Historia

Toda la verdad sobre Patricia Hearst

El libro «American Heiress», del periodista Jeffrey Toobin, arroja luz sobre su mediático secuestro: no le lavaron el cerebro y consintió tener sexo con sus captores. Ella, furiosa, lo desaprueba

ICONO POP. Esta imagen dio la vuelta al mundo en los años 70
ICONO POP. Esta imagen dio la vuelta al mundo en los años 70

El libro «American Heiress», del periodista Jeffrey Toobin, arroja luz sobre su mediático secuestro: no le lavaron el cerebro y consintió tener sexo con sus captores. Ella, furiosa, lo desaprueba

La imagen se quedó en la retina de todo el planeta. Patty Hearst, la nieta del magnate de la prensa amarilla William Randolph Hearst, elegido en dos ocasiones congresista por Nueva York, aparecía en una fotografía mientras atracaba una sucursal de un banco en San Francisco. En la instantánea aparecía con una M1 Carbine, un arma ligera semiautomática del calibre 30 que utilizó el Ejército de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra de Corea y en el conflicto de Vietnam. La foto veía la luz dos meses después de que Hearst fuera secuestrada por la guerrilla urbana Symbionese Liberation Army (SLA), una organización revolucionaria de izquierdas que estuvo activa a mediados de la década de los setenta.

El secuestro de Hearst (San Francisco, 1954) en su apartamento de Berkeley (California) tuvo un componente de oportunidad, pues su casa se encontraba cerca de uno de los escondites de la guerrilla, lo que propició que se fijaran en ella. Entonces sólo tenía 19 años y acababa de llegar a la Universidad de California, donde precisamente un profesor estaba vinculado a esta formación. Vivía entonces con Steven Weed, profesor de Matemáticas de una escuela privada a la que Hearst había asistido. Se fijó en él porque sus amigas decían que era un buen partido. Pero cuando se comprometieron, descubrió que a nadie le caía bien Weed: era un tipo arrogante y se creía mejor que los demás. Incluso intentó arrojarse por la ventana durante el secuestro de Patricia, quien también tuvo pensamientos suicidas durante el tiempo que estuvieron comprometidos.

Según los testimonios, el plan era utilizar la influencia de la familia Hearst para liberar a dos miembros de este grupo. Contra todo pronóstico, fue la propia Patty la que se hizo famosa por difundir en la radio manifiestos a favor de este grupo y participar en robos con algunos de sus miembros. Incluso cuando fue liberada, ella fue acusada de participar en el asalto del banco de San Francisco, ya que los otros dos asaltantes habían muerto durante un asedio en Los Ángeles. El fiscal preparó una dura estrategia basada en las ideas políticas y sexuales de Hearst y se llegó a afirmar que la secuestrada no había sido violada, sino que las relaciones que había mantenido con sus captores habrían sido consentidas. Al final, Patty fue perdonada por el presidente Bill Clinton.

Ahora el abogado y periodista de la cadena CNN y la revista «The New Yorker» Jeffrey Toobin repasa el caso en una fórmula de éxito de las historias de crímenes estadounidenses en un libro que edita Random House. En «American Heiress» («La heredera americana») cuenta la historia de Patricia Hearst, nieta del magnate y congresista americano durante una época en que el terrorismo marcaba la forma de vivir de EE UU y el resto del mundo.

La propia Hearst, sin embargo, discrepa con la visión del periodista que ha investigado esta historia, que es experto, entre otros asuntos, en los casos de Michael Jackson, OJ Simpson y los escándalos del presidente Bill Clinton. Ella no ha trabajado con el periodista en este título, cuyo contenido, precisamente, contradice el libro de memorias de Hearst y donde se dice que fue un secuestro, que la obligaron a hacer lo que ella hizo y que la maltrataron. Pero da la impresión de que era la propia Patricia Hearst, cuyo nombre revolucionario era el ruso Tania, la propia jefe de la guerrilla urbana. Hace meses le contestó sobre el libro: «Estoy cansada de ser una fuente de dinero fácil para escritores ‘‘piratas’’ como Jeffrey Toobin. Es un violador emocional. No tengo nada ver con ese libro, y mis amigos tampoco», indicó Patricia Hearst cuando supo del trabajo de Toobin y que había interés además en hacer una película. La idea le pareció nefasta y arremetió contra él y tachó su trabajo de inexacto.

- Diversidad de criterios

De lo que no cabe ninguna duda es de que estuvo confinada en una armario y que se la privó de luz del día. En cambio, ¿fue parte del proceso de lavado de cerebro al que la sometieron sus captores? Sobre uno de ellos, Donald DeFreeze, asegura Toobin que «era todo lo opuesto a un criminal». En el volumen también repasa los objetivos que tenían los miembros de este grupo y llega a la conclusión de que no estaban ni mucho menos de acuerdo en bastantes puntos. Aunque quizá el mayor de logro que obtuvieron fue el capítulo de las demandas. Y es que es cierto que cuando la familia Hearst se decidió a financiar un programa caritativo de alimentos, la joven ya estaba con ellos.

Durante el secuestro quedó patente que los padres de Patricia no tenían el acceso que se pensó a la herencia del imperio del abuelo. Fue entonces cuando la guerrilla les indicó que ellos no querían hacer daño a la joven. Otra cosa era la terrible posibilidad de que el FBI pudiera terminar con la vida de su hija en un asalto, lo que quedó patente cuando todos los miembros de la banda a excepción de dos murieron en un asedio en Los Ángeles. Cuando fue detenida, en los primeros días de su cautiverio entre rejas, escribió desde la cárcel que «habrá una revolución en América y vamos a ayudar a conseguirlo y a que se convierta en una realidad». Después pidió maquillaje a su hermana Anne: «Te diré lo que necesito: raya de ojos y brillo de labios». Había dejado de ser Tania, la guerrillera. Volvía a ser Patty y dejaba atrás el síndrome de Estocolmo.

- ¿Libertad de acción?

Uno de los alicientes del volumen son las cartas inéditas entre Patricia y su último amante de la guerrilla mientras estaba detenida y que confirma que creía de verdad en lo que defendía este autodenominado «Ejército». Ya durante el juicio, su abogado F. Lee Bailey no convenció al jurado de que había participado en los crímenes de la guerrilla urbana obligada. Otra de las cuestiones mas debatidas sobre el cautiverio es si la joven había sido obligada a mantener relaciones sexuales con Willy «Cujo» Wolfe, Donald «Cin» DeFreeze y otros miembros, o éstos habían sido consentidas. Los dos únicos supervivientes, Bill y Emily Harris, indican que no hubo coacción. Toobin evita presentar una conclusión.

En los años setenta, Estados Unidos parecía estar sumido en una permanente situación de ataque de nervios. Se producían una media de 1.500 ataques terroristas al año a principios de la década. Y en ese panorama y con ese apropiado caldo de cultivo capta la atención mundial ese grupo de guerrilleros que secuestran a una heredera cuyo confinamiento fue más allá del llamado Síndrome de Estocolmo. Toobin, sin embargo, no apoya la teoría de que a Hearst le lavaron el cerebro, pues considera su unión a la guerrilla durante el secuestro como una indequívoca señal de independencia.

Dentro de un armario y sin apenas ver la luz

En el interior del armario donde estuvo Hearst había una televisión. A través de esta pantalla podía escuchar lo que se decía de su rapto, pero lo sorprendente es que le molestaba sobremanera ver a sus padres hacer comentarios sobre ella. Otro asunto chocante es que cuando dejó de ser Patricia para convertirse en Tania, los comentarios y las opiniones que vertió eran reales, al igual que sus ganas de posar en una foto ya famosa, que algunos denominaron «Mona Lisa en los 70» y en la que aparece sin expresión en el rostro y con un arma semiautomática junto al logo del grupo, una cobra de siete cabezas. Según el periodista, no fue coaccionada a la hora de posar en esa mítica imagen que se convirtió en un icono. Sabía perfectamente lo que quería, dice.