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Juan Diego, el papel más jorobado

  • Juan Diego, el papel más jorobado

Tiempo de lectura 5 min.

31 de octubre de 2014. 00:37h

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31/10/2014

«Por tanto, ya que no resulto como galán/ para entretener estos finos y redichos días/ he decidido actuar como villano/ y odiar los vacíos placeres de estos tiempos». Así, con la confesión al público del «burdamente modelado y manco de apostura» Ricardo, un ser «deforme, inacabado, echado antes de tiempo/ a este anhelante mundo, apenas medio hecho», viene a arrancar, más o menos, «Ricardo III», uno de los más célebres dramas históricos de William Shakespeare. Lo que sigue, un festival de ambición, traiciones, engaños y ejecuciones, es la crónica de un asalto al poder anunciado. Y, como «Macbeth», también ésta termina con una batalla. Su reino por un caballo, grita Ricardo, ya tercero, antes de probar su propia medicina. «Este personaje es una de las expresiones cumbre de la ceguera a que te puede llevar el poder, independientemente de los sentimientos de quien lo ejerza». Lo dice Juan Diego, actor curtido y grande de nuestros escenarios que se mete en la corona manchada del Plantagenet que no estaba llamado a ser rey pero lo fue, el Gloucester sediento de mal. Juan Diego protagoniza «Sueños y visiones del Rey Ricardo III», una revisión del texto de Shakespeare que dirige Carlos Martín y cuya dramaturgia firma José Sanchis Sinisterra, quien le da la vuelta al orden cronológico del original para presentarnos a Ricardo en «la noche que precedió a la infausta batalla de Bosworth», como reza el título completo de este texto remozado. Al campo de batalla llega el rey. Allí, antes de medirse con Richmond y el resto de adversarios, empezará a soñar, a ver fantasmas, y aflorarán la mala conciencia, el miedo y los recuerdos, como latigazos del pasado. «Esta propuesta es mucho más dinámica, no está obligada por la estructura de Shakespeare, que dilataba mucho la obra, aunque evidentemente era impresionante», cuenta Juan Diego.

Estrenada por Richard Burbage en la Inglaterra isabelina, muchos y grandes actores, de Edmund Kean a Ian McKellen, Kevin Spacey y Kenneth Brannagh, en el teatro anglosajón, y de Manuel Dicenta y Eusebio Lázaro –actor y traductor del texto– a Pere Arquillué en el español, han interpretado desde entonces al malvado monarca británico. Shakespeare hizo del rey un ser abyecto. Los hechos reales no lo niegan del todo, pero advierten de la existencia de matices. Ricardo (1452-1485) sucedió a su sobrino, Eduardo V, hijo de su hermano Eduardo IV, aunque no está claro del todo que fuera el responsable de su muerte. En cuanto a sus sobrinos –Eduardo y Enrique, apenas dos niños–, es cierto que los mandó encarcelar en la Torre de Londres, pero no hay pruebas históricas, por más que parezca obvio, de que ordenara su muerte. Ricardo reinó durante dos años, hasta que cayó en la batalla de Bosworth. Fue el último rey de Inglaterra que murió en batalla. Su caída fue la de la casa de York, y con él terminó la Guerra de las Rosas que había dividido a Inglaterra.

Shakespeare, que escribe su obra entre 1591 y 1592, poco más de un siglo después, convirtió en probadas las acusaciones históricas sobre Ricardo. El último paso para acceder al trono será casarse con la joven viuda de Enrique V, su sobrino asesinado. «Cuando de pronto lo consigue y está sentado en el trono, siente un placer tremendo. En el fondo, es una expresión de eso que todos llevamos dentro, que es la ambición», explica el actor sevillano. «Este hombre es, evidentemente, un sanguinario, un pendenciero, está siempre mal encarado. No puede ser de otra manera, por la joroba y porque su madre nunca le quiso. Toda su bipolaridad y su misoginia se disparan cuando no hay nadie que lo controle. Ahí es cuando aparece la gran borrachera de poder y de sangre». Y recurre a la ironía el actor al hablar de las lecturas contemporáneas que pueden sacarse del ambicioso personaje. Léase chorizos y demás especias de nuestra cocina nacional. «¿Qué sería España sin estos nobles señores? ¿Qué sería de la Marca España? Esa que tanto anhelábamos y que ni el teatro ni los deportistas han conseguido? ¡Yo estoy muy orgulloso!». Y añade: «El ejercicio del poder es universal. El jefe de la tribu es el que se impone. Está muy bien que haya alguien, pero estaría mejor, y es lo que no tenemos aquí, que hubiera un control parlamentario. Así sería una democracia real».

Un gran reparto

Ricardo, por su deformidad, es una perita en dulce para cualquier actor, algo que en Hollywood gusta más que a un tonto una tiza y suele ser garantía de Oscar. Pero ojo, tiene trampa: «He comprobado que en el pie izquierdo, que es el que apoyo mal, se me está saliendo el hueso de dejarlo tonto, y el doctor me ha mandado una lista de movimientos para, cuando termine la función, tratar de borrar el mal adquirido. Son gajes del oficio, no puede ser de otra forma». Pero también, cuenta Diego, «por su sentido del humor. Está siempre cachondeándose de quien tiene al lado, mientras lo asusta. Le pasa igual con las mujeres: a la vez que las seduce, las aterroriza». Y explica: «Habla muy bien. La escena con Lady Ana es de una seducción imposible, con el cadáver de su suegro delante». Sin duda. Muchos ligones de barra fija debieran tomar nota de cómo Ricardo, inasequible al rechazo de la dama, insiste una y otra vez: «Quisiera conocer tu corazón», responde ella. «Está reflejado en mi lengua», dice él. «Temo que los dos sean falsos», sigue la noble. «Entonces no ha existido hombre sincero», remata el adulador. Imposible no ver en el Grima de «El retorno del Rey» de Tolkien la sombra del Ricardo III de Shakespeare, así como en la Margaery Tyrell de «Juego de Tronos» un eco de su Lady Ana, «viuda» antes de ser reina y pretendida de nuevo. Puro Shakespeare. Un reparto de relumbrón acompaña al casi «ubicuo» protagonista: Carlos Álvarez-Nóvoa, Ana Torrent, Terele Pávez, Asunción Balaguer, Juan Carlos Sánchez, Lara Grube, José Hervás... Aunque el peso de la función lo lleva el protagonista. Diego, que casi ha enlazado «La lengua madre» con «Ricardo III», no piensa en otros proyectos por ahora: «Cuando acabe voy a descansar un poco. Estar en escena el año pasado y ahora éste... Voy a necesitar una buena cura».

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