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Sebastian Barry: «EEUU se construyó con robo y genocidio»

Su libro «Días sin final» es un violento y crudo «antiwestern» que muestra la violencia de las guerras indias a través de dos muchachos

  • Sebastian Barry
    Sebastian Barry

Tiempo de lectura 4 min.

28 de marzo de 2018. 01:09h

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28/3/2018

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El séptimo arte consiguió que pensara en color y que su imaginación tuviera el ancho cinematográfico del cinemascope. Su infancia barrial, que discurría entre el conventual frío irlandés y los desiertos que rodaba John Ford, sufrió una temprana revelación cuando su abuelo le contó que su tío abuelo había participado en las guerras indias. Esa confesión se agarró a la conciencia de Sebastian Barry, uno de los principales autores irlandeses, con la insistencIa de una enfermedad crónica. Cincuenta años despúes publica «Días sin final», una western protagonizado por dos cowboys homosexuales enrolados en el ejÉrcito norteamericano.

–¿Su libro es una desmitificación de la última frontera?

–De niño veía las películas mitológicas americanas. Este libro bebe de ellas. Es un «antiwestern». Ahora se va a hacer un filme del libro y el aspecto que tendrá. Suena un poco descortés decirlo, pero Estados Unidos no es una nación que se haya construido precisamente con coraje y gloria, sino con el robo y el genocidio. Pero eso es el pasado.

–Describe el genocidio indio.

–Lo terrible es que se hicieron cosas tremendas y las hicieron personas corrientes. En esa empresa de EE UU había europeos que habían emigrado para sobrevivir y, para estar allí, debían eliminar a sus habitantes. Esto mismo sucedió en Irlanda mil años atrás, cuando los pescadores locales se vieron atacados por extranjeros que llegaban a su país. Es una contradicción, pero nosotros mismos participamos en eso. Ahora se trata de ver el Oeste sin prejuicios.

–Describe la destrucción de la fauna y la naturaleza.

–La idea era que los Estados Unidos eran una oportunidad de hacer negocios y amasar fortuna. Trump es hoy un ejemplo clarividente de eso. Hace tiempo leí un libro que ya advIerte que va a hablar de sitios que ya no existen, porque en su lugar se han levantado fábricas y pueblos. Por un lado tenemos la belleza y por el otro las transacciones comerciales. En el siglo XIX, el ser humano quiere arrasar por donde pasa. La pregunta ahora es definir qué tipo de ser somos que queremos destruir de la naturaleza.

–Destruye la idea de la conquista del Oeste y sus protagonistas son gays. Desde luego, Donald Trump no va a ser su amigo.

–El día de San Patricio, el primer ministro irlándes iba a la Casa Blanca para ofrecer un obsequio al presidente de Estados Unidos. Hace años, bajo el mandato de George Bush, se me propuso que fuera yo y decliné la invitación por tratarse de esa persona. Ahora no estoy seguro de poder ir, porque seguro que a mi espalda habría alguna criatura del actual inquilino. Trump es tan peligroso que hace que los demás se hagan más valientes. Van más allá del miedo que pueda infundir. Hay una palabra en español que me gusta: «hombre». Él es un «mal hombre».

–Su novela es un catálogo de horrores, pero también puede leerse como una advertencia contra el mal en el hombre.

–Son las dos cosas al mismo tiempo. Habla de la gracia y la desgracia del hombre. Los soldados de la Primera Guerra Mundial no combatían únicamente. El horror también les dejaba espacio para desarrollar la amistad con los demás. Dentro del horror de la novela hay margen para encontrar un sentido a la vida. Vivimos en un mundo homérico. Hay un valor dentro del riesgo.

–¿Por qué ha elegido dos protagonistas homosexuales?

–Si el libro lo hubiera escrito hace cuatro años sería diferente. Mi hijo entonces estaba triste y desanimado, pero al confesar que era homosexual fue una liberación para nosotros, los padres, y para él. Como padre tenía que preguntarme cómo entender esto. Leí mucho para desarrollar bien mi tarea como padre. En mi país era la fecha de la votación del matrimonio gay. Era un momento de aprendizaje para mí y mi esposa, y mi hijo se convirtió en el maestro. Él nos enseñó su mundo. Al documentarme para el libro, descubrí fotos de hombres vestidos de mujeres en un «saloon». Me pregunté si eso lo podría haber hecho mi hijo. Todo eso era nuevo para mí. Mi hijo se ha convertido en mi musa. He escrito este libro con 60 años pero es como si fuera el primero por todos estos aprendizajes.

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