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Por qué hay que hablar bien

El profesor Fernando Vilches presenta en la sede de LA RAZÓN su nuevo libro, «La divertida historia de las palabras»

  • Vilches, un apasionado del idioma / Foto: Luis Díaz
    Vilches, un apasionado del idioma / Foto: Luis Díaz

Tiempo de lectura 4 min.

01 de diciembre de 2018. 02:00h

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Gema Pajares.  1/12/2018

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Forma y fondo. Al cabo, casi todo se reduce a esos dos aspectos. Es lo que dice Fernando Vilches, filólogo y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos, sobre el lenguaje. Su nuevo libro, «La divertida aventura de las palabras» (Arzalia), donde repasa palabras, acepciones, neologismos y perversiones del lenguaje de una manera tan didáctica como amena. Para muestra el capítulo titulado «Diacronía del lenguaje ortopédico», que no tiene desperdicio (María José Navarro se refirió precisamente a él en la presentación que se celebró ayer en esta casa, aludiendo a las jergas juveniles), o el titulado «Recuperemos nuestras palabras», al que todo «quisque» debería echar un vistazo. Asegura que ha querido seleccionar en él «algunas palabras terruñeras, castizas, algo olvidadas, pero todas ellas expresivas, hermosas y con una vida encastrada en la historia de nuestro pueblo. El punto de partida es «abigarrado» y el de llegada «zurriagazo», pudiéndose leer por el camino «duermevela», «filfa», «momio» o «pelliza». Una gozada de redescubrimientos.

Hablantes a caballo

Trabajador infatigable (aún está caliente su anterior volumen, «La educación: sistema y comportamientos sociales», editado por Dykinson y en la calle solo unos meses atrás), el profesor Vilches consigue, con rigor, que miremos al idioma con otros ojos. Conviene profundizar en el apartado con el nombre de Impropiedad, «palabras cuyo empleo impropio es muy frecuente entre los hablantes de a pie y, también, por desgracia, entre los de a caballo; me refiero, en concreto, a todas aquellas personas, que tienen responsabilidades para con la lengua, como periodistas, políticos o escritores», que somos unos cuantos. El profesor (asegura que la palabra maestro le infunde demasiado respeto) se rodeó ayer de gran parte de sus alumnos que llenaron el salón de actos del diario y disfrutaron con una presentación tan entretenida como amena.

Otro de los capítulos imprescindibles es el titulado Una cala en el español de América, en el que propone un diccionario por si es necesario recurrir a él en alguna emergencia: ahí encontramos un «antiparabólico» de Venezuela que define a quien todo le da lo mismo, o que en México a los empujones les denominan «aventones». ¿Y qué significa «arrecho»? En Panamá, Andes, Uruguay y Argentina es la persona que siente o tiene tendencia a sentir una gran excitación sexual, y en Venezuela, arduo, complicado y muy difícil. Se dice también de la persona que posee un carácter fuerte, o es difícil de tratar. La jerga juvenil la emplea para designar algo espectacular, sensacional.

No podía concluir este divertido (aunque María José Navarro cuestionase ayer el adjetivo en la presentación) libro sin un apartado dedicado a las tildes, que encabeza con los versos «¡Qué hermoso el español es/ que, convierte/ las ingles en inglés», aderezados, entre otros, con ejemplos como los de pérdida y perdida, revólver y revolver, cántara, cantara y cantará, mamá y mama, papá y papa.

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