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«Elogio de la pereza»: La dignidad fuera de horas de oficina

  • «Elogio de la pereza»: La dignidad fuera de horas de oficina

Tiempo de lectura 2 min.

07 de diciembre de 2018. 03:28h

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Raúl Losánez.  7/12/2018

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Autora y directora: Gianina Carbunariu. Intérpretes: Enrique Cervantes, Laura Santos, Ksenia Guinea... Teatro Valle-Inclán. Madrid. Hasta el día 16.

«Crear un espectáculo a partir de una idea, sin un texto previo por escrito, es una aventura que persigue, en primer lugar, colocar a los participantes en la situación de preguntarse por la realidad que nos rodea», afirma Gianina Carbunariu en el programa de mano de esta obra que firma y dirige. Y añado yo: también es una aventura que, en muchos casos, se olvida con presunción del espectador y pretende algo tan poco lógico, o tan poco justo, como que este acuda a ver, previo pago de la entrada, algo que tiene más de experimento formal que de verdadero fruto artístico, bien madurado en el trabajo, la técnica y el talento, y no solo en la inspiración. Y eso pasa con «Elogio de la pereza», que parte de una idea sublime, y hasta necesaria en estos momentos, pero pobremente desarrollada en un discurso al que, obviamente, se le presupone voluntad artística. En el utópico futuro del «trabajo mesurado» se ha creado el Museo del Trabajo y la Explotación, por cuyas distintas salas irá «pasando» el espectador, con los actores como guías. Urgía, ciertamente, una sátira, feroz como lo es esta en su planteamiento, que pusiese el punto de mira en la relación actual del hombre con el trabajo, y que permitiese ver con perspectiva una sociedad terminalmente enferma por el virus de la «productividad», que después de haber sido manipulado maliciosamente por políticos, empresarios e ideólogos se ha extendido sin control hasta convertir a los ciudadanos en verdaderos esclavos de su jornada laboral. Son más que oportunas las burlas a lo largo de la función a la presunta exclusividad, o incluso idoneidad, del trabajo como vía para alcanzar la plenitud y la felicidad, a la dependencia existencial que estamos desarrollando de nuestras conquistas laborales, a la generalizada atrofia de nuestro entendimiento para dar significado al concepto «tiempo libre» y para saber emplearlo, al miedo que nos genera la carestía de empleo y a cómo ese miedo nos hace ver al prójimo como una amenaza, a lo mal que se empieza a ver que alguien, simplemente, esté de vacaciones, o a las gravosas condiciones de trabajo de los autónomos en todos los aspectos. Lo malo es que el material se articula de manera imprecisa, en escenas larguísimas y reiterativas que adolecen de insuficiente ingenio.

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