Cultura

“Villa y Marte”: Teatro popular con mucha cultura ★★★★☆

Ron Lalá rescata las verbenas populares de finales del siglo XIX, aunque con mucha ciencia ficción y a ritmo de electrónica

Ron Lalá convierte la Sala Roja del Canal en el Planeta Rojo a ritmo de chotis (y otros ritmos)
Ron Lalá convierte la Sala Roja del Canal en el Planeta Rojo a ritmo de chotis (y otros ritmos) FOTO: David Ruiz

Autor: Álvaro Tato (creación colectiva de Ron Lalá). Director: Yayo Cáceres. Intérpretes: Juan Cañas, Fran García, Miguel Magdalena, Diego Morales y Daniel Rovalher. Teatros del Canal (Sala Roja), Madrid. Hasta el domingo.

Solo de una compañía como Ron Lalá cabría esperar un disparate tan monumental e ingenioso como este Villa y Marte, en el que confluyen, nada más y nada menos, que la zarzuela y la ciencia-ficción. Definido por ellos mismos como un “sainete cómico-lírico de chulapos mutantes con música en directo y humor ácido”, el espectáculo tiene como descabellado punto de partida argumental las peripecias de un astronauta y su androide cuando, al llegar al planeta Marte, no solo descubren que hay vida inteligente, sino que esa vida guarda un asombroso parecido con la que nos describen en La Tierra los libretos de las zarzuelas y los sainetes. Los enamoramientos, los requiebros, los celos y los enfrentamientos –interplanetarios y castizos al mismo tiempo– son los ingredientes que ha manejado en la trama Álvaro Tato para rendir homenaje a un teatro popular ya extinto dentro de un texto en el que hay tiradas de versos tan memorables, por su gracia y su calidad formal, como las que nos dejaron Vital Aza, Ramos Carrión, Arniches, Fernández-Shaw y tantos otros.

Y, si en ese género chico al que Villa y Marte homenajea, la partitura es más importante que el libreto, también en esta función, como es habitual por otra parte en la trayectoria de Ron Lalá, la música adquiere un papel fundamental. Lo llamativo aquí, con respecto a otros trabajos anteriores, es la influencia de la electrónica en los arreglos, y también en la propia interpretación. Lo que no llega a saber uno es si esa influencia electrónica tiene como objeto dar al espectáculo una cierta sonoridad cósmica y ‘marciana’, ya que así lo permite, y aun exige, el libreto, o si más bien la deliberada marcianada consistía en darle una vuelta de tuerca inverosímil –tal y como hace la compañía con todo– al estilo popular que cabría esperar de la música de una zarzuela. Sea como fuere, este es uno de los puntos más originales de la función, a pesar de que no esté técnicamente aún muy lograda la toma de sonido. (La noche que vi la representación se hubiera agradecido una mayor pegada en lo que concierne a la intensidad sonora de los instrumentos y un trabajo más fino, para oír más nítidas las voces, en la siempre complicadísima labor de ecualizar tantos micrófonos inalámbricos).

Decir que los demás aspectos son menos originales no significa que sea malo el trabajo en ellos, sino, muy al contrario, que es tan bueno como de costumbre. A destacar, la aparente y admirable sencillez con la que Yayo Cáceres logra siempre mover a los actores y dotar de ritmo la acción, y la insolencia con la que los miembros del reparto se lanzan a lo que haga falta, supliendo cualquier carencia técnica –no se puede hacer muy, muy bien todo– con un desparpajo y una gracia naturales incuestionables. Simpatiquísimos son los absurdos “desdoblamientos” de Miguel Magdalena en el personaje de Rogelio Rojo; la interpretación del androide Trasto que hace Juan Cañas, en un evidente guiño al C-3PO de Star Wars, y los trabajos tan ajustados al espíritu de la compañía que han sabido hacer los ronlaleros invitados Diego Morales y Fran García. En cuanto al último integrante del elenco, Daniel Rovalher, poco se puede destacar de él porque este sí lo sabe hacer todo bien.

Lo mejor

La invitación del satírico tema final a replantearnos nuestra supuesta “cultura”.
Lo peor
Faltan algunos ajustes técnicos para que la parte musical tenga la fuerza debida.