
Entrevista
Borja Jiménez: «Hay un renacer, una moda sana de querer ser taurino»
El torero sevillano, a golpe de triunfos y méritos propios, se ha instalado en la élite del toreo actual, ese que está mudando su piel a una más joven en ruedos y tendidos

En un mundo taurino donde los despachos aún trazan demasiados destinos, y los nombres de las grandes figuras apenas dejan espacio a los que vienen de abajo, Borja Jiménez ha conquistado su sitio por la única vía que no admite discusión: la del mérito propio. Sin padrinos ni atajos, ha subido peldaño a peldaño hasta convertirse en uno de los nombres esenciales de la temporada. Ahora, que anda inmerso en su campaña americana, el sevillano habla con LA RAZÓN con la misma naturalidad que pisa el ruedo: cercano, atento (levantándose cuantas veces haga falta para saludar a quienes le reconocen y le muestran cariño), pausado y, sobre todo, sincero.
Borja, ahora que ya está en una dinámica imparable en su carrera, ¿sigue mirando el escalafón?
[Risas]. Sí, mucho. Siempre ha sido un sueño para mí estar arriba, verme en esos primeros lugares. En los años duros, cuando apenas toreaba una o dos corridas, me imaginaba en ese sitio. Este año he quedado segundo, solo detrás de Talavante, y me he pasado toda la temporada revisando estadísticas, mirando cuántas orejas llevaba. No lo hago por obsesión, sino porque ver que el esfuerzo diario tiene recompensa, te da impulso. Incluso me sorprendo: pienso en cómo estaba hace tres o cuatro años, y me doy cuenta de que todo lo que he luchado ha merecido la pena.
¿Qué significan para usted esos números, más allá de las orejas o las estadísticas?
Los premios son algo subjetivo, lo sé, y el toreo no se mide solo en cifras. Pero cuando ves que has cortado orejas en casi todas las ferias, que has tenido regularidad y has dado la cara en plazas de primera, eso tiene un valor. Han sido dos años muy exigentes y en todas partes he conseguido mantener un nivel. En Francia, donde no había debutado, pude abrir puertas grandes. Eso no es fácil. Y después de tantos años sin torear, todavía tiene más mérito. Echar un vistazo a las estadísticas me sirve para mirar el camino recorrido y para motivarme a llegar más lejos.
¿Se siente ya parte de la élite, se considera «figura»?
No lo pienso, la verdad. No es mi objetivo. Para mí, ser figura del toreo es otra cosa: es mantenerse muchos años arriba, llenar plazas, tener una trayectoria muy sólida. Estoy en el camino, lo sé, pero ahora lo que me motiva es seguir asentándome, estar en lo alto del escalafón durante muchos años y cada vez torear mejor. Lo otro, si llega, llegará. Pero no es algo que me obsesione. Me quedo con lo que estoy viviendo mientras recorro ese camino. Sé perfectamente lo difícil que es, he tenido muy cerca el ejemplo del maestro Espartaco y también el de mi hermano Javier, las dos caras de la moneda, así que no me obsesiono con la meta, me preocupo por no bajar el listón y seguir dando pasos firmes.

En apenas dos años ha pasado de estar en carteles de un perfil más aguerrido, quizá de menor postín, a anunciarse al lado de las figuras.
Sí, incluso toreros que he admirado desde niño y es algo que te motiva y te impone un respeto inmenso al mismo tiempo. El otro día lo hablaba: cuando empiezas a torear con los toreros que han sido tus referentes, sientes una responsabilidad mayor. Son los que tú has seguido durante años, los que te hacían soñar con ser torero. Y ahora te ves con ellos en los carteles, en las grandes plazas. Eso te obliga a exigirte más, a no fallarte. Son tardes especiales, disfrutas viendo torear a los maestros, aprendes de ellos, y al mismo tiempo te llevas un disgusto, en el buen sentido de la palabra, por ver que te lo ponen realmente difícil para destacar cuando toreas a su lado, así que tienes que dar un paso más, al menos para intentar estar a la altura. Imagínate lo que habrá que hacer para poder llegar a superarlos.
¿Alguno de esos referentes se le escapó sin poder torear con él?
Sí, lamentablemente. El Juli. Siempre ha sido mi torero. Desde antes de querer ser torero, él ya me llamaba la atención. Tiene algo especial. No he podido torear con él, pero en un brindis en Dax se lo dije: «Ojalá, maestro, antes de que me retire podamos compartir cartel alguna vez». Es un torero que sigo teniendo en lo más alto, y sería un sueño cumplido.
¿Qué pasa por su cabeza en esos días de máxima presión?
Curiosamente, son los días donde más me centro, donde más fuerte me mentalizo. Me digo a mí mismo: «Hoy es el día». Y suele salir bien. Me ha pasado en Madrid con Victorino, en Bilbao, en Pamplona, en Sevilla... Cuando la carrera depende de una tarde, doy dos pasos más. No me quedo en lo justo. Y eso me da tranquilidad: saber que en esas tardes no suelo fallar. Pero no es algo buscado, me sale natural. Supongo que si una persona se ha preparado siempre para algo que lo motiva especialmente y ha trabajado a conciencia para conseguirlo, cuando llega la hora ya lo ha vivido tanto en su cabeza que todo sale con fluidez, con naturalidad. La clave, creo, está en todo ese proceso anterior.

¿Cómo vive el momento actual del relevo en la tauromaquia?
Con responsabilidad. Hay una sensación de que ahora nos toca a nosotros. Se han retirado toreros muy grandes, y eso deja huecos. No los llena uno solo, los tenemos que llenar varios. Siento que formo parte de ese grupo que puede dar ese paso adelante. Me lo dicen profesionales, aficionados, pero lo noto yo. Y lejos de asustarme, me motiva. Me gusta tener presión. Es en esas tardes, las de verdad, donde sale mi mejor versión.
Se habla mucho de plazas llenas de jóvenes. ¿Ha notado un cambio real en el público que este año ha llenado los tendidos?
Sí, lo estoy viviendo y se nota mucho. En todas las plazas me encuentro chavales con álbumes de cromos, con fotos, que te piden firmas, que te hablan de toros con ilusión. Hay un respeto muy bonito. Me ha pasado en el Retiro, por ejemplo, que me paran chavales de 16 años y me llaman «maestro» [también pasó en un café, durante la entrevista]. Eso emociona. Hay un renacer en la juventud, una moda sana de querer ser taurino. Y eso es vital para el futuro, sobre todo porque ves que abrazan el toreo de una forma muy apasionada.
¿Qué cree que necesita ese nuevo público para consolidarse?
Conocimiento. No importa si son más exigentes o más triunfalistas, lo esencial es que entiendan qué es el toreo, que lo sientan. Que aprendan a distinguir embestidas, a saber lo que un torero puede hacer con cada toro. De hecho, por eso voy a tantas tertulias, me gusta interactuar, compartir. Muchos de ellos te enseñan también. Es un intercambio muy enriquecedor.
¿Cree en la capacidad del toreo para transformar también el discurso político que lo rodea?
Eso es más complicado, por los intereses que se manejan, pero sí lo creo. Lo que está pasando en las plazas tiene una fuerza política también. Si los jóvenes llenan los tendidos, si hay vida, ilusión, movimiento, eso obliga a mirarnos de otra manera, aunque solo vean los votos, pero sin duda son muchas más las razones de peso. El futuro es de ellos. Y si el futuro quiere toros, los políticos lo deberán tener en cuenta. Una plaza llena de jóvenes es el mejor argumento político que tenemos.
¿Qué opina sobre cómo se está mostrando el toreo en el cine o las series de televisión últimamente?
Aunque hay algunas cosas que no he visto, sé que hay series nuevas que, sin posicionarse a favor o en contra de los toros, sí que tratan el tema con respeto, intentando superar los prejuicios y apelando al entendimiento, eso siempre va a ser bueno. Por otro lado, todo lo que muestre la verdad del toreo, el miedo real, la capacidad de superación... me parece necesario. El público tiene que saber qué pasa por dentro. Cómo te preguntas antes de salir si estás dispuesto a que te coja un toro con tal de pegar los muletazos que llevas en la cabeza. Esas preguntas no son fáciles. Cuando uno es capaz de contestarse que sí, ahí nace el verdadero torero. Eso emociona y hace que el público también te respete.

¿Y cuándo siente que lo ha conseguido? ¿Qué pasa por dentro?
Sientes algo muy profundo, inalcanzable. Como si todo tuviera sentido. Cuando controlas tu miedo, la embestida, colocas al toro donde quieres y todo fluye... ahí no te cambiarías por nadie. Has logrado lo que parecía imposible, una sensación de satisfacción brutal por sentirte capaz de superar todas las dificultades. Esa es la felicidad absoluta.
Habiendo llegado al lugar que quería, ¿qué busca ahora?
Todavía no he llegado a ninguna parte. Es cierto que estoy en un lugar de privilegio, pero me queda mucho camino por andar. Ahora, por ejemplo, estoy trabajando con alcanzar mayor profundidad en mi toreo. Esa que me sale en el campo, que me ha salido en ciertas plazas, quiero que tenga más regularidad. Toreo mucho en el entrenamiento, trabajo distintos estilos, pero lo que me llena es el encaje, la curva, la ligazón. Torear con compás, por abajo, y que dure. Eso es lo que quiero que se vea más a menudo.
Al final, el torero es un eterno inconformista.
Tienes razón. Y creo que es necesario porque aquí todo cambia en cuestión de segundos, siempre hay algo qué mejorar. Por eso es tan bonito cuando se consigue el triunfo, que puede ser una tarde, una faena... Recuerdo un muletazo que me llenó en Navalcarnero, a un toro de Vellosino. Toreé como a mí me gusta: encajado, estético, con fibra. También ha habido faenas más poderosas, como la de «Milhijas» en Madrid, o tardes como la del indulto a «Tapaboca» de La Quinta en Bilbao, pero ese muletazo fue algo que me llenó profundamente.
¿Cuándo dejará de mirar el escalafón?
[Vuelve a reír] Cuando me retire. Mientras esté aquí, quiero estar al cien por cien, entregado. El día que sienta que ya no lo estoy, me iré. Pero mientras tanto, seguiré soñando en grande.
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