Cultura

Miuras tan grandes como huecos para la gesta benéfica de Ferrera que quedó liviana

Puerta grande del diestro en un deslucido festejo que cerró los sanfermines en Pamplona

Antonio Ferrera con el capote, en Pamplona
Antonio Ferrera con el capote, en Pamplona FOTO: Jesús Diges EFE

Por la mañana miles de personas invadían las calles con vallados, todavía con las huellas de San Fermín, para correr los últimos encierros. Eran miles para los seis toros de Miura. Horas después era un solo torero el que se las vería con los del hierro sevillano. Y gratis. A beneficio de la Casa de Misericordia. En cabeza egoísta cuesta entender la generosidad del gesto.

Antonio Ferrera era la persona, el hombre, el torero. 20.000 los que mirábamos lo que ocurría ahí abajo. Estábamos de despedida. Desandábamos el camino sabiendo que era la última, el adiós y Pamplona no sé que tiene (o sí) pero es entusiasmo, jolgorio, agotamiento y pena. Los sanfermines duelen.

Tras el “Pobre de mí” se volvería a acabar todo. Esperar un año ¿tal vez? Ojalá sí. Pocas cosas asustan más que la espera del tiempo. Dar por sentado que la vida ocurre. Nada hay tan imprevisible como el mañana o el minuto siguiente. Si además en esta ecuación metemos unos toros de lidia, unos Miura, la escena puede ser rocambolesca.

Todos a saludar

El público sacó a saludar a Antonio y él a toda su gente, picadores incluidos que ya estaban dentro de nuevo. La gesta comenzaba. El primer miura, altón, largo y suelto de carnes sacaba la cabeza por encima de la barrera y en esas hizo amago de saltar. Fue entonces cuando Ferrera le presentó la capa satinada en verde en esta ocasión, como su vestido. No sabemos si en honor a la esperanza, pero qué claro hay que tenerlo para encerrarse con seis. El toro no se empleó ni una vez después. A la altura de la barriga acudió siempre, sin fuerza ni maldad pero ahí, en esa diatriba ocurrió todo en una faena de corto metraje.

Corta fue la arrancada del segundo y de ser por arriba se revolvía más rápido el Miura. Al natural tuvo peor condición y por la derecha se dejaba embarcar al menos un par de tandas con el que el diestro tiró de oficio para pasear un trofeo.

La inmensidad de la cara del tercero era de premio. Tremendo el miurón. La gran pena es que ni una vez le dio por querer meter la gigantona cabeza en la muleta. Se paraba antes y con ese punto de orientado que en cualquier momento la historia podría continuar de otra manera. No deseada en un día así, en una gesta como esta. Lo enseñó por los dos lados y se tiró a matar. O intentarlo, que tampoco era tarea fácil. Y de hecho le costó un mundo meter la mano en ese morrillo con el parapeto que tenía por delante.

Bueno fue el cuarto, por compensar. Periférica la faena, que fue ganando en ajuste y acabó con una estocada de la casa ejecutada en la distancia, el cite, y rematada en corto.

Descastado, de media arrancada y sin entrega fue el quinto. Y así la faena. Sin espada la encerrona se iba diluyendo.

El sexto ponía fin a la tarde y a los sanfermines. Se subió al caballo de picar Ferrera. Había que echar el resto. No tenía ni uno por el pitón derecho y acudía a altura de la barriga. Pocas alegrías daba por el zurdo, donde tenía movilidad, pero poca franqueza. Ferrera lo enseñó y se lo quitó del medio. La estocada le brindó el premio para la Puerta Grande. La corrida acabó por ser un reflejo del encierro, rápido y con toros tan grandes como vacíos. Quedó el gesto: una encerrona benéfica. Poco más.

Ficha del festejo

Pamplona. Última de la Feria de los Sanfermines. Se lidiaron toros de Miura. El 1º, va y viene sin humillar; 2º, de corto recorrido por el zurdo y se deja por el diestro sin más; 3º, malo; 4º, bueno; 5º, descastado, de media arrancada y sin entrega; y 6º, peligroso. Lleno.

Antonio Ferrera, de verde manzana y oro, estocada, descabello (silencio); pinchazo, estocada (oreja); ocho pinchazos, estocada (silencio); estocada muy contraria , descabello (saludos); dos pinchazos hondo, tres descabellos (silencio); estocada (oreja).