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«La tumba de María Zambrano»: La Zambrano en clave poética

  • «La tumba de María Zambrano»: La Zambrano en clave poética

Tiempo de lectura 2 min.

16 de enero de 2018. 22:24h

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16/1/2018

Autora: Nieves Rodríguez Rodríguez. Directora: Jana Pacheco. Intérpretes: A. Herrero, Ó. Dimas, Ó. Allo, D. Méndez e I. Serrano. Teatro Valle-Inclán. Madrid. Hasta el 11 de febrero.

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Extraña y bonita función esta que se han sacado de la chistera Jana Pacheco, como directora, y Nieves Rodríguez Rodríguez, autora. La obra, que tiene, eso sí, una voluntad más poética, performativa o plástica que netamente teatral, como ya advierte su subtítulo «Pieza poética en un sueño», toma la figura de María Zambrano no para hacer un recorrido biográfico por ella, ni tampoco para armar un sólido constructo teórico en torno a su fecundo pensamiento, sino, simplemente, para bosquejar su alma en una suerte de estampa onírica en la que, más que verse nítidamente, se intuyen algunas preocupaciones y sentimientos en torno, sobre todo, a su existencia como mujer, como mero ser humano, en un tiempo ingrato. Es precisamente la cotidianidad, en forma de recuerdo infantil o de quimérico sueño retrospectivo, lo que sirve de eje a una obra que se articula como el fantasmagórico esbozo del lejano pasado de la protagonista y como su emotivo deseo, proyectado mucho más allá de ella misma hacia la abstracción, de amor y conciliación. En toda la función impera un tono muy adecuado y muy hermoso de melancolía, de nostalgia de lo que pudo ser más que de lo que fue, y de añoranza de una patria que se torna a la vez clara y difusa desde el exilio, propia y extraña, como un miembro amputado («Lo que pasaba en España pasaba cuando yo no estaba en ella», se escucha como si fueran los versos tristes y bellos de una copla olvidada). Hay una estupenda escenografía de Alessio Meloni, que deja a las claras la atmósfera de ensoñación en la que todo se desarrolla, un excepcional trabajo de luz y proyecciones a cargo de Rubén Camacho, Clara Thompson y Elisa Cano Rodríguez, que inundan de misterio el espacio; una música prodigiosa de Gastón Horischnik; una original y muy bonita dirección del movimiento de Xus de la Cruz; y un muy apropiado y clarificador vestuario de Eleni Chaidemenaki. El elenco, por su parte, cumple a la perfección dentro del propósito coral, con mención especial a la extraordinaria Irene Serrano en el papel de la Zambrano de niña. Pero, a pesar de los incontables aciertos, se queda uno con las ganas de que la propuesta se aproximara más en lo dramático, mucho más, al apasionante universo intelectual de la homenajeada.

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