Serrat, 50 años desde que cantó a Machado

Hace cincuenta años grabó el disco en el que puso música a doce poemas de Antonio Machado, su mayor éxito después de «Mediterráneo»

En 1969, Barcelona era oscura. No es una metáfora. Las fábricas estaban dentro de la ciudad, el sol se abría paso entre una bruma algo triste, y la ropa tendida se tiznaba con una leve capa de hollín, dependiendo de cómo soplara el viento.

En 1969, Barcelona era oscura. No es una metáfora. Las fábricas estaban dentro de la ciudad, el sol se abría paso entre una bruma algo triste, y la ropa tendida se tiznaba con una leve capa de hollín, dependiendo de cómo soplara el viento. El puerto era el lugar donde llegaban los marineros de la Sexta Flota, de blanco en verano, y con su tres cuartos oscuros, en invierno. Los zapatos siempre brillantes, iluminando sus rostros en la noche por los Zippo que los muchachos querían comprarles y, claro, el Winston americano. El mar para los barceloneses era un cloaca a la espalda de las fábricas. La Barceloneta, un alegre barrio de contrabandistas y estibadores donde la gente sencilla iba a comer los domingos, si se lo podían permitir. No había turistas, a lo sumo, gente que venía de toda España en auxilio de algún prestigioso médico.

En 1969, Juan Marsé ya había publicado «Últimas tardes con Teresa» (1966), por lo que había fijado en el texto la fascinación de la burguesía local –la mítica «burguesía catalana», porque burguesía en España solo hay una– por la vida arrojada y la belleza de los cuerpos desheredados, los charnegos y, en su caso, por el Pijoaparte. Joan Manuel Serrat, que era del Pueblo Seco y no tenía más raza que la osadía del talento innato, dio entonces música a doce poemas de Antonio Machado. Era su segundo disco en castellano y era lógico que la discográfica Zafiro dudase de la idoneidad de versionar a un triste poeta que había muerto en el exilio, en Colliure, Francia, hacía exactamente treinta años. Con lo que no contaban era con el hecho de que la gente –ambigua y totalizadora definición de lo colectivo– quería dignificar sus vidas a través de canciones que le hicieran sentir algo más que la pachanga nacional, con toda su inocencia y virtudes.

Enemigo público número uno

El año antes, Serrat había protagonizado un suceso que le había convertido en enemigo público número uno del régimen: se había negado ir al Festival de Eurovisión porque quería cantar «La, la, la» en catalán. Qué inocencia y qué arrojo. Sin embargo, nunca fue un militante de la canción protesta, no digamos de la «nova cançó», tan compungidos; hizo algo más difícil: unió la alta y la baja cultura, si es que existían. Aprensión frente a sugestión. Els Setze Jutges de estricta observancia lingüística y Juanito Valderrama y Lola Flores, que tanto le admiraron. Abrió la puerta a que la gente pudiera ser triste –un patrimonio de la burguesía– y soñar con amores furtivos e imposibles. Toda España había «leído» a Machado a través de Serrat, él mismo es un poeta que canta, y cuando decía con su clásico temblor vocal en la canción que abría el disco «Homenaje a Antonio Machado», «Cantares», «caminante no hay camino, sino estelas en la mar» es como si se hubiera hecho para nosotros, para aquellos españoles de hace cincuenta años que estaban convencidos de que sus vidas no dejarían huella. Había algo de reconciliación a través de la dignidad de un poeta que dio lo mejor de esta –aquella– España ingenua y peregrina. Y se repite con fatalidad lo de «españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón» o se acepta con estoicismo que ante el último viaje hay que «ir ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar». En contra de lo previsto, acabó siendo el disco más vendido de Serrat, hasta que llegó, en 1971, lo que seguirá siendo su obra más grande, «Mediterráneo».