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Thielemann lo tiene (casi) todo calculado

  • Christian Thielemann que, finalmente sí sonrió frente a los más negros augurios, se empleó a fondo, disfrutó de la velada y sudó la camiseta. Su pelo alborotado y empapado al final del concierto lo dice todo. Misión cumplida y sobresaliente
    Christian Thielemann que, finalmente sí sonrió frente a los más negros augurios, se empleó a fondo, disfrutó de la velada y sudó la camiseta. Su pelo alborotado y empapado al final del concierto lo dice todo. Misión cumplida y sobresaliente

Tiempo de lectura 8 min.

02 de enero de 2019. 02:34h

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Arturo Reverter.  2/1/2019

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Concierto de Año Nuevo. Orquesta Filarmónica de Viena.Christian Thielemann. Musikverein, Viena, 1-1-2019.

Hace unos días Gema Pajares anunciaba en estas páginas el habitual Concierto de Año Nuevo y daba noticia de sus circunstancias. Ha tardado el berlinés Christian Thielemann (1959) en ocupar ese lugar pese a que desde hace años mantiene una excelente relación con esa Orquesta a la que ha dirigido ya en muchas ocasiones, entre ellas, desde 2008, el famoso Baile de la Filarmónica, y numerosos conciertos, como los que han tenido como protagonistas a las «Sinfonías» de Beethoven. No es raro el predicamento de este sólido y tan musical director, durante algunos años de su juventud ayudante de Herbert von Karajan, de quien aprendió, sin duda, ese tacto tan específico y delicado en el tratamiento de las texturas sonoras y la forma de aplicar sutiles elongaciones sin que el tempo cambie. Su cotización subió desde que se situó en 2006 en el foso místico de Bayreuth para enfrentarse al «Anillo» de Wagner. Thielemann, que reina junto a Catherina Wagner, en la Colina Sagrada, muestra en todo caso y en todo momento a día de hoy una seguridad y soltura, un criterio y una formación muy sólidos y solventes, enraizados con la gran tradición germana. Se sitúa ante la orquesta como un gladiador: piernas en amplio arco, ligera inclinación del torso hacia delante, brazos elásticos, con tendencia a dibujar la música desde abajo, desde sus cimientos, en movimientos episódicamente espasmódicos, con una batuta fustigante, manejada como un arma, manipulada a tirones, casi a empellones. Gestualidad algo anticuada –recordamos a Jochum– y no especialmente estética, pero de una efectividad aplastante; aunque lo que nos pueda trasladar, a partir del pentagrama, venga con frecuencia, bien que envuelto en una suerte de imantación, provisto de una cierta rudeza conceptual y de una sonoridad que poco a poco ha ido refinando y puliendo. Instalado en el foso de la Staatskapelle de Dresde, Thielemann hace prodigios en el estricto repertorio que domina para el que conoce el secreto del legato y en el que se amolda como un guante a las voces. Aspectos que siempre cuida y que, aplicados a la música de los Strauss vieneses –ya sabemos que es un gran artífice de la del otro Strauss, el bávaro Richard–, dan como resultado unas superficies sonoras de mucho atractivo, un manejo del ritmo muy flexible, pero que no pierde en ningún caso la estabilidad agógica.

Lo hemos comprobado en el curso de este concierto de Año Nuevo, que, como es costumbre, nos han ofrecido Radio Nacional y Televisión Española, con la animada locución de Martín Llade, sustituto del llorado José Luis Pérez de Arteaga y del también recordado, felizmente todavía en este mundo, Rafael Taibo. La selección de obras ha sido muy interesante y en buena parte novedosa, con algún que otro estreno, como los constituidos por partituras de Cal Michael Ziehrer y Josef Hellmesbeger junior. Thielemann se movió con soltura y aplomo brindando alguna que otra exquisitez sin descomponer la figura. Se apreció desde el primer instante con la ejecución de una marcha del citado Ziehrer. Enseguida, el vals «Transacciones» de Josef Strauss nos empezó a dar las claves de la visión del director. Atacó muy lento, con admirable empleo del «rallentando» y con juiciosa aplicación del «rubato». Tratamiento suave y fino de texturas y planos, estilización elegante. Timbales, como casi siempre, con baquetas pequeñas. Y algo revelador: los instrumentistas no quitaban ojo a la batuta, con frecuencia en reposo, sustituida por gestos de cabeza o discretos movimientos de las manos. En la mendelssohniana «Danza de los duendecillos» de Hellmesberger escuchamos muy alados violines sobre finos «pizzicati». Una exquisitez seguida de la polka «schnell» «Express» de Johann Strauss Jr., ofrecida con claridad y mesura. Luego, la hermosa pintura sonora de «Nordseebilder» («Imágenes del Mar del Norte») del propio Johann, cuyo arranque, una especie de amanecer musical, fue magníficamente expuesto. Casi todo a media voz excepto el momento que marca la aparición de una pasajera tempestad. Cierre saltarín y «scherzante». La primera parte concluyó con la polka rápida «Correo Expreso» de otro hermano de la dinastía, Eduard, tocada con precisión y galanura.

Acentos zíngaros

En el entreacto se nos brindó por parte de la Televisión austriaca un bonito documental conmemorativo de los 150 años de la Ópera de Viena. Esperábamos que se nos ilustrara acerca de esa historia, pero lo que vimos fue un agradable reportaje de alguno de los entresijos de la institución ilustrado con fragmentos operísticos instrumentales o vocales arreglados para pequeños conjuntos –tríos, cuartetos, sextetos– de cuerda y vientos. Insuficiente. Luego disfrutamos con la obertura de «El barón gitano», de Johann hijo, en la que Thielemann acertó a marcar acentos muy zíngaros y a balancear hábilmente el compás. Espléndido solo de oboe. Súbito contraste con la polka francesa «La bailarina», de Josef Strauss y nuevo salto para escuchar el estupendo vals «Künsrlerleben» («Vida de artista»), de Johann hijo, en donde hizo su aparición el ballet de la Ópera, movido este año a instancias de la afortunadamente moderna coreografía del ruso Andrei Kaidanovski.

Muy fina estilización de la polka «La bayadera» del mismo Johann y exquisita elegancia para la polka francesa «Opern-Soirée» de Eduard, que era una de las seis novedades del concierto. De la única ópera real de Johann, «El caballero Pázmán», un fiasco en su día, extrajo el compositor dos números hoy conocidos: el vals «Eva», tocado aquí con magnífica dedicación, con muy gráciles deslizamientos y una singular alquitaración tímbrica, y las «Csardas», quizá una de las páginas hoy más célebres. Su contagioso ritmo verbunko fue realzado con maestría en esta ocasión, con las bonitas imágenes del ballet muy presentes. Sin solución de continuidad, escuchamos la más conocida «Marcha egipcia» del mismo Johann, en la que participan cantando los músicos de la orquesta (los que no manejan instrumentos de viento, claro). Thielemann abandonó en este número la batuta y matizó, modeló y moduló con sapiencia.

El vals «Entreacto», de Hellmesberger, nos enseñó la sutil manera de elaborar la materia por parte de Thielemann tras la evanescente entrada del arpa y los subsiguientes «pizzicati». El control absoluto del discurso nos planteó súbitamente una duda: ¿hasta qué punto hay un exceso de cálculo, en detrimento de la frescura y la espontaneidad en este magnífico maestro que es Thielemann? Su técnica es inatacable y su concepto irrefutable. Distinto, por supuesto, al de otros grandes que han ocupado ese podio. Pueden echarse de menos la gracia arrabalera de Boskovsky, la soltura caleidoscópica de Maazel, la elegancia y la cadenciosidad únicas de Kleiber, el señorío de Karajan, el colorismo tan sui generis de Prêtre, la severidad tan exquisita de Jansons, por citar solo unos casos de directores participantes en estos jolgorios de Año Nuevo. Pero el berlinés es un músico muy serio, que sonríe de vez en cuando, de criterios artísticos inatacables. Tras la polka mazurka «Elogio de la mujer» de Johann, apareció la soberana «Música de las esferas» de Josef, un vals extraordinario, de maravillosa orquestación –se ha hablado de ciertos parentescos wagnerianos, en particular con el tercer acto de «Tannhäuser»–, que fue diseñada en este caso de forma primorosa, con parsifalianas lentitudes en su comienzo. Como bises esa especia de can-can que es «A paso de carga», llevado velozmente, y, claro, «El bello Danubio azul», tocado magistralmente, con un detallismo de orfebre, y la «Marcha Radetzky» de Johann padre, dirigida de aquella manera, con el público desbordado.

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