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Sinatra, una voz que no cabe en un siglo

Aquel chico de Hoboken se convirtió en un símbolo de la cultura popular del siglo XX gracias a la música, el cine y su éxito con las mujeres. Nadie pensaba hace ahora cien años que aquella cosa sangrienta que apenas se movía debajo del agua fría iba a ser la estrella que fue. Su abuela se empeñó en que Francis Albert Sinatra se diera de bruces con la vida costase lo que costase, pese a cualquier impedimento, el bebé tenía que sobrevivir aunque los fórceps que lo ayudaron a nacer le dejaran marcado de por vida. Aquella determinación heredada de sus genes italianos sirvió para que durante décadas no hubiera nadie que le tosiera a un mito que hoy hubiera cumplido un siglo.

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Casi todo se ha dicho ya del cantante norteamericano, el catálogo de sus aventuras sexuales, las chicas meándose frente al escenario para no perderse la actuación, los maridos celosos ante los arrobos femeninos de sus esposas, la supuesta relación con la mafia, los millones de discos vendidos en los años cuarenta y cincuenta, su controvertida carrera como actor..., hay tantos sinatras como norteamericanos en el último cuarto del siglo XX y quizás éste sea su mejor éxito: saber concentrar en cada momento las aspiraciones de la generación que le admira. Si él seguía en pie, si Sinatra podía, cualquiera era capaz de soportar la mediocridad de la vida siempre que el viejo Frank le susurrara algunas líneas al oído. «So I’m down and so I’m out/But so are many others», canta en 1968 con la sinceridad de quien sabe que su momento ya pasó y de que son otros quienes están en la cima de la popularidad, aunque su estrella nunca haya dejado de brillar en realidad. Sinatra es Sinatra y sólo hace falta mirar unos segundos a cualquiera de los «crooners» que buscan fortuna en el siglo XXI para darse cuenta de que todos intentan parecerse a «La voz». ¿Por qué? Durante décadas, su nombre fue sinónimo de prestigio.

Antes de que el foco de la fama se colocara sobre su destartalada figura, el joven Frank miraba desde Hoboken los rascacielos de Nueva York con la ansiedad del preso que mira la libertad en el interior de su celda. En aquella localidad de Nueva Jersey cada uno tenía su cometido, estaba insertado en un grupo donde vivir y defenderse. Los italianos formaban uno de los colectivos más desprestigiados y aunque la leyenda lo sitúa dentro del crimen organizado desde su más tierna infancia, lo cierto es que siempre se movió en los límites de la legalidad, buscándose la vida como cualquier chico de los años posteriores a la Gran Depresión, pero sin meterse en nada realmente grave. En 1932 conoció a la que sería su primera mujer, Nancy Barbato, con quien tuvo tres hijos: Nancy, Frank jr. y Tina. Se casaron en 1939 y a pesar de las distancias, los viajes o las infidelidades, siempre sería la madre de su prole, algo absolutamente sagrado para alguien que creía de manera firme que la familia, entendida en todas sus vertientes y lecturas, era el único refugio para un hombre como él.

Otra guerra

El mundo estaba listo para comenzar a ser el mejor de los infiernos, pero la guerra no sería el escenario de su vida. Sinatra tenía un conflicto más suculento al que atender. Además, el principal cantante de «big band» del momento, Glenn Miller, se había presentado voluntario en 1942 para dedicarse a levantar el ánimo de las tropas aunque al final fuera él quien muriera en un accidente aéreo cuando se dirigía a París una vez terminada la contienda. Sólo quedaba en la otra trinchera Bing Crosby, pero en 1940, aún al frente de la orquesta de Tommy Dorsey, Sinatra alcanzó el primer número uno en la lista Billboard. El camino estaba delante de sus pies y lo único que había que hacer era poner uno delante de otro, ésa parece que era su teoría: abandonar a Dorsey, convertirse en solista, entrar en el mundo del cine y desatar la histeria femenina al tomar parte en un concierto de Benny Goodman. Los chicos estaban en el frente luchando contra nazis y japoneses, pero él cantaba ante millones de radioyentes un repertorio de temas que comenzaría a hacerle inmortal y en su cuenta corriente entraban también millones de dólares con los que engordaba su patrimonio y nutría una extensa red de colaboradores que le serviría de sostén vital. Con el tiempo tendrá intereses en la industria del armamento, compañías de cine, discográficas, aerolíneas...; sus relaciones con el Partido Demócrata le habían hecho ganar muchos tantos en la sociedad americana para alejarlo de sus orígenes humildes. La buena racha duró hasta comienzos de los años cincuenta, cuando sufrió un terrible batacazo al quedarse sin discográfica tras acabar su contrato con Columbia. Aquellas chicas que tanto le gritaban se habían convertido en buenas esposas, habían crecido, y sus escándalos amorosos no servían para remontar su situación. Todo lo contrario, cuando puso los ojos en Ava Gardner aquello fue de mal en peor, es decir, acabó por suplicar y reducir considerablemente su caché para poder participar en «De aquí a la eternidad», de Fred Zinnemman. Por fin se puso el uniforme, él que fue rechazado dos veces por la perforación del tímpano que sufría desde el momento del parto, iba a encarnar a un soldado en los días previos al ataque de Pearl Harbour. El papel de Angelo Maggio le vino en el mejor momento y no gracias a la mafia, sino a alguien más sugerente que el crimen organizado. Fue Ava la que usó sus mejores armas para convencer a los responsables de la película de que tenían que contratarle. Lo hicieron y, con cierto resquemor Sinatra bordó el mejor papel de su carrera y se llevó un Oscar.

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Elvis, el rock y la muerte del sistema de estudios dejaron claro que su momento había pasado cuando comenzaban los sesenta. Kennedy admiraba al Rat Pack, aquel grupo de grandes estrellas donde él era el «jefe», y a Sinatra le gustaba saborear el tacto del poder mientras recibía beneficios con sus negocios en Las Vegas, trataba de mantenerse como actor y realizaba giras de corte filantrópico. Sinatra envejeció y con él aquel peluquín que sustituyó al eterno sombrero de los cincuenta, aunque entonces todavía tenía el suficiente empuje como para encapricharse por una actriz llamada Mia Farrow, de sólo 19 años. Acabaría siendo su esposa, como previamente lo fueron Nancy y la Gardner, pero antes de casarse por cuarta vez, con Barbara Marx, por su «corazón» pasaron Judy Garland, Lana Turner, Grace Kelly, Kim Novak, Donna Reed, Marlene Dietrich, Jackie Kennedy, Joan Crawford, Marilyn Monroe, Zsa Zsa Gabor...

w deterioro físico

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Desde los 60 nada volvió a ser igual y su última etapa la vivió a caballo entre discos desastrosos y obras de éxito incontestable como «My way», actuaciones esporádicas pero deslumbrantes y un deterioro físico cada mayor e irrefrenable. Se reencontró con el gran público cuando se remasterizaron sus temas, a los que sumaba la presencia de artistas del momento que le auparon de nuevo a la cima de las listas gracias a su profesionalidad y al prestigio que destilaba su nombre. Aunque se moviera torpemente, aunque se olvidara de las letras, daba igual, Sinatra mantenía esa capacidad para hacerse con la confianza de quien escuchaba su impecable fraseo, la entonación perfecta y una chispa en la mirada entre desvergonzada y cómplice. En 1998 murió víctima de un ataque al corazón y dejó huérfana a la cultura popular, que había nacido en un siglo que también se moría y que no se entendería sin Sinatra.