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Tinder es el diablo: sexo, capitalismo y patriarcado

La investigación de tinte «emocional» de la periodista francesa Judith Duportail concluye que la web de citas favorece que hombres de más edad contacten con mujeres jóvenes, menos pudientes y con menos estudios.

  • A la más popular de las aplicaciones de citas le han salido muchos competidores como Meetic, Adopta un tío, edarling...
    A la más popular de las aplicaciones de citas le han salido muchos competidores como Meetic, Adopta un tío, edarling...
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

19 de junio de 2019. 23:46h

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Ulises Fuente Madrid. 19/6/2019

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Avanzada la treintena, la vida se precipita. Tienes suficiente historia detrás como para no haber resuelto la mayor parte de los problemas contigo mismo y el precipicio se abre brutalmente con una buena ruptura amorosa. Todo se pone en cuestión, la sensación de fracaso y tiempo perdido nos lanza a toda velocidad hacia una versión ansiosa de nosotros mismos. Con la promesa de simplificar la vida afectiva nació Tinder, la más famosa de las aplicaciones de citas. Y como es norma en el capitalismo de plataformas virtuales, bajo la amigable apariencia del videojuego se esconde una maquinaria tecnológica insondable como un algoritmo. Pero, como también es habitual en el siglo XXI, la era del récord de promesas incumplidas, el efecto para algunos de sus usuarios ha sido el contrario. Como cuenta la periodista Judith Duportail en un ensayo que combina periodismo y autopsicoanálisis, Tinder es el demonio: sexo, capitalismo y patriarcado.

Duportail cuenta la primera experiencia, el chorro de dopamina que inunda el cerebro. Recibe centenares de «likes» de hombres rubios y morenos, altos y bajos, barbudos y gafapastas. El circuito de recompensa libera serotonina, la autoestima va en cohete. «Desde mi primer día en Tinder, ya no me veo como una fracasada en el amor. Durante toda mi relación anterior, viví en la cuerda floja: aterrorizada, celosa, a la espera y además, culpable de sentirme celosa», escribe la periodista. «Ahora tengo la sensación de de ser de las que tienen los mapas, una mujer alfa entre las lobas», escribe emergiendo del túnel de su desamor con la euforia de entrar por primera vez en una talla 36. Pero este es solo el comienzo del viaje. Pronto el menú dejará de parecer carne suculenta para volverse frío e inerte como una estantería de latas de conserva.

Pulgar arriba o abajo

¿Qué es Tinder sino una inmensa hoguera de vanidades, una caldera del ego? Uno mira la aplicación y, mientras pasa perfiles del sexo contrario, calcula si el resto del mundo está por encima o por debajo de nosotros. Casi en tiempo real, en cuestión de un segundo, calificamos, medimos, ponderamos. Suficiente para mí. Muy deficiente. Deslizas la imagen a la derecha (pulgar arriba) o a la izquierda (morituri te salutant). Aunque a veces, para tomar la decisión, es necesario un concienzudo surfeo escrutador a través de imágenes de perfil calculadas: planos picados y poses aderezadas con una caída de ojos. Pero ya conocemos esos trucos y sus filtros.

«Quiero saber cuántos me han escrito», dice Duportail sobre ese cosquilleo. Y resulta curioso que dicho subidón que supone saberse atractiva y ver hombres atractivos se convierta en poco tiempo en sentimiento de culpa y asco por saberse, precisamente, cosificada por su apariencia. La autora encadena citas, la mayoría poco interesantes, algunas tan ridículas que dan para reírse con los amigos. También hay alguna satisfactoria. Pero ninguna se convierte en amor. Las mujeres usan Tinder para subirse el ego, los hombres por intentar encontrar sexo, dice en el libro. Por esa razón siempre hay un picotazo de amargura: una cierta vergüenza al sentir que todo el mundo sabe que la persona con la que compartes el café no es más que un desconocido que sale «mono» en la foto y con el que puede que hayas intercambiado unos cientos de mensajes por escrito.

Tinder es un expositor, un acelerador, una competición. La periodista descubre que el servicio atribuye una puntuación a todos sus usuarios. Una nota para cada uno basada en nuestros atributos y en quién nos da «like». Si le gustamos a alguien que a su vez le gusta a mucha gente, ganamos puntos. De lo contrario, los perdemos. Ese es solo uno de los baremos para nuestra nota «Elo», compuesta de una serie de variables secretas (peso, edad, estudios, estatura, nivel de ingresos). Según esa nota, la aplicación decide a quién podemos conocer y a quién no, según la investigación de la francesa. Tinder, de hecho, tiene versiones de pago que te colocan en un nivel superior y te dan acceso a personas «top» que no surgen entre los mortales.

Porque, inevitablemente, un día te das cuenta de que, debajo de la adrenalina de la seducción, quienes participan en Tinder lo hacen también en el mercado bursátil de sonrisas, cortes de pelo, culos y pectorales. «Me doy cuenta de que hay otras mucho mejores que yo en el expositor, mucho mejores, y nunca he sido tan consciente de ello». ¿Qué somos entonces, un producto de oferta, un consumible de promoción? La periodista se obsesiona con el asunto de la puntuación y consigue, en medio de su psicodrama amoroso, una entrevista con Sean Rad, consejero delegado de Tinder, para un revista femenina. Le prohibirán hacer cualquier pregunta sobre la puntuación «Elo».

«Me siento obscena, sudorosa y desagradable por pegarme al teléfono y entristecerme» al no recibir respuesta de uno de sus «matches» en la web. Es entonces cuando las emociones liberadoras se vuelven de pura dependencia. Como el toxicómano que espera una nueva dosis. La aplicación funciona igual que un circuito de recompensa, como un mecanismo de validación, al menos en el caso de Duportail. Cada «match» (o emparejamiento) genera una descarga de serotonina, el mismo neurotransmisor que disparan las drogas. Sin embargo, esta satisfacción se traduce con el tiempo en una necesidad patológica de gustar, una «dependencia emocional» sazonada con los habituales miedos a la soledad y complejo con su propio físico. En suma, la escritora termina en grupos de autoayuda y busca en su infancia las razones para su desaguisado psicológico.

El eslabón débil

La socióloga Eva Illouz sostiene que este tipo de servicios han generado un mercado de la transacción íntima. «Los usuarios compiten unos contra otros y se transforman a sí mismos en una mercancía», dice la autora. Sin embargo, una idea de la socióloga la subleva. «Los hombres usan sus proezas sexuales o el número de conquistas para sentirse validados. Las mujeres quieren ser amadas. Son, por tanto, más dependientes», comenta la experta para desesperación de la periodista, que se siente el eslabón débil de la cadena, el plancton del amor. Entre experiencias sentimentales fallidas (todas) y comentarios de mal gusto, Duportail pide a Tinder que le de una copia de los datos que maneja de ella en virtud de las leyes que le autorizan. Donde ella pensaba que había hablado con 50 personas a los sumo, los fríos datos dicen que sumó 870 «matches» y que por tanto se escribió con ese número de personas, pero no lo recuerda. Suman 801 folios de datos. Siente una enorme vergüenza al releer las conversaciones, como si no las hubiera mantenido ella. Pero la gran pregunta sigue en el aire: ¿Qué datos de nosotros maneja realmente la web de citas? ¿Cómo comercia con ellos? ¿Cuáles son los criterios para asignarnos citas?

Y entonces llega el descubrimiento final: el patriarcado. La periodista accede al logaritmo de la web que, en contra de ser el secreto mejor guardado como repetimos los periodistas sin hacer la menor comprobación (está escrito así más arriba), resulta que puede consultarse en la oficina de patentes. «La patente perfila un algoritmo que deja margen para favorecer que hombres de más edad contacten con mujeres jóvenes, menos pudientes y con menos estudios. Un algoritmo que también puede hacer que parezca que hay cierto azar en los encuentros de desconocidos, para así favorecer que crean en el destino compartido», escribe la periodista. Un mecanismo que funciona mostrando resultados con los que compartimos aficiones pero ocultándolas, de manera que pensemos que las hemos «descubierto», que hay un azar o una especie de «magia fundacional» en un encuentro que está decidido por una fórmula matemática. Así de predecibles y bobos somos y, al mismo tiempo, así de necesitados estamos de creer en el amor, en el destino, incluso aunque éste sea solo la cola del servicio de una discoteca. Cualquier cosa nos vale cuando se trata de la autoficción del amor.

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