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RAE: Así es la versión 23.1 del diccionario

El diccionario no invita a que se usen o se pronuncien determinadas expresiones o palabras. Pero se tiene que recoger en él la realidad lingüística y ahí también van las conductas canallas.

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Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

21 de diciembre de 2017. 16:16h

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Madrid. 21/12/2017

La Real Academia Española ha decidido instaurar una nueva tradición y a partir de ahora, coincidiendo con estas fechas, la institución informará puntualmente sobre las novedades de su diccionario. Se ha pasado página definitivamente a esa época en que los hispanohablantes tenían que esperar largos años para conocer las diferentes enmiendas, puntualizaciones o incorporaciones del DRAE. Ahora podrán consultarlas cada año en su versión digital. Esto no quiere decir, se apresuró ayer a explicar Darío Villanueva, director de la RAE, que deje de publicarse en papel, pero, como señaló él mismo, «la nueva planta es digital» y desde ayer, y por primera vez en su historia, el formato electrónico irá por delante de la edición impresa. Un cambio propiciado por la tecnología, los nuevos medios y la demanda creciente de los usuarios, como puede deducirse de la lectura de unas sencillas cifras: la página web del DRAE fue consultada por cerca de 600 millones de personas en 2016; a pocos días de terminar este año, los datos apuntan a que se alcanzarán los mil millones de consultas. Un récord. La mayoría de ellas proceden de los países hispanoamericanos, pero, también, y esto es una importante novedad que ayer se remarcó, de América del Norte y, en especial, de Estados Unidos.

Palabras de una época

Esta «versión 23.1», patrocinada por La Caixa un año más, como Darío Villanueva ha definido a la edición que se presentó ayer, parece que va en consonancia con su tiempo y ha aceptado palabras que responden al espíritu de su época, como «clicar», procedente de la informática, al igual que «cracker» –pirata informático–, «hacker», como «persona experta en el manejo de computadoras, que se ocupa de la seguridad de los sistemas y de desarrollar técnicas de mejora» o «pinchar».

«Las dificultades que encontramos a la hora de abordar el diccionario vienen, en primer lugar, de las palabras vinculadas a las nuevas tecnologías, que , en su mayoría, proceden del inglés», comentó Villanueva. Identificar el léxico de una sociedad con su retrato sería tropezar en un grave error, pero, sin duda, sí refleja una parte de ella. El análisis de algunos de las 3.345 modificaciones que desde ayer están disponibles en internet deja entrever que nos movemos en una sociedad abierta, donde sus habitantes tienen que convivir con diversas culturas que, por supuesto, dejan su influencia, su huella lingüística en las naciones en las que se desarrollan. Este es el caso de que ahora «halal», «kosher», «hummus», vinculadas con la gastronomía, o «sharía» y «umma» estén en el DRAE.

La impronta de la política es patente a través de términos tan actuales y polémicos, incluso todavía sujetos a debate, como «posverdad» cuya definición –«distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales»– ha estado sujeta distintas discusiones, como admitió Darío Villanueva. De la proposición inicial, según indicó él, hasta la que ahora puede leerse hubo muchas modificaciones.

En esta misma línea está «buenismo» y la controvertida «especismo» –«discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores» y, también, «creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio»–. El habla popular, de enorme importancia, no tiene menos peso ni relieve, como lo demuestra «postureo», «vallenato», «nota» – «persona que le gusta llamar la atención o que tiene un comportamiento inconveniente»–, «comadrear» o «chusmear», de uso frecuente en los países americanos.

Durante la presentación de estas novedades, Darío Villanueva llamó la atención sobre el esfuerzo que la Real Academia Española está haciendo para que el DRAE, que, remarcó, «nunca será políticamente correcto», se adapte a las diferentes sensibilidades. Después de señalar esta versión como «la más igualitaria» de todas las ediciones, adelantó que «estamos ajustando el diccionario en relación a la realidad». Y han empezado por hacer una limpieza de algunas definiciones heredadas que no se ajustan con la sociedad, el pensamiento y las emociones del siglo XXI. «Hemos comenzado a cambiar algunas definiciones –reconoció Darío Villanueva cuando salió a relucir el delicado asunto del machismo– sobre todo relacionadas con unas profesiones determinadas, como es el caso de “jueza”, que se recogía como “mujer del juez” o “embajadora”, que aparecía como “mujer o esposa del embajador”.

«Estamos tratando de revisar algunos elementos que no son indispensables y que se pueden sustituir por otros que sean más sensibles con los hablantes de hoy en día, pero, advierto, que el DRAE nunca llegará a ser políticamente correcto. El diccionario no invita a que se usen o se pronuncien determinadas expresiones o palabras. Pero se tiene que recoger en él la realidad lingüística y ahí también van las conductas canallas. Lo políticamente correcto destruiría el diccionario».

un riesgo

Para respaldar sus argumentos acudió a la lectura de dos ejemplos, de dos cartas que habían recibido en la RAE y que exigían que se retiraran, basándose solo en criterios propios, palabras como «mayormente» o «racional», por respeto a los seres vivos que no lo son. Darío Villanueva aclaró que el diccionario acumula muchas herencias, muchos conocimientos y, también muchos siglos.

Por su parte, Paz Battaner, directora de esta edición digital, entró en una de las polemicas más recientes: el hábito que han adquirido los políticos de iniciar sus discursos o referirse a sus militantes y seguidores separando el género masculino y el femenino, como «diputados y diputadas», «amigos y amigas» o «compañeros y compañeras». «La realidad es que se ha utilizado siempre. El “Cantar de Mio Cid” se abre con una llamada similar, porque era importante que la gente escuchara. Lo que no es adecuado es que siempre se haga. Repetirlo. Solo debe acudirse a él cuando existe cierta ambigüedad. De otra forma, el lenguaje se volvería lento, premioso y no avanzaría. Y se correría un riesgo. Cuando le dije a una pequeña que se fuera a jugar con los niños, ella dijo que qué sucedía con las niñas. Es un buen ejemplo. Su profesora había adquirido la costumbre de decir «niños» y «niñas», y ahora ella pensaba que existían dos tipos de personas humanas. Por esto mismo existe un peligro en acudir a este uso».

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