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«Todos lo saben», otra Cruz para Cannes

Arranca la edición más polémica del Festival con la cinta de Asghar Farhadi, que protagonizan Penélope Cruz y Javier Bardem.

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    El matrimonio Bardem-Cruz derrochó simpatía y glamour sobre la alfombra roja

Tiempo de lectura 4 min.

09 de mayo de 2018. 03:20h

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Sergi Sánchez.  9/5/2018

«Todos lo saben» podría titularse, en honor a Renoir, «Todos los hombres tienen sus razones». O «Todos guardan secretos», otra gran máxima a la que obedece el universo de Asghar Farhadi. El cineasta iraní, con dos Oscar y un Oso de Oro en la maleta, inau-gura la sección oficial de esta convulsa 71ª edición del Festival de Cannes con una película de producción española. Hace diez años Woody Allen presentaba fuera de concurso «Vicky Cristina Barcelona», también con Penélope Cruz y Javier Bardem. Si el director neoyorkino hizo de la mirada turística su escalpelo para diseccionar su particular comedia de los errores, Farhadi ha intentado acercarse a la cultura española como si fuera un autóctono, haciendo invisible su extranjería para demostrar que, en Teherán o en Castilla, la condición humana es, como dice Bardem, «una paleta de grises». Asghar Farhadi, asegura el actor, se ha sentido más cómodo en España que en Francia, donde rodó «El pasado». Parece que la cultura iraní no es tan distinta de la hispánica, aunque la película incurra en errores de bulto (¿por qué esas fiestas aflamencadas? ¿por qué ese pueblo tan anacrónico?). De política, ni hablemos, aunque Farhadi, maestro de vericuetos elocuentes, lamenta que Jafar Panahi, aún sin pasaporte, no pueda defender su nueva película, a competición en Cannes.

Farhadi tuvo la idea de hacer una película en España hace 15 años, en unas vacaciones, cuando vio carteles de una niña desaparecida pegados hasta en el último rincón de un pueblo de Castilla. El proyecto empezó a tomar forma hace un lustro, cuando Cruz y Bardem se subieron al carro. Cuando llegó el tiempo de preparar el rodaje, se alquiló un piso en solitario, se pegó a un profesor de español 24 horas al día y vigiló que las palabras del guión fueran dichas con la entonación, el quiebro, el gesto milimetrados fonéticamente. Una ética de trabajo tan próxima como exigente con sus actores: Bardem contaba que, si fuera por el iraní, no habría habido ni un día de descanso en el rodaje, tal y como hace en su país de origen.

El escenario del crimen de «Todos lo saben» es el de una boda castellana. La que se casa es la hermana de Laura (Penélope Cruz), que asiste con sus hijos, una adolescente y un niño de anuncio, y sin su marido (Ricardo Darín). A su alrededor, un ex novio convertido en rey de los viñedos locales (Javier Bardem). Y entonces ocurre: secuestran a Irene. No estamos tan lejos de «A propósito de Elly», donde otra desaparición centrifugaba los secretos de un colectivo, como si llenar el vacío que había dejado hiciera caer las máscaras de los personajes. «En el lenguaje hay dos niveles, el de las palabras y el de lo que no decimos», sostiene Farhadi. «Aquí los sentimientos son universales: el dolor de una madre que pierde a su hija no conoce idiomas. Intentan hacernos creer que somos distintos, que las culturas nos separan en vez de unirnos, cuando las emociones son un territorio común de lo humano».

«No me gusta la palabra mentira. A veces, en el contexto de la familia, la verdad no se revela para mantener un cierto nivel de armonía». Los secretos son el motor del mundo, parece decirnos Farhadi. El problema de «Todos lo saben», comparada con «A propósito de Elly» o «Una separación», es que se deja llevar por sus estrategias culebronescas, como si el fervor desgarrado de la cultura española hubiera hecho perder a Farhadi el control del timón de una película más convencional de lo que le gustaría admitir. Puede ser que el cineasta iraní no juzgue a sus personajes, pero al someterlos a las fórmulas del género –el melodrama latino, el thriller de secuestros–, acaba por ponerlos en evidencia. Si la película aspira a desplegarse, en su ambiciosa coralidad, como un folletín que funciona como un mecanismo de relojería, fracasa en la verosimilitud de sus giros argumentales, en la caracterización de algunos personajes secundarios (ese ridículo policía retirado que interpreta José Ángel Egido) y en el dominio de sus tempos, entre la sobredosis de incidentes y su insana redundancia. Los actores salvan a menudo la función, pero no es suficiente para que la excursión de Farhadi a España deje de oler a rancio.

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