciones y tretas para ubicarse en el mundo. Así ocurre en algunas de sus primeras y vanguardistas obras, como “Gaspar” o “Insultos al público”, que son probablemente las más conocidas en nuestro país, gracias en buena medida al montaje que hizo en 1973 José Luis Gómez de la primera de ellas y Teatro Corsario, en 1986, de la segunda. Junto a ellas, por época de escritura, por afán de experimentación y por popularidad alcanzada, cabría situar “El pupilo quiere ser tutor”, versión teatral de un texto previo escrito por el propio Handke en el que la violencia se hace mucho más física que verbal y donde se va perfilando otra de las constantes de su literatura: la tensa espera de algún acontecimiento o acción.

Esa preocupación por el lenguaje en todas sus posibles vertientes y, sobre todo, por la manera en que los individuos utilizan ese lenguaje en virtud de las relaciones de poder que se establecen entre ellos será determinante en una obra dramática, no demasiado conocida en España, en la que el autor suele usar a sus personajes para hacer un ejercicio de introspección y plantear, muchas veces de forma polémica, algunas de sus preocupaciones fundamentales: la destrucción, la muerte, la manipulación o la degradación del capitalismo, algo muy patente, esto último, en “Quitt”, una de las últimas grandes producciones, dirigida por Lluís Pasqual en 1983, que hayamos visto sobre un texto suyo en España.