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«Todas las noches de un día»: La vida como un lastre

  • «Todas las noches de un día»: La vida como un lastre

Tiempo de lectura 4 min.

07 de diciembre de 2018. 03:27h

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R. Losánez.  7/12/2018

Autor: Alberto Conejero. Director: Luis Luque. Intérpretes: Carmelo Gómez y Ana Torrent. Teatro Bellas Artes. Madrid. Hasta el 6 de enero.

Los amantes de la ficción pura y dura teníamos muchas ganas de ver bien representada y bien producida una obra de Alberto Conejero que estuviese armada solo a partir de la imaginería personal y exclusiva del autor; es decir, que no fuese la revisita a un texto previo o a un mito, ni fuese una versión de nada, ni tuviese tampoco que anclarse en episodios históricos y personajes reales (Lorca o Miguel Hernández, por ejemplo). Pues bien, esa obra ha llegado por fin y se titula «Todas las noches de un día». Bajo una cautivadora y fantasmagórica neblina de thriller, que el director Luis Luque ha sabido concentrar perfectamente en el escenario para tener bien sujeto al espectador, Conejero ha construido un sólido drama, con cierta influencia del simbolismo francés en su literatura y con posibles ecos de Tennessee Williams en el tratamiento de los personajes, sobre las heridas del pasado, sobre la libertad del individuo para completar su ciclo vital a su antojo y sobre la belleza del sentimiento amoroso en sí mismo –independientemente de la forma que adopte o incluso de que sea o no posible–. Samuel (Carmelo Gómez) es un jardinero que lleva muchos años trabajando y viviendo en casa de Silvia (Ana Torrent). Un policía se presenta en ese domicilio para hacerle unas preguntas relacionadas con la desaparición de ella. En realidad, el policía no aparece nunca en escena, así que la obra se estructura como el fragmentado monólogo de Samuel explicando su relación con Silvia. En los recuerdos compartidos con ella, el monólogo se transforma en diálogo; y todo el escenario, en su propia memoria. El texto, por su estructura, es un tanto arriesgado. Al margen de las virtudes literarias que hay en él, podría haberse convertido sobre las tablas en un auténtico peñazo de haber caído en manos de directores no apropiados, bien por la inclinación hacia el melodrama que algunos hubiesen propuesto a partir de una evocación tan íntima y emotiva como es la del protagonista, bien por la dificultad que hubiera podido entrañar para otros simultanear con elegancia los planos temporales y hacer inteligible la conversación de Samuel con un personaje que no está presente en el escenario. Afortunadamente, Luque supera todos los escollos de manera sobresaliente. No podía ser más seria, calibrada y eficaz la lectura que ha hecho del texto, dosificando con verosimilitud la carga emocional que emana de los personajes y solapando los planos de representación con extraordinaria sutileza para que todo discurra sin una sola fisura al ritmo continuo que demanda la acción. Un trabajo de dirección impecable que se apoya, obviamente, en dos estupendos actores. Ana Torrent hace posiblemente el papel más complejo y mejor resuelto de su carrera teatral en la piel de una mujer con el alma vapuleada que poco a poco claudica en la zozobra de su existencia. Carmelo Gómez resuelve con encomiable técnica y muy buenos recursos un trabajo complicado que le obliga a hacer continuas piruetas para cambiar con convicción de estado interno, de tono, de contexto y hasta de edad, si bien es cierto que, en su alarde interpretativo, se deja contaminar en algunos momentos por una iracundia que luce mucho ante el público, pero que quizá sea excesiva para su personaje.

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