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Prueba superada con nota

  • El director Óliver Díaz manejó con acierto a la orquesta en los diferentes registros
    El director Óliver Díaz manejó con acierto a la orquesta en los diferentes registros

Tiempo de lectura 4 min.

07 de abril de 2019. 02:36h

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Arturo Reverter.  7/4/2019

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Obras de Vadillo, Schreker y Brahms. Coro y Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director: Óliver Díaz. Auditorio Nacional, Madrid, 2 de abril de 2019.

En esta nada fácil y maratoniana sesión de casi una hora y 45 minutos, que revela el arrojo y profesionalidad de unos músicos y un director, se estrenaba «Terra» del malagueño Eneko Vadillo (1973), encargada por la Fundación SGAE y la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas. Se sirve de la Encíclica «Laudato si» del Papa Francisco, que denuncia la inacción de los gobiernos ante el cambio climático, un tema de radical actualidad. Es una amplia cantata en tres movimientos para coro y orquesta que muestra su carácter belicoso nada más empezar el primer número, «Iniquitatem». Los fortísimos dan paso al órgano y a figuras en «glisando» y a un discurso elemental trabajado sobre pasajes microtonales. Se trata de música mortuoria, de gran aliento. «Mutatio» es el título del aparatoso segundo movimiento, iniciado con un repetitivo airecillo marchoso, donde las trémulas cuerdas y el «tutti» establecen un clima verdaderamente tremendista.

Un grito en defensa de la Naturaleza, una descarga de adrenalina que discurre en su segunda mitad sobre un perenne pedal. El compositor define este fragmento como «feroz tocata», en la que se emplean abundantes yuxtaposiciones rítmicas y armónicas. La imploración aparece en «Oratio», en donde creemos escuchar lejanos ecos de la «Sinfonía de los Salmos» de Stravinski y en donde el coro ha de elevarse a las alturas y descender a los infiernos. Los armónicos de los violines endulzan un poco la atmósfera y anuncian solemnemente la plegaria. Las concatenaciones de acordes revelan la soltura de la mano creadora. Meritoria interpretación en la que los conjuntos estuvieron gobernados por la elástica y armoniosa batuta de Óliver Díaz, que atendió sin un pestañeo las entradas y variados ataques conjuntando con habilidad. La misma con la que dispuso los oscuros y levemente expresionistas meandros de la «Sinfonía de cámara» de Franz Schreker. Los planos de los 23 instrumentistas estuvieron bien distribuidos y clarificados, y los sugerentes toques cromáticos adecuadamente expuestos. Quizá podríamos haber preferido una mayor diferenciación tímbrica, pero el director, que conoce bien esta exquisita partitura, supo extraer el escondido lirismo de la pieza. Luego, con una orquesta bien dispuesta pero de cuerda escasa y no siempre límpida y por completo conjuntada, recreó una muy loable «Sinfonía nº 3» de Brahms. Supo marcar con claridad ese balanceante ritmo de 6/4, pese a alguna que otra indecisión métrica, y reguló, matizó y jugó con la dinámica, yendo, sin perder la lógica del discurso, y cuando convenía, del «piano» al «forte». Bailó sin rebozo los compases más encendidos del desarrollo, aunque no consiguiera siempre el empaste exigido. Se cantaron bien las principales líneas del «Andante» y se logró la necesaria serenidad. La batuta se encargó de acentuar –quizá en exceso– el famoso puntillo de la frase inicial del «Poco Allegretto», pero eso es una cuestión de matiz. Hermoso piano antes de la repetición y buena velocidad en el «Allegro» final, en donde los contratiempos estuvieron bien marcados y el ritmo férreamente controlado, aunque en exceso secamente. Buena reconducción para la coda en «pianissimo».

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